Una mujer deja flores en la nave donde hallaron el cadáver de Diana Quer - MIGUEL MUÑIZ

El Chicle arrojó a Diana al pozo con un brida y con bloques de hormigón

La Guardia Civil cree que llevó a la víctima en el maletero hasta la nave, aunque ese dato no lo reveló en ninguna de sus tres declaraciones

Madrid/La Coruña/SantiagoActualizado:

José Enrique Abuín, alias El Chicle, se reveló este martes en palabras de la Guardia Civil como un «delincuente profesional» que se ha sabido amoldar a los avances de los agentes para actuar con «agilidad» y escabullirse durante cerca de año y medio del rosario de indicios que lo señalaban. Declaró en tres ocasiones ante ellos: una como testigo (en noviembre del año pasado) y dos como detenido (el sábado), con un intervalo de pocas horas. El soporte que en forma de coartada le prestó su familia resultó fundamental para que este viejo conocido de la Guardia Civil aguantara durante dieciséis largos meses el peso de su secreto, con el cadáver de Diana Quer descomponiéndose a cien metros de su camino diario a la casa paterna. «Cuando se quedó sin apoyo, flojeó», indicó ayer el jefe de la Comandancia de La Coruña, el coronel Jambrina. Sabían que sería así y no se equivocaron.

El pasado viernes por la mañana detuvieron a El Chicle y a su mujer Rosario Rodríguez. Tanto ella como una de sus hermanas y el marido de esta (compartían casa con la pareja en la casa de Outeiro) habían declarado entre finales de noviembre y los primeros días de diciembre como testigos. Proporcionaron una coartada a Abuín confirmando que Rosario y él habían estado juntos la noche del 22 de agosto de 2016 en que desapareció Diana y que la habían pasado robando gasoil a los feriantes que trabajaban en las fiestas de A Pobra. Los cuñados del sospechoso número uno de la desaparición de la muchacha de Pozuelo fueron los primeros en dejarlo a la intemperie, en cuanto supieron que lo relacionaban con el caso de Diana. «Nos dijo que lo querían liar con eso, y que él no tenía nada que ver. Nosotros lo creímos y contamos lo que nos dijo». Esas fueron más o menos sus palabras.

Cambio de versión

Con la mitad de su coartada periférica desmontada, el siguiente paso fue amarrar a su mujer. Los agentes encargados de resolver el puzzle en el que se convirtió el caso Quer le detallaron a Rosario el asalto a la chica de Boiro el día de Navidad. Y lo hicieron sin ahorrar detalles. Contaban además con un audio en el que se lo escuchaba a él en mitad del ataque, que fue grabado de forma accidental por la víctima con su móvil. Rosario, tras cinco horas de interrogatorio, admitió que había mentido y que aquella noche él salió para ver un partido del Real Madrid, como informó ABC, pero ella permaneció en casa. Abuín se quedó más solo que nunca. Pero además había visto a su mujer en los calabozos. Los guardias los hicieron coincidir, una táctica de manual clásico de investigadores. «Ella no tenía que estar aquí», reaccionó.

A las 13.45 del sábado Abuín confesó por primera vez que había matado accidentalmente a Diana cuando estaba dando marcha atrás con su vehículo, ese famoso Alfa Romeo gris, parado donde estaban los feriantes para ver si les robaba gasoil. La vio debajo del coche, se asustó y la montó en el asiento delantero. «Estaba ya muerta», dijo. «Como estaba en libertad provisional y me iban a meter en la cárcel la trasladé a una zona de monte cerca del polígono de A Pobra, allí la dejé y me fui a mi casa. Luego volvió y la trasladé al puerto de Taragoña donde la tiré al mar».

Pero los agentes no se creyeron esta primera versión de los hechos porque, entre otros motivos de peso, conocían el recorrido de su teléfono. Además, quien conoce la zona sabe que en ese lugar no hay corrientes y que el mar habría devuelto el cuerpo con facilidad. Aún así -y como los encargados del caso confirmaron en la detallada rueda de prensa ofrecida ayer en La Coruña para informar a los medios sobre los pormenores de los quinientos días de investigación- llevaron hasta la ría a los perros especializados, que no marcaron ningún punto en todo el recorrido supuesto por El Chicle. Tras un breve compás de espera, a las 23.30 horas Abuín rompió su silencio y dijo de nuevo que quería declarar. «Ahora sí que os voy a decir la verdad», adelantó. A esa hora su mujer ya había sido puesta en libertad y a él le habían contado que se le había esfumado la coartada.

Esta declaración del Chicle, que tenía todo tipo de visos de realidad para los investigadores, activó un despliegue policial en el perímetro de la nave que contó con la presencia de los GEAS (equipo de actividades subacuáticas) y de los Bomberos. Su presencia fue crucial a la hora de levantar la pesada losa que ocultaba el tanque en el que El Chicle se había deshecho del cadáver de la joven. Según él reconoció en horas posteriores, la obligó subir al coche enlazándola por las manos con una brida. La víctima ofreció resistencia, forcejeó y gritó. Abuín reconoció que le colocó una brida al cuello para que dejara de gritar y que al llegar a la nave de Asados ya estaba muerta. La desnudó y la arrojó al aljibe por una rejilla de ventilación. Quemó las ropas y se fue a su casa a dormir. En ningún momento reconoció que la hubiese agredido sexualmente.

Con la investigación del caso Diana Quer ya finiquitada a nivel policial, el relato de los hechos perfila a Enrique Abuín como una suerte de acosador que, no se descarta, podría estar vinculado con otros casos de desapariciones denunciados en la zona y que no había sido resueltos. Quizás la resolución del caso Quer sea, a la postre, el inicio de otras pesquisas que aún esperan respuesta.