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El BCE regaña a España por su baja productividad laboral

Los países del sur de Europa siguen sin avanzar en convergencia con el resto de sus socios, en opinión del banco central

BERLINActualizado:

Tras décadas de políticas europeas y ayudas estructurales, los países del sur de Europa siguen sin avanzar en convergencia con el resto de sus socios, al menos no tanto como desearía el BCE, por lo que un grupo de expertos del banco emisor europeo ha elaborado un estudio en profundidad sobre las causas de esa distancia en crecimiento y en renta. En lo que se refiere a España, una de las causas más destacadas es la baja productividad laboral.

En la década de los 60, el PIB per cápita español sí creció claramente por encima de la media de los países de la UE. Sin embargo, el estudio constata una "moderada" convergencia en los noventa y en los primeros años de la unión monetaria, parcialmente contrarrestada por una baja productividad laboral. “La tendencia del crecimiento en España hacia actividades laborales intensivas relativamente no cualificadas”, entre las que el informe se refiere a los sectores de la construcción y los servicios, “ocasionó un adverso efecto en la productividad”, que se hizo notar especialmente en el periodo anterior a la crisis.

Los años 90 y primeros del siglo XXI fueron en nuestro país un tiempo en el que circulaba el dinero, pero eso no redundó en convergencia debido a que no fue invertido en factores clave como I+D o inversiones estratégicas. Los españoles trabajábamos más y ganábamos más, pero no ganábamos en eficiencia a causa de la inadecuada asignación de capital y fuerza de trabajo hacia industrias menos productivas, así como a estrictas regulaciones del mercado laboral que limitaron flexibles organizaciones del trabajo en las empresas. Los bajos índices de productividad de la economía española pueden ser atribuidos, como en otros países del sur de Europa, a una “menor cualificación del capital humano, una baja inversión en I+D, un desfavorable entorno de negocios y, en general, a altas cargas administrativas a las empresas".

Según este mismo estudio, publicado hoy en Frankfurt, tras la crisis se ha producido sin embargo una perceptible reactivación de la productividad en la economía española, relacionada principalmente con el mejor desempeño de las grandes compañías y que debe extenderse al grueso de la economía y las pymes. Y no es un problema exclusivo de España. Los expertos del BCE consideran “crítico” que los países de la eurozona que aspiran a la convergencia aumenten la resiliencia de sus estructuras económicas a través de la mejora de su gobernanza y su “calidad institucional”. Y en este punto la regañina del BCE se amplía a las administraciones públicas.

El informe destaca que la mayoría de los países periféricos de la UE adoptaron un “amplio y profundo espectro” de reformas estructurales tras la llegada de la crisis pero que, pese a los progresos, incluso después de 2010 la divergencia en calidad institucional se ha incrementado en esferas como el control de la corrupción o el imperio de la ley. Como resultado del empeoramiento de las condiciones económicas, apunta el texto, durante la crisis los tribunales de justicia funcionaron con mayores retrasos y se deterioró su capacidad para gestionar las quiebras bancarias o las insolvencias. Cita concretamente los indicadores de gobernanza del Banco Mundial sobre calidad reguladora o control de la corrupción, que muestran que entre 1998 y 2015 se registró incluso un cierto deterioro en estos aspectos en países como Grecia, España o Italia.

“No hay un automatismo en el proceso de convergencia” por el mero hecho de ingresar en el club del euro, parece ser el mensaje que el BCE pretende hacer calar en los países sureños, sino que ese proceso debe ser visto como el resultado de “incesantes esfuerzos políticos”, antes después de la adopción del euro. Y por si alguien cae en la tentación de leer esa frase como la justificación de que nos iría mejor sin la moneda única, recuerdan que las “deficiencias de convergencia” proceden de años o incluso décadas atrás y que responden a condiciones de naturaleza estructural de las diferentes economías. El euro, señalan, no es parte del problema, sino de la solución.

Otras de las llamadas de atención del documento se refiere a que una sostenible convergencia económica es una “condición importante para asegurar un fluido funcionamiento” de la Unión Monetaria Europea, advirtiendo además que para su consecución “no hay atajos”, por lo que se requiere una “visión a largo plazo” en la elaboración de las políticas nacionales.

Según el BCE, queda mucho por hacer. Aunque recientemente la dispersión en las tasas de crecimiento del PIB ha alcanzado mínimos históricos en la eurozona, si se compara el periodo entre 1999 y 2016 es “evidente que las diferencias de renta entre los países persisten”, debido a que “varios miembros de bajos ingresos de la eurozona”, entre los que cita a España y Eslovenia solo han mantenido su distancia de renta respecto a la media de la UE", mientras que otro, peor aún, la han aumentado, como es el caso de Grecia, Chipre y Portugal.