Primer debate presidencial en Estados Unidos Trump, dispuesto a arriesgar para ganar a una Clinton que sigue sin convencer

Hillary mantiene una ligera ventaja, pero la victoria del magnate ya no es descartable tras los últimos errores cometidos por la candidata demócrata

El candidato republicano, Donald Trump, durante un acto de campaña en Pensilvania
El candidato republicano, Donald Trump, durante un acto de campaña en Pensilvania - Afp

Llegó la hora de la verdad. El primero de los tres debates presidenciales marca mañana el pistoletazo para una recta final de seis semanas hasta la elección, el 8 de noviembre. La inédita carrera de 2016, con dos candidatos rechazados por la mayoría de los electores, se ha apretado este verano. La amplia ventaja de Hillary Clinton a nivel nacional, que alcanzó más de diez puntos en julio, se ha reducido al mínimo, aunque los últimos sondeos han vuelto a abrir ligeramente la brecha. La media de las encuestas la sitúa en tres puntos de ventaja.

Donald Trump llega reforzado con el apoyo del senador Ted Cruz, un aliento entre los conservadores evangélicos que compensa el portazo de la familia Bush. La Universidad Hofstra, en Hempstead, en el estado de Nueva York, el de procedencia de ambos candidatos (Trump de nacimiento, Clinton de adopción) examina a la candidata experta frente al advenedizo, al establishment frente a la antipolítica. Es la primera de las pruebas televisivas que marcarán la campaña más incierta, capaz de propinar un efecto multiplicador al mínimo despiste.

Los expertos coinciden en que los tres cara a cara que viviremos las próximas semanas (el segundo, el 9 de octubre, en San Luis, Misuri; el tercero, el 19, en Las Vegas, Nevada) pueden ser determinantes. Con internet y las redes sociales como la variable más incontrolable de todas.

La edad no es necesariamente un factor decisivo, pero Hillary Clinton, cerca de los 69 años, y Donald Trump, con 70, suman la más alta de dos candidatos en la historia reciente (138). Y a ninguno de los dos le va a resultar fácil.

Para la demócrata, el reto es transmitir la confianza que no genera en casi dos tercios de la población, incluidos votantes de su partido, y ofrecer algo más que el continuismo de ocho años de Obama.

Trump, contra sí mismo

Trump tiene mucho terreno ganado entre sus fieles. No hay error o contradicción que no le perdonen. Pero si quiere ganar, deberá arriesgar. Y en el magnate, el riesgo no debería significar precisamente ser más agresivo. Su imagen ya es suficientemente impertinente y autoritaria, especialmente entre las minorías y mujeres, pero también entre los republicanos moderados. Estos últimos someterán mañana a Trump al test del temperamento y las maneras presidenciales. Uno de sus puntos débiles, en el que intentará ahondar Clinton.

Las otras dificultades del millonario, hábil en la comunicación televisiva pero que se estrena en un cara a cara, se reducirán a dos: cómo evitar que el debate gane en profundidad, lo que beneficiaría siempre a su experimentada rival, y cómo ser incisivo sin resultar avasallador. Si aprieta demasiado, Clinton podrá denunciar su mal estilo. Si se queda corto, perderá predicamento entre sus acólitos. Para ambos, el desafío será ilusionar a un escéptico país que piensa en el 8 de noviembre como un trámite para elegir al menos malo de los aspirantes.

Las cuentas de Clinton

La candidata demócrata no sólo lleva ventaja a nivel nacional. En la lectura decisiva, la que tiene lugar estado por estado, Hillary Clinton se consolida todavía como favorita. Su ventaja oscila entre tres y cinco puntos en la mayoría de los «swing», estados que oscilan entre republicanos y demócratas. La designación del presidente de Estados Unidos no es directa ni se lleva a cabo mediante una única circunscripción nacional. Cada uno de los 50 estados aporta un número de delegados (todos para el ganador) a un colegio electoral, formado por 538, que elige a su vez al nuevo inquilino de la Casa Blanca. La mitad más uno, 270, otorga la presidencia automática.

El arranque de septiembre consolidó la tendencia a la baja de la exsecretaria de Estado, reforzada a raíz de dos errores de bulto: su alusión a la mitad de los seguidores de Trump como «deplorables» y el intento de ocultar la neumonía que le había diagnosticado el médico.

El último ataque yihadista, en Nueva York y Nueva Jersey, ha alimentado la imagen de debilidad del presidente Obama y de Clinton, cuya estrategia de perfil bajo inquieta a un alto número de estadounidenses. Una veta que intenta explotar el magnate con mayor claridad y determinación. La amenaza de un gran atentado que marque el resultado electoral sobrevuela en silencio la campaña.

Todos los análisis coinciden en que Trump sigue teniendo complicada la victoria. Pero ha logrado un primer paso que preocupa al establishment demócrata: su victoria ya no es descartable, lo que le consolida como candidato. Ante el debilitamiento de Clinton, el presidente Obama, con ayuda de Michelle, la Primera Dama, ha lanzado una ofensiva de apoyo en mítines y declaraciones, incluida esta advertencia a sus votantes, que es más que indiciaria: «Quien no respalde a Hillary me insulta a mí».

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