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Debates presidenciales en EE.UU.: los duelos televisados que ponen y quitan presidentes

Trump y Clinton se enfrentan este lunes en su primer cara a cara. Desde el triunfo de Kennedy sobre Nixon, estos enfrentamientos transmitidos a través de la pequeña pantalla pueden dar la vuelta a las campañas

Richard Nixon y John F. Kennedy, en el primer debate presidencial televisado en EE.UU., en 1960
Richard Nixon y John F. Kennedy, en el primer debate presidencial televisado en EE.UU., en 1960 - ABC

Donald Trump y Hillary Clinton son conscientes de que mañana no pueden tener un mal día. Se han citado por la noche para el primer debate televisado entre nominados en estas elecciones, que se anticipa como el más visto de todos los tiempos. Saben que no pueden permitirse un traspié, porque la historia dice que estos duelos son decisivos: han destronado favoritos, reflotado aspirantes a la deriva y modificado el tono de unas elecciones.

El debate entre Clinton y Trump coincide en la fecha del cara a cara televisivo más célebre de la historia de EE.UU. El 26 de septiembre de 1960, hace exactamente 56 años, John Fitzgerald Kennedy y Richard Nixon celebraron el primer debate presidencial televisado. Con la expansión económica de la posguerra, la televisión era ya un objeto común en los hogares de EE.UU. Un JFK joven, guapo, con el moreno del veraneo en Nueva Inglaterra y una sonrisa blanca de anuncio, dio mucho mejor en pantalla que Nixon, al que se vio sofocarse con las luces del estudio, sudó la gota gorda y nunca pareció cómodo. No quiso ponerse maquillaje ni supo mirar a la cámara con aplomo.

Cuenta la leyenda que quienes escucharon el debate en la radio creyeron que Nixon fue el ganador. El veredicto en televisión fue a favor de JFK. Aunque Nixon tuvo mucho mejor desempeño en los otros tres debates sucesivos, Kennedy fue el que acabó en la Casa Blanca.

Un paréntesis de 16 años

Tras el impacto en esas elecciones, los debates televisados se guardaron en el cajón durante 16 años. En parte, porque la normativa electoral requería que todos los aspirantes, incluso los de partidos minoritarios, tuvieran el mismo tiempo en pantalla, lo que los hacía poco recomendables para los candidatos de los dos grandes partidos, demócrata y republicano. También por falta de voluntad de los protagonistas, temerosos de llevarse un golpe como el de Nixon en 1960. Lyndon B. Johnson no quiso debatir con el populista Barry Goldwater. Nixon, que volvió a ser candidato en 1968, tampoco tenía intención de regresar a la pequeña pantalla.

El impedimento regulatorio para un debate a dos se retiró en 1976 y con ello regresaron los cara a cara. Pero la verdadera razón fue que Gerald Ford, que había heredado la presidencia tras la dimisión de Nixon, se hundía en las encuestas frente a Jimmy Carter por otorgar su perdón al expresidente. No tuvo su mejor noche Ford, que llenó los periódicos del día siguiente con una referencia a que no había «dominación soviética en Europa del Este». Fue un traspié dialéctico –intentó elaborar una idea retórica– que puso a Carter camino de Washington. De ese duelo también se recuerda el fallo técnico que dejó al debate sin sonido 27 minutos. Ford y Carter se quedaron en silencio, de pie, todo ese tiempo. No querían dar imagen de debilidad.

Los debates se han ganado más por detalles de personalidad que por el contenido político. Uno de los grandes magos de estos lances fue Ronald Reagan. «Ya estás otra vez con eso», le espetó con gesto de actor y sonrisa paternalista a Jimmy Carter cuando este le reprochaba su oposición a un programa de atención médica para ancianos. El público solo pudo reírse e inclinar hacia su lado el debate, que Reagan acabó con otra frase célebre: «¿Vivís mejor que hace cuatro años?».

Pero quizá su momento más famoso ocurrió cuatro años después. Reagan ya tenía 73 años, frente a los 56 de su contrincante, Walter Mondale. La salud de los aspirantes se convirtió en un tema central de campaña. Nada más empezar uno de los debates, Reagan sorprendió a todos: «No quiero que la edad sea un asunto de esta campaña. No voy a aprovechar, por razones políticas, la juventud y la inexperiencia de mi contrincante». Ni Mondale pudo evitar la risa.

En ocasiones basta con no acertar en el tono para ponerse el debate en contra. El demócrata Michael Dukakis lo aprendió en 1988, cuando le preguntaron si aceptaría la pena de muerte para el hombre que violara y matara a su mujer. La respuesta sorprendió por su absoluta frialdad, basada solo en criterios criminológicos.

El patinazo de Bush padre

Esas elecciones las ganó George H. W. Bush, que, cuatro años después, en busca de su reelección, dudó ante una pregunta desde el público sobre cómo le afectaba personalmente la recesión y pidió que explicara mejor la cuestión. Bill Clinton, que ganaría esas elecciones, no corrigió al interpelante, sino que aprovechó para interesarse por sus dificultades económicas.

A veces son detalles mínimos los que copan la atención: la mirada de reojo de George W. Bush a Al Gore en 2000 o un dato inexacto repetido por Mitt Romney sobre la reacción de Barack Obama al atentado de Bengasi en 2012. Si Clinton y, sobre todo, Trump cumplen las expectativas, mañana no habrá escasez de ellos.

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