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El Congreso republicano será un rodillo anti-Obama

El Senado, que se creía perdido, también queda en manos conservadoras

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, junto al vicepresidente, Mike Pence
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, junto al vicepresidente, Mike Pence - REUTERS

Estados Unidos eligió el martes a su nuevo presidente, Donald Trump, pero también la configuración del Congreso. Se renovaba un tercio de los cien escaños que conforman el Senado y la totalidad de los 435 asientos de la Cámara de Representantes. Desde 2014, las dos cámaras están bajo control republicano y, en otra de las sorpresas de la jornada electoral, seguirán así.

Casi todas las quinielas apuntaban a una reconquista demócrata del Senado, donde tenían todas las de ganar: la mayoría de los escaños en juego eran de senadores republicanos. Durante buena parte de la campaña se habló del efecto que la campaña abrasiva de Trump tendría en las elecciones legislativas: sus exabruptos, sus salidas de tono, sus propuestas irrealizables y sus enfrentamientos con pesos pesados del partido republicano —desde el presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, al senador y excandidato presidencial John McCain— le llevarían a perder no solo la Casa Blanca, sino muchas posiciones en el Congreso.

Configuración del Supremo

Ni lo uno ni lo otro. Los republicanos tienen ahora en sus manos la presidencia del Gobierno, las dos cámaras legislativas y, gracias a ello, mucho poder sobre la configuración del Supremo.

En la Cámara d e Representantes su mayoría es ahora algo menos holgada —hasta ayer disponían de la mayoría más amplia en esta cámara desde 1929, con 246 escaños—, pero sigue siendo indiscutible: a falta de concluir los recuentos, ya tienen 239 escaños asegurados y las proyecciones marcan que acabarán con 246.

Más decisivo fue lo que ocurrió en la Cámara alta. Por ahora, los republicanos cuentan con 51 senadores, por 47 de los demócratas y todo apunta a que la configuración final será 52-48 a favor de los conservadores.

Las implicaciones de este resultado inesperado serán de alto calado. En primer lugar, porque el Senado es el órgano encargado de confirmar los jueces que el presidente nomina para el Tribunal Supremo. Tras la muerte este año del juez conservador Antonin Scalia, la mayoría republicana en el Senado se negó a debatir la confirmación del magistrado propuesto por Barack Obama, Merrick Garland, de corte progresista, con la esperanza de que el próximo residente en la Casa Blanca fuera republicano. Fue una apuesta arriesgada, que muchos trataron de inconstitucional por no respetar el derecho del presidente a nominar a los altos magistrados, y con pocas posibilidades de triunfar, porque casi nadie contaba con un triunfo de Trump.

Pero la derrota de Clinton lo cambia todo: Trump probablemente nominará a un juez conservador para sustituir a Scalia e, hipotéticamente, a otros magistrados del mismo corte: hay al menos dos jueces que ya han cumplido 80 años y otro tiene 78. La baza que les queda a los demócratas es que el Senado necesita una mayoría de 60 escaños para confirmar a un juez del Supremo, y podrían optar por bloquear nombramientos hasta tratar de recuperar el control en la cámara en las elecciones de 2018. Pero es una estrategia con mucho desgaste que podría ser contraproducente en el electorado.

Donde sí tendrán pocas opciones es en la defensa del legado de Obama. Una de las promesas de Trump ha sido desmantelar la reforma sanitaria del presidente, conocida como «Obamacare». «Vamos a pegarnos el primer mes de mandato aprobando el rechazo de las regulaciones de Obama», aseguró satisfecho el senador republicano Rand Paul, que también participó en las primarias republicanas. Asuntos prioritarios para Trump, como la reforma fiscal, la política de inmigración o el rechazo al acuerdo nuclear con Irán y a los tratados de libre comercio contarían, en principio, con el viento a favor del Congreso.

Futuro de Ryan

En esos impulsos legislativos será fundamental la figura de Paul Ryan, el republicano que preside la Cámara de Representantes. Sus enfrentamientos y tensiones con Trump durante la campaña han sido constantes y ahora su posición podría estar en peligro. Ayer intentó congraciarse: calificó su victoria como «la mayor hazaña política de nuestro tiempo», alabó su capacidad de conectar «con los ciudadanos que no se sentían representados» y se mostró confiado en que liderará un Gobierno «unido» en un momento en el que el país está «dividido». Habrá que ver si Trump le concede el indulto.

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