ARMADA ESPAÑOLA

A 50 metros sobre el Juan Sebastián de Elcano

Los gavieros del buque escuela de la Armada son los encargados de subir a los cuatro palos del barco y forman parte del personal de maniobra

Verónica Sánchez / Antonio Vázquez

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Al sonido del chifle cada marinero ocupa su puesto, en sus manos está que el Juan Sebastián de Elcano siga la derrota marcada, llegue a puerto correctamente o zarpe sin incidentes. El personal de maniobra, como el propio nombre de la especialidad indica, se ocupa de mantener y manejar los sistemas de maniobra, navegación, señales, embarcaciones y medios de salvamento. Y, en el bergantín-goleta, es el encargado de, a la hora de llevar a cabo maniobras con las velas, subir a los cuatro palos del barco, bautizados con el nombre de anteriores buques escuela de la Armada. De proa a popa, ‘Blanca’ (trinquete), ‘Almansa’ (mayor proel), ‘Asturias’ (mayor popel) y ‘Nautilus’ (mesana).

 

“Arriba se trabaja cómodo, a tu manera, aunque parezca que no. A mí me gusta. Estamos concentrados en lo que hay que hacer y no nos damos cuenta de que nos encontramos a tanta altura”, afirma José María Rojas Llamas, sevillano, 27 primaveras y marinero de maniobra que lleva un año y medio en el Juan Sebastián de Elcano. A la orden del contramaestre se colocan el arnés de seguridad y suben, perfectamente “trincados”, como ellos dicen, hasta a 50 metros de altura. Son los gavieros. Tiran, cosen, recogen las velas, en un trabajo artesano revestido de una coordinación absoluta para que todo quede a la perfección. “Somos los brazos y los ojos del contramaestre en lo alto de los palos”, explica el marinero David González Caviedes que, a sus 27 años, realiza su cuarto crucero de instrucción en el bergantín-goleta en el que lleva destinado más de dos años.

 

Sus compañeros le admiran profundamente, tanto por su habilidad en el trabajo, como por su trato humano. David se mueve con una agilidad sorprendente sobre los palos. “Cuando entré tenía algo de miedo a las alturas, pero aquí, evidentemente, me lo he quitado todo”, afirma el cántabro. “Yo tengo vértigo, pero en el barco es diferente, porque estamos amarrados y seguros”, señala otro de sus compañeros, el marinero Manuel Roldán Benítez, jerezano de 25 años que, al igual que el marinero Rojas, lleva un año y medio en este buque y realiza su segundo crucero de instrucción.

 

Bautismo de palos

En junio de 2013 los cuatro palos del Elcano entraban en la bahía de Santander y entonces, David, que era voluntario de la Cruz Roja del mar y siempre se había sentido atraído por el mundo militar, lo tuvo claro. “Junto a otro paisanos nos dijimos, algún día tenemos que estar ahí y aquí estamos. Al final entramos en la Escuela de Maniobra y vinimos al Elcano los dos destinados voluntarios”, cuenta. Ahora es un veterano y aconseja a los nuevos marineros de maniobra que llegan al barco. “Igual que nos enseñaron a nosotros”, señala. Porque para el personal de esta especialidad que embarca por primera vez se sigue un procedimiento consistente en subir a los palos con un marinero más antiguo, en una ocasión sin navegar y en otra navegando. Es el ‘bautismo de palos’, en el que se comprueba la soltura y aptitudes de los nuevos marineros, algo que también se hace con los guardiamarinas.

 

Los marineros González, Rojas y Roldán, tres de las 50 personas de maniobra que forman parte de la dotación del Juan Sebastián de Elcano en su 90 crucero de instrucción (30 de ellos marineros), tienen claro que lo más importante a la hora de subir es la seguridad. “Eso conlleva que nadie meta prisa desde abajo, porque arriba todo es mucho más lento y lo que aquí haces en un minuto, te lleva 10 en el palo”, explica David. Tanto la seguridad propia como la de la gente que está en cubierta, para que no se caiga ningún objeto que pueda golpear a los de abajo. “Procuramos llevar todo trincado pero un tornillo no puedes trincarlo y tenemos que estar aguantando el balanceo del barco. Es complicado. Por eso, por desgracia, alguna vez hemos tenido que decir “guarda abajo”, para avisar”, cuenta el marinero. “No se puede fallar arriba”, puntualiza Manuel. Porque, además, cuando los gavieros están trabajando en lo alto de los palos es imposible despejar la cubierta, ya que, mientras, abajo se siguen realizando tareas, en un barco en el que la actividad es constante.

 

Solo no puedo, con amigos sí

La cubierta es su medio natural. Allí pasa la mayor parte del tiempo el personal de maniobra debido a, por un lado, el poco espacio en los interiores del buque y porque, “tenemos que estar siempre pendientes de las velas”, cuenta David. Tanto es así que llaman al castillo (la parte de la cubierta más a proa), “el sanatorio”, donde se reúnen siempre.

 

A todos, alguna vez su familia y amigos les han dicho que qué hacen subiéndose a 50 metros de altura. “Mis padres dicen que tenga cuidado, pero que disfrute, porque saben que es una experiencia que no se va volver a repetir”, cuenta José María. “Ellos se preocupan más que nosotros”, detalla Manuel. Aunque, admiten, no pueden reprimir las lágrimas cuando, subidos en los palos, ven cómo el Juan Sebastián de Elcano se aleja de Cádiz el día del inicio del viaje.

 

“Exageran sin ninguna duda”, contesta rápido David cuando le decimos que nos han contado que es el mejor gaviero del Juan Sebastián de Elcano, mientras Manuel y José María asienten. “Cada uno tiene una peculiaridad arriba. Los hay con mayor habilidad en la maniobra, otros con más temple y otros que son más rápidos moviéndose”, argumenta. “Yo no tendría la habilidad si no me la hubieran enseñado y ellos no me apoyasen. Digo mucho una frase: “solo no puedo, con amigos sí” y eso es lo importante aquí, tener buenos compañeros, porque si no, sería imposible”, sentencia.

 

José María, Manuel y David se imaginan su futuro laboral en la Guardia Civil, con un trabajo fijo y estable. Aunque, tienen claro que echarán de menos subirse a los palos del buque escuela, verlo desde arriba y disfrutar de las ciudades a las que llegan, incluida Cádiz, a vista de pájaro. Eso, como dice David, “no se paga con dinero”. También extrañarán al resto de compañeros, su “segunda familia”, dicen, aunque la convivencia a veces, sea dura. Porque, como afirman los tres, “un pedazo de nuestro corazón siempre estará en el Juan Sebastián de Elcano”.