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Hillary la empollona, Trump el domesticado

La capacidad de ataque de Trump, más calmado de lo habitual, fue decepcionante. Hillary le desarboló solo con llevar la lección aprendida.

El primer encuentro entre Trump y Clinton ha durado 90 minutos
El primer encuentro entre Trump y Clinton ha durado 90 minutos - AFP

Trump el avasallador, Trump el que no conoce límites, Trump el animal televisivo, Trump el incorrecto, Trump el que arruinaba a contrincantes en las primarias con un bufido genial no compareció ayer en el debate presidencial en Nueva York.

Hillary Clinton fue la de siempre: con la lección aprendida como una opositora a judicaturas, con la sonrisa condescendiente a su oponente, con la media voz que rezuma experiencia.

Quizá Trump trató de ofrecer el tono presidencial que le exigen desde que confirmó su victoria en las primarias y acabó decepcionando a su propia persona. Lo cierto es que al multimillonario neoyorquino se le vio incómodo desde el primer momento. La voz le salía pastosa, como si necesitara un trago de agua cada dos frases. Aspiraba por la nariz con fuerza, y el sonido lo recogían con fiereza los micrófonos. ¿Llegó acatarrado al «debate del siglo»? ¿Justo después de semanas de dudas sobre la salud de Clinton y su neumonía?

Si no estaba resfriado, al menos los ataques se le constiparon. Muchos esperaban un espectáculo de fuegos artificiales por parte de Trump con acusaciones, bromas y exabruptos y no fue así. El arranque del debate fue abúlico. Antes de que subieran al estrado, Bill Clinton y Melania Trump fueron llamados por los organizadores del evento, la Comisión de Debates Presidenciales, para que tomaran sus asientos en la primera fila. Se saludaron con un apretón de manos frío, impropio de dos personas lo suficientemente cercanas para que el primero acudiera a la boda de la segunda.

Más amable fue el saludo entre los candidatos, que iniciaron el debate sin interrumpirse, durante tres o cuatro turnos. ¿Estaba Trump en la sala? La primera parte del debate es la que más le conviene: la economía, la creación de empleo y, sobre todo, los acuerdos comerciales. Ahí salió el mejor Trump, al ataque, y con efectividad. Clinton respondía como podía, parecía buscar con la mirada sus notas y parecía forzada.

Una de las críticas preferidas de Trump durante toda la campaña es decir que sus oponentes tienen «poca energía». De eso pareció sufrir ayer. O al menos, cuando intentó atacar, le faltó profundidad. O preparación, lo que la campaña de Clinton repetía sin parar tras el debate: Trump no llevaba la lección aprendida.

«Nuestra candidata fue preparada y mostró disciplina para aguantar la discusión durante noventa minutos», explicaba después del debate en la zona mixta John Podesta, presidente de la campaña de Clinton. «Ella le paró los pies desde el principio del debate y ya no se recuperó. Hacia el final se derritió, algunas de sus respuestas fueron incoherentes».

Modesta probablemente se refería a preguntas del moderador sobre su campaña para obtener el certificado de nacimiento de Obama o sobre si apoyó o no las intervenciones militares en Irak y Libia.

«Ha estado genial», decía un Trump todavía embadurnado de maquillaje en la zona mixta de la prensa, un lugar donde los candidatos nunca aparecen y que normalmente solo utilizan personas de la campaña para comentar los resultados del debate. Quizá lo hacía Trump para intentar mejorar su apariencia en un momento, justo acabado el debate, en el que casi todo el mundo coincidía en dar ganadora a Hillary Clinton.

En la recta final del evento, Trump pareció desarbolado. Y quizá decepcionante para sus incondicionales. A pocos minutos de concluir el debate, Trump no consiguió ningún ataque convincente sobre Clinton, excepto sobre su cambio de opinión sobre los acuerdos comerciales. No hubo rastro de «guerra sucia»: no se trataron escándalos sexuales del ex presidente Bill Clinton, ni revelaciones sobre la Fundación Clinton, ni referencias a su salud -solo dijo que a Clinton le faltaba «vigor»-, ni apenas referencias al escándalo de los emails. Tampoco hubo declaraciones geniales, ni alusiones bien armadas al muro con México, ni posiciones nuevas sobre inmigración o seguridad. Durante buena parte del debate, los candidatos daban su propio y manido mitin, sin ideas nuevas, sin nuevos embates al contrario.

Pero Clinton, la alumna aplicada, no se olvidó de un último ataque, que se podía anticipar en su sonrisa confiada mientras Trump le interrumpía: criticó los ataques de Trump a mujeres -«las ha llamado cerdas, guarras y perras»- y se refirió a Alicia Machado, una miss venezolana, ahora ciudadana estadounidense, a la que el candidato republicano llamó «Miss Cerdito». Fue un golpe magistral, de laboratorio, que animaba al voto femenino, al electorado joven y a la comunidad hispana. Así se cerró el debate, en el único momento en el que pareció que Trump, el implacable, y Clinton, la opción sensata, habían intercambiado los papeles, como anticipó su vestimenta: Clinton fue de rojo republicano, en un traje pantalón; Trump eligió el azul demócrata para su corbata. Habrá que ver si en los próximos debates cambia el tono, no solo de su vestimenta.

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