Comercio internacional

La presión de los partidos de izquierda deja tocado el acuerdo de libre comercio UE-EE.UU.

La Comisión se resiste a dar por muerto el proyecto, pese a su debilidad política

La presión de los partidos de izquierda deja tocado el acuerdo de libre comercio UE-EE.UU.
ENRIQUE SERBETO Corresponsal En Bruselas - Actualizado: Guardado en:

Aunque la Comisión Europea se resiste a reconocerlo, el tratado de libre comercio con Estados Unidos, conocido como TTIP, está a punto de ser archivado en la sección de imposibles y las opciones de que algún milagro pudiera salvarlo a última hora son cada vez más escasas. Según insistía aún este martes la comisaria de Comercio, la sueca Cecilia Malstrom, las negociaciones «no han fracasado», respondiendo a las alusiones de miembros de los gobiernos de Francia y Alemania sobre la imposibilidad de mantener el proyecto. «Ya sabíamos desde el principio que las negociaciones serían difíciles, pero no han fracasado» dijo la comisaria en una rueda de prensa en Bruselas.

El portavoz de la Comisión, Margaritis Schinas, añadió por su parte que el ejecutivo comunitario tiene un mandato legal vigente para negociar este tratado y que mientras no le sea retirado seguirá trabajando a favor de un proyecto que se preveía como un revulsivo para el crecimiento económico, pero que se ha ido convirtiendo en un avispero político.

Hasta la canciller alemana, Angela Merkel, ha tenido que salir al paso de los comentarios de su vice canciller Sigmar Gabriel para proclamar que el proyecto del que podría ser el acuerdo comercial más importante del mundo sigue siendo un objetivo estratégico esencial para Europa. «Nos interesa no quedarnos detrás de otras regiones del mundo y Asia ya ha firmado un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos», dijo este jueves en declaraciones a una emisora de radio. «Estoy convencida de que el TTIP favorecerá la creación de empleos como los que necesitamos urgentemente en Europa».

Lo más delicado

La ambición de los negociadores era haber logrado un hacer avanzar las negociaciones al menos hasta un punto que pudiera considerarse como irreversible, antes del fin del mandato del presidente Barack Obama. El diálogo entre el negociador europeo, el español Ignacio García Bercero, y el norteamericano Dan Mullaney, ha sido bastante bueno en los capítulos preparatorios y en cuanto se ha entrado en materia solamente ha habido un verdadero escollo en el campo de las denominaciones de origen, que es algo que por otro lado ya se esperaba. La cuestión de los productos genéticamente modificados o la preferencia para las empresas locales en los concursos públicos son elementos en los que se preveía un regateo que no llegaría a impedir el acuerdo. Por contra, el aspecto más delicado desde el punto de vista político ha sido la definición del tribunal de arbitraje (ISDS) para resolver las disputas entre los inversores y los Estados en caso de desacuerdo, que es algo que mantenía movilizados a los sectores más refractarios al acuerdo.

Merkel tiene que luchar en su coalición por el TTIP

La realidad es que los negociadores hace meses que trabajan en el vacío, sabiendo que en Europa el apoyo político a este acuerdo se ha agotado ante la ofensiva de la extrema izquierda y la extrema derecha que se han opuesto con uñas y dientes, a veces con los mismos argumentos nacionalistas y anti globalización. Y, el golpe de gracia, ha sido la rendición de los partidos socialdemócratas, que habían llegado a aceptar, por razones pragmáticas pero a regañadientes, el principio de una zona de libre comercio, y que finalmente se han sumado también al sector crítico. No es casualidad que los primeros certificados de defunción del TTIP hayan venido de gobiernos o partidos socialdemócratas. El primero ha sido el vicecanciller alemán y líder del SPD, Sigmar Gabriel, quien en unas declaraciones a una televisión esta semana ha proclamado que las negociaciones comerciales entre los Estados Unidos y la UE «han fracasado aunque en realidad nadie lo admita». Gabriel dijo que «las negociaciones con EE.UU. ha fracasado porque de hecho, nosotros, los europeos, no queremos someternos a las demandas de Washington».

Más grave aún, el Gobierno francés (socialista) ha dado oficialmente por muerto el TTIP al anunciar que este otoño pedirá formalmente a la Comisión que frene el proceso de negociaciones. El secretario de Estado de Comercio Exterior Matthias Fekl dijo en una radio esta última semana que «en Francia se ha agotado el apoyo político a las negociaciones» por lo que el Gobierno de París «exigirá que se ponga fin al proceso». Según el responsable francés las negociaciones se han decantado hacia las posiciones norteamericanas y «los estadounidenses no dan nada, o acaso migajas, y eso no es como deben negociarse entre aliados», por lo que pedirán a la Comisión que detenga el proceso «para poder recomenzar con una buena base».

La victoria de Brexit el referéndum del 23 de junio ha sido probablemente un elemento que ha convencido a más de un Gobierno de que no se puede seguir construyendo el tratado transatlántico sin saber qué va a suceder con el principal aliado de Washington en Europa. Pero el elemento que ha dado en realidad la puntilla al proyecto del TTIP se produjo el 5 de julio, cuando la Comisión Europea sucumbió a las presiones políticas del Consejo y aceptó que el Tratado de Libre Comercio con Canadá (CETA) que ya está cerrado, fuera considerado como un elemento «mixto» y no solamente comunitario. Eso significa que en lugar de ser ratificado solamente por el Parlamento Europeo, como sucede con los acuerdos que se limitan a competencias comunitarias, en este caso deberá pasar también por la consulta de todos los parlamentos nacionales. Bruselas aceptó este principio a cambio de que el tratado con Canadá pudiera entrar en vigor antes de ser ratificado, pero ese matiz condena inevitablemente al TTIP a pasar también por el filtro de los parlamentos nacionales, lo que en los hechos significa que aunque se llegase a un acuerdo es muy improbable que pudiera ser ratificado por todos los países.

El factor ideológico pesa más que las ventajas

Hasta ahora, siempre se trataba de pactar con países mucho más pequeños y ni EE.UU. ni la UE habían negociado antes un acuerdo de libre comercio con un socio de dimensiones similares, lo que explica la aparición de suspicacias a ambas orillas del Atlántico. Pero desde Bruselas la actitud favorable del presidente Barack Obama planteaba la mejor ventana de oportunidad, algo que no han entendido los movimientos anti globalización que apoyaron con entusiasmo al presidente demócrata pero que siguen viendo a Estados Unidos como un enemigo en lugar de un socio. Con el mandato del primer presidente afroamericano a punto de expirar, ni siquiera la victoria de Hillary Clinton garantiza que se mantenga esa predisposición positiva en la Casa Blanca.

Pero lo que más ha pesado en este proceso ha sido el factor ideológico, como demuestra el hecho de que en paralelo se haya pactado y rubricado un acuerdo de libre comercio con Canadá, país que en todos los aspectos es comparable a Estados Unidos, y no ha provocado la menor discusión. El TTIP sería el acuerdo de libre comercio más importante del mundo y las pymes serían las más beneficiadas porque no disponen de departamentos jurídicos para poder alcanzar el mercado norteamericano por su cuenta.

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