Salvador SostresSeguir

Cataluña vuelve a pensar Salvador Sostres

El catalanismo político da al fin su primer indicio de vida inteligente tras seis años de ofuscación y de tiniebla. El espíritu de concordia se abre paso entre la bronca interesadamente provocada, la corrupción y la fantasmada; y el liberalismo llega al rescate de una autonomía grotescamente mal gestionada, prevaricadora e irresponsable, en la que la inteligencia se entiende como una forma de traición y la lucidez como la amenaza de una invasión militar; esta Cataluña acorralada por sus hijos menores, perdedora, deshilachada, que ha visto como el centro derecha ordenado y con vocación mayoritaria, que el presidente Pujol lideró durante 23 años, ha acabado cayendo, fruto de su dialéctica quejica, en las garras del populismo de extrema izquierda, violento y marginal, y devastador no sólo para la economía, sino para las más elementales garantías democráticas.

En este contexto de desolación total nace Lliures, con Antoni Fernàndez Teixidó, Xavier Cima y Roger Muntañola al frente -acompañados por un grupo promotor de más de 100 personas- y el propósito de devolver a los catalanes la herramienta fundamental de cualquier país civilizado, que es un partido de centro derecha, basado en el individuo y decidido a reducir el peso del Estado en la economía; un partido que se declara, desde el catalanismo, claramente no independentista, que defiende la concordia, el diálogo, el entendimiento, y que renuncia, como ética y como estética, al victimismo, a la retórica de la transferencia, y a la política entendida como el frentismo y el chantaje entre trincheras.

Promocionar mediocres

Antoni Fernández Teixidó, economista y auditor de cuentas, exconsejero de Pujol, exdiputado en el Parlament y en el Congreso, explica que todos los dirigentes del partido trabajan en la empresa privada, lo que supone una manera mucho más razonable de luchar contra la corrupción que las hipócritas medidas e incompatibilidades de los demás partidos, que por su propia dinámica son maquinarias de promocionar a mediocres que jamás han tenido que defender un sueldo en la vida real -y ya no digamos pagar una nómina- y que llevan el merodeo, el pastiche y la trampa en la sangre por la podredumbre de un sistema perverso que a todos acaba embruteciendo.

Lliures no perderá el tiempo ni en sectoriales ni en asambleas locales, ni en agrupaciones territoriales ni está interesado en crear su propia red clientelar. Prefiere los votantes a los militantes, la tecnología a la sardinada popular, y la simpatía con sus ideas a la adhesión inquebrantable y la disciplina de partido.

A diferencia de los partidos populistas e independentistas -que no es lo mismo pero es igual-, Lliures no cree encarnar una misión divina, ni cree que su vida política tenga sentido si no recibe un sustancial apoyo electoral. Fernández Teixidó, que cree que Puigdemont convocará las próximas elecciones antes de lo anunciado, cifra estos mínimos en la consecución del grupo parlamentario. Una ambición considerable, pero sin duda mucho más realista y «liberal» que ese asalto al cielo que pretendía Podemos o el triple empate con el PP y el PSOE con que soñaba Albert Rivera antes del 20 de diciembre.

El «conseller» de Cultura, Santi Vila, que últimamente se ha expresado en términos muy parecidos a los planteamientos de Lliures, sigue con mucha atención los pasos del nuevo partido, y podría ser su candidato si Convergència le continúa marginando. No hay nada hablado, pero las coincidencias son notables.

Los milagros no existen en la política y Lliures no arreglará de la noche a la mañana lo que tantos se han empeñado en estropear. Pero es una excelente noticia que el catalanismo político se vuelva a reconocer en sus virtudes en lugar de continuar hurgando en sus fracasos.

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