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Sporting de Gijón-Real Oviedo: Catorce años para alimentar una rivalidad histórica

Exjugadores de uno y otro equipo explican la génesis de uno de los derbis con más solera del país

Yago (Real Oviedo) y Samuel (Sporting de Gijón) se saludan después del derbi de 2003
Yago (Real Oviedo) y Samuel (Sporting de Gijón) se saludan después del derbi de 2003 - ABC

Apenas 30 kilómetros sirven como distancia de seguridad para separar dos ciudades enfrentadas por una rivalidad añeja, de las que no se pueden entender echando mano de citas clave o sucesos que den pie al conflicto. Gijón y Oviedo laten como núcleos urbanos en una Asturias que todavía arrastra la etiqueta de rural. También como focos de una rivalidad que va más allá de lo deportivo, pero que encuentra precisamente ahí, en el deporte, y en concreto en el fútbol, la excusa perfecta para dar rienda suelta a sus pulsiones.

Se explica así que Sporting de Gijón y Real Oviedo estén aún aprendiendo a convivir en una misma frase sin sentir como necesidad puramente visceral el superar a su rival. En esas, con catorce años de separación de por medio fruto de una travesía fuera del fútbol profesional de los de la capital del Principado que casi los hace desaparecer, se enfrentan hoy en El Molinón en un partido en el que la necesidad de ganar de uno y otro equipo, como presumibles aspirantes al ascenso que son, se ha visto sometida al fervor popular que clama por volver a hacer hincar la rodilla a su enemigo más íntimo casi tres lustros después de que el Oviedo se adjudicara la última batalla. Entonces, en 2003, los goles de Geni y Oli sirvieron para dejar el del bisoño Villa en un mero preludio a una triunfal carrera lejos de Gijón.

A lo lejos, 40 enfrentamientos en Primera, con 19 victorias para los azules y 8 para los rojiblancos, y 34 en Segunda, donde los gijoneses doblan en triunfos (18) a los capitalinos. Y en el balcón del Ayuntamiento de Oviedo, una bandera de su equipo que cuelga desde el jueves como símbolo de la magnitud que alcanza el envite.

«Van a flipar»

Quizá radique en el arraigo de quienes disputan el honor del escudo que defienden sobre el campo uno de los motivos por los que el derbi asturiano siempre ha tenido una tonalidad distinguida más allá del olor a barro con el que se lo identifica. Así lo entiende Vicente González-Villamil, que jugó como defensa para los azules en los años 70 y ejerció como entrenador en la fatídica temporada del último descenso, la de 2002-2003. «Antes éramos tantos de casa que contagiábamos a los pocos que había de fuera. Ahora eso se ha perdido un poco, así que no van a saberlo hasta que pisen el campo, y van a flipar», dice a ABC.

Joaquín Alonso, el hombre que puede presumir de ser el que más veces ha vestido la camiseta rojiblanca y que también fue internacional con España en el Mundial de 1982, explica al otro lado de la línea telefónica que el derbi funciona como «un incentivo para todo el mundo». «La rivalidad entre ciudades está ahí, pero siempre debe ser bien entendida», apunta. Quienes hicieron de partidos como los de este sábado la gasolina para hacer carburar su carrera miran con cierta melancolía a los jóvenes que aún no saben lo que significa un Sporting-Oviedo. «Para ellos es diferente. Ambos clubes vienen de situaciones difíciles. Nuestro descenso a Segunda fue complicado, pero lo del Oviedo, a punto de desaparecer, aún más», recuerda el hoy entrenador del combinado español de fútbol playa, satisfecho por ver cómo hoy ambos «aspiran a lo máximo».

Un lance del juego del Oviedo-Sporting de la temporada 2002-2003
Un lance del juego del Oviedo-Sporting de la temporada 2002-2003- ABC

El Sporting afronta esta temporada con Paco Herrera al mando y ciertos aires de cacique, herido en su orgullo tras descender con holgura el último curso y remozado este verano con caras de entidad como la de Michael Santos, Federico Barba o Scepovic para afrontar los vericuetos por los que acostumbra a transcurrir la Segunda División española. Lleva dos años sufriéndolos el Oviedo, espoleado por los millones del magnate Carlos Slim y con Berjón y Toché como insignias, a la espera de que altas como las de Mossa, Forlín o Aaron Ñíguez prueben su nivel a los ojos del Nuevo Tartiere, donde han apostado por la experiencia en la categoría de Anquela para volver a ilusionarse con un nuevo ascenso.

«Gijón y Oviedo aspiran hoy a lo máximo», presume Alonso, que no se contenta con lo que hay y espera poder ver en breve el partido en Primera. «Yo no lo supe hasta que lo jugué, pero este partido es una cosa tremenda», sintetiza González-Villamil, presidente, como Alonso en el Sporting, de la asociación de veteranos del club de su vida. La rivalidad extrema que al mismo tiempo une y distancia a los dos grandes clubes de Asturias ha propiciado que el ambiente se enturbie en los prolegómenos del choque, con las redes sociales como amplificador de su peor parte. «Joaco» y «Vicentón», como se llaman el uno al otro, escenifican la otra cara de la moneda, la prueba de que una amistad no tiene por qué verse soterrada por su deseo más intenso: volver a paladear el sabor de reconocerse como el primer equipo de la región.

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