La Tercera

Cataluña, el miedo y la ignorancia

«Quienes como mayoría silenciosa viven el miedo de sentirse cercados por la incomprensión, por el sectarismo y las falacias de los agitadores callejeros convertidos falsamente en víctimas de policías y guardias civiles, deben recordar a Mauriac: “El miedo es el principio de la sabiduría”»

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Una de las sentencias no precisamente senequistas de ese turbión de contradicciones que es el líder del nuevo leninismo, fue en su día que el miedo debe cambiar de bando. Este político, que nadie consideraría en vida y costumbres un estoico, no deseaba evitar el miedo generalizado sino traspasarlo a otros. Sin haber leído a Bergamín, con el que ejercí de peripatético en los alrededores de la plaza de Oriente entre estatuas de reyes desnarigados, este apresurado dirigente con hambre de balón quiere que vivamos esperando que el miedo nos encuentre. Bergamín lo expresa con más galanura: «El valor espera; el miedo va a buscar».

Estos días el miedo que desea repartir ese líder lleno de urgencias se ha hecho más visible en Cataluña, lo que no quiere decir que no existiese antes. Las buenas gentes se encerraban en sus casas frente al televisor para informarse sin riesgo, mejor desde emisoras foráneas para evitar la doctrina. La calle no era segura, ocupada por gentes manipuladas que no se habían tomado la molestia de saber la historia de su región ni de su misma realidad de cada día. Esa ignorancia explicaría que unos payeses llevasen a calles y carreteras sus tractores sin sospechar que desde esa movilización se sumaban a una causa que, de triunfar, les excluiría de la PAC (Política Agrícola Común) de la Unión Europea cuyas subvenciones reciben tan felices cuando las necesitan.

Vivimos el 1-O en una especie de país de las maravillas, en un mundo al revés en el que nada era lo que parecía. Ni la consulta ciudadana era legal por lo que no existía de derecho, ni las urnas opacas estaban vacías cuando llegaban a los intercambiables colegios electorales, ni las listas de votantes existían, ni nadie encontraba problema alguno para votar las veces que quisiera, ni la Sindicatura Electoral –remedo de la Junta Electoral de cualquier consulta– estaba operativa con sus miembros cesados o dimitidos, ni los supuestos heridos lo eran realmente ya que se nos ofrecía un victimario que a poco que se buscase en internet encontrábamos en fotos de hace años, de otros países, incluso de apaleados por los ahora ciegos, sordos y mudos Mossos d’Esquadra en conflictos anteriores. Desde ese «censo universal» inventado por Junqueras ya se vio que la consulta no era seria; no lo podía ser ya que era ilegal. El propio Junqueras llegó al colegio electoral que le petó escoltado desde su casa por un piquete de bomberos, acaso por prevenir fuegos mayores.

Hace años publiqué una Tercera titulada «El nacimiento de un gigante» sobre el alumbramiento de los Estados Unidos de América. Nada que ver con esta herrumbrosa e ilusoria construcción nacional catalana. Entre los padres fundadores del gigante norteamericano y el trío Puigdemont-Junqueras-Forcadell hay la similitud que podría encontrarse entre sir Lawrence Olivier y Chiquito de la Calzada, con perdón. Pese a la pedante altanería del presidente de la Generalitat que se presentaba como Gulliver en Liliput, sabe bien que en Estados Unidos nadie discute la unidad, pese a su pluralidad étnica y cultural. No se esgrime la Historia, ni cierta ni inventada, para alentar demenciales conflictos, pese a que en su seno existe algún Estado que fue nación independiente, y no hace muchos siglos como los viejos reinos españoles, y entre ellos no estaba Cataluña, sino a mediados del XIX como la República de Texas, con una superficie de casi 700.000 kilómetros cuadrados.

Tras el reciente mensaje institucional del Rey Felipe VI ¿alguien se preguntó en Cataluña por qué quien se dirigía a los españoles es, además, Conde de Barcelona? Otra vez la ignorancia. Lo es porque el Condado de Barcelona se unió a la Corona de Aragón al casar Petronila, hija de Ramiro II de Aragón, con Ramón Berenguer IV, Conde de Barcelona, que pasó a ser rey consorte de Aragón, y el Condado, ya integrado en la Casa Real aragonesa, llegó a Fernando de Aragón que con Isabel I de Castilla consumaron la unidad nacional. Desde entonces fueron Condes de Barcelona los sucesivos Reyes de España. Me malicio que estos hechos históricos no figuran así en los libros de texto para consumo escolar desde hace más de dos generaciones. El resultado es el que vivimos: los muchachos y muchachas vociferantes y enrabietados que esgrimen esteladas y jalean la ilegalidad creen lo que les han enseñado los Puigdemont de turno. Concesiones de varios decenios y la dejación de los Gobiernos de la Nación en materia de inspección educativa serán ya muy difíciles de enderezar.

Los catalanes que se consideran también españoles porque lo son, tienen miedo. Ha crecido un maniqueísmo donde los buenos son los que se dejan llevar por la ola soberanista, un cierto apartheid sobre los que no quieren renunciar a su condición de ciudadanos de una gran Nación en la que los catalanes han escrito páginas fundamentales. España no los excluyó sino todo lo contrario. Los gobernantes españoles mimaron a Cataluña incluso en los tiempos más difíciles. En la economía, la industria, el comercio, las comunicaciones… los pasos en la construcción de la modernidad, se primó a Cataluña. Sentí un temblor en lo más hondo cuando en cierta televisión apareció un niño, de esos utilizados indecorosamente estos días por los palmeros, y a la pregunta de qué creía él que ocurría, contestó con seguridad: «Es que España nos roba». Cuando se diriman en los Tribunales las responsabilidades de Puigdemont, Junqueras, Forcadell, Trapero y todos sus cómplices, yo pensaré en ese niño. Y no me permitiré la mínima debilidad de ánimo.

Escribo en pleno tsunami independentista; un viaje a ninguna parte. El futuro inmediato no está escrito pero acaso cuando aparezcan estas líneas Puigdemont esté a punto de consumar su delirio proclamando la independencia. Acabará en fracaso como los delirios anteriores; el último hace más de ochenta años. Mi padre está enterrado en Sitges frente al mar, en un rincón que siempre me lleva a pensar en «Le cimetière marin» de Valéry. Celebro que no le haya correspondido presenciar este momento; él eligió consumir los últimos años de su longevidad en Cataluña porque la amaba. Otra responsabilidad imperdonable de los dirigentes de la Generalitat es la fractura que han creado en la sociedad catalana. Son heridas que no se cerrarán en mucho tiempo.

Quienes como mayoría silenciosa viven el miedo de sentirse cercados por la incomprensión, por el sectarismo y las falacias de los agitadores callejeros convertidos falsamente en víctimas de policías y guardias civiles que cumplían de manera impecable el mandato de los jueces y fiscales en defensa del Estado de Derecho mientras los Mossos d’Esquadra eludían en general su deber, deben recordar a Mauriac: «El miedo es el principio de la sabiduría». Al final los débiles y los necios son los que imponen el miedo. El miedo no cambia de bando porque no tiene bando. Y a menudo es avivado por los oportunistas. Al fondo, un señor apellidado Sánchez insiste en un diálogo de sordos para contentar a los independentistas y alejarse, él y su partido, del resto de los españoles.

Juan van-Halen es escritor y académico correspondiente de la Real Academia de la Historia.