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Paralímpicos Rïo 2016 Un revés sobre ruedas

El español Daniel Caverzaschi entrena con niños de 12 años para adaptarse al bote de la bola

Daniel Caverzaschi, en el partido ante Houdet en Río
Daniel Caverzaschi, en el partido ante Houdet en Río - CPE

Daniel Caverzaschi saltó ayer nervioso a la pista central del Centro Olímpico de Tenis. El español jugaba ante el número uno del mundo, el francés Stéphane Houdet, y, a sus 23 años, nunca antes había disputado un partido ante tanto público. Lleva más de una década jugando al tenis en silla de ruedas, acompasando cada golpe de raqueta con otro de mano para impulsarse hacia el siguiente. Nunca se rinde y pocas veces no llega a darle a la bola tras el segundo bote -en su disciplina las reglas lo permiten-, aunque ayer le pudieron las fuerzas. Un 6-0 y 6-1 que se evaporó de su mente nada más abandonar la pista. Solo piensa en el futuro y ya habla de Tokio.

«El francés fue mejor que yo y hay que aceptarlo. A día de hoy, los seis primeros del mundo son mejores y hay que seguir luchando para que no sea así», comenta poco después del partido. El verbo que utiliza define su vida, una continua lucha. Caverzaschi nació sin fémur en una de sus piernas y con malformaciones en la otra, pero eso nunca le frenó. Quiso que le trataran como uno más y era el primero en apuntarse a cualquier deporte: fútbol, béisbol, baloncesto… En todos se defendía con ayuda de su prótesis, sin nada que envidiar al resto de sus amigos. Así fue hasta los 12, cuando agarró la raqueta.

Le cogió pronto el truco. Se movía ya perfectamente con la silla por aquel entonces, pero tenía que aprender a no perder el equilibrio cada vez que le daba a la bola. Todavía hoy tiene que improvisar muchos golpes porque no se encuentra bien colocado, aunque asegura que lo que más le cuesta es el saque. «Al estar más bajo y no poder usar las piernas para impulsarte, es más difícil darle bien a la bola», explica.

Le ha costado mucho sacrificio llegar a donde está. Entrena casi todos los días, muchas veces con tenistas sin discapacidad y con niños federados de 12 o 13 años, cuyo estilo de juego, con golpes altos y a un solo bote, le ayuda a mejorar. Compaginó durante tiempo los estudios con los torneos, olvidándose de tener tiempo libre, aunque guarda buen recuerdo de esa época. «Ayudaba mucho que me entusiasmaba lo que hacía».

No se alegra tanto cuando se acuerda del «bullying» que sufría en el colegio. «Había un chaval que con 9 años me vacilaba, pero lo hablé con mis padres y me dijeron que espabilara yo solo». Aprendió la lección y, tras meterse en alguna pelea, formó un carácter fuerte para el futuro. «Ese es el único camino».

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