Imagen del Camp Nou durante el encuentro Barcelona-Las Palmas
Imagen del Camp Nou durante el encuentro Barcelona-Las Palmas - AFP

Referéndum CataluñaEl referéndum fractura al Barça

La decisión del club de jugar ante Las Palmas a puerta cerrada para evitar una sanción encrespa a la masa social y provoca dimisiones en la directiva

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Extraña sensación la de presenciar un partido de la autodenominada Liga de las Estrellas en un estadio vacío, escuchando el golpeo del balón y los gritos de los jugadores. Tanto como todo lo que ha rodeado a este Barcelona-Las Palmas desde que La Liga estimara ubicarlo en una jornada complicada en Cataluña tras la decisión del Parlament de celebrar este domingo el referémdum considerado ilegal por el Gobierno central. Fue la respuesta del Barcelona ante la negativa de LaLiga a suspender el encuentro, iniciativa propuesta por la mayoría de la directiva culé, lo que les llevaría a perder seis puntos y con ello toda la ventaja conseguida hasta el momento.

«Hemos decidido que el partido se jugará pero a puerta cerrada por la situación de excepcionalidad que se está viviendo en Cataluña. Nos han dicho que si no jugábamos perderíamos los tres puntos de este partido y otros tres puntos como sanción. Es LaLiga la que debe decidir y, ante su negativa, hemos decidido jugarlo con el estadio vacío, para que la gente vea que no es un partido normal y el mundo entero pueda ver cómo estamos sufriendo», explicó Josep Maria Bartomeu tras cuatro horas de intensas reuniones. Dos pájaros de un tiro, regateaba la sanción y lanzaba un mensaje al mundo llamando la atención con un estadio vacío.

El Barcelona trató desde primera hora de la mañana que las Fuerzas de Seguridad aplazaran el partido, algo que no consiguieron. Los Mossos emitieron un veredicto en el que dejaban claro que se podía jugar y la seguridad en el Camp Nou estaba garantizada. Fue entonces, cuando el club, valorando las miles de peticiones que iban llegando al Centro de Atención al Socio, sopesó la posibilidad de suspender el partido de forma unilateral, asumiendo la sanción que les podía acaerrear no presentarse. Los directivos votaron y la mayoría se mostró sensible con la petición de la masa social culé, que buscaba en el club un portavoz con trascendencia mediática mundial que denunciara todos los altercados y desórdenes que se estaban produciendo.

No obstante, la decisión de la Junta chocó con las prioridades de una parte del vestuario, que se negaba a que una situación extradeportiva cortara la racha de victorias consecutivas y dilapidara una ventaja en la clasificación que podría aumentar con sanciones posteriores. «La política no debe mezclarse con el deporte», se oyó en el vestuario y la directiva tomó una medida alternativa, la de jugar a puerta vacía, aunque hasta último momento se trató de lograr un aplazamiento que no llegó. Uno de los que no compartía la medida de jugar era Gerard Piqué. Por la mañana, el central se encargó de publicitar su voto tras la defensa que realizó sobre el derecho a decidir en jornadas anteriores. «Esto es una vergüenza, las imágenes hablan por sí solas», denunció el central pocas horas antes de vestIrse de corto ante un equipo que decidio replicar bordándose una bandera española en la camiseta.

Y es que Las Palmas también decidió pronunciarse y emitió un comunicado tras llegar a la Ciudad Condal en el que destacaba que la celebración de «un referéndum fuera del marco legal español, con la fuerza que tiene el eco internacional de todo lo que ocurre en el Camp Nou», convierte el partido en algo más que una cita deportiva. «La UD Las Palmas podría haberse limitado a ser testigo mudo de esta encrucijada histórica o tomar partido. Nos decantamos por lo segundo», añadía el club canario, que explicaba los motivos por los que jugaría con la bandera de España en el pecho: «Queremos votar de forma inequívoca en una imaginaria consulta a la que nadie nos ha convocado: creemos en la unidad de España. Lo hacemos desde la autoridad moral que le quieran conceder a la región más lejana de la capital de este reino». Fue uno de los motivos por los que se anuló la comida de hermandad entre ambas directivas.

La decisión del Barcelona de jugar el encuentro, de anteponer los intereses deportivos a la adhesión a los sentimientos de buena parte del pueblo catalán, le reportó numerosas críticas que Bartomeu encajó con estoicismo. Incluso alguno de sus directivos podría presentar la dimisión en las próximas horas. El vicepresidente institucional, Carles Vilarrubí, en desacuerdo con la decisión de disputar el encuentro, ha decidido abandonar el órgano rector de la entidad presentando su dimisión irrevocable. Bartomeu se abonó a la teoría de los daños colaterales y asumió toda la responsabilidad: «Tendremos tiempo para hablar en los próximos días sobre este tema. Es normal que en una Junta no todos tengamos la misma opinión. Las decisiones no son fáciles. Ésta la he tomado yo». No obstante, piensa llevar este caso ante la UEFA y la FIFA: «Pediremos explicaciones porque es incomprensible que no quisieran suspender el partido».

Joan Laporta fue uno de los más críticos con el presidente: «Jugar un partido a puerta cerrada es inhibirse. Es votar en blanco, es ser cómplice de los que practican la violencia indiscriminada. Jugar este partido a puerta cerrada es ser cómplice de los que impiden el ejercicio pacífico de los derechos y libertades democrácticas».

Diferentes grupos que se citan en el Camp Nou también habían abogado por la suspensión. Uno de ellos, el de animación del Fondo Norte, incluso trató de impulsar una invasión de campo si el duelo se disputaba. «Ante la indignante represión que está sufriendo el pueblo catalán, pedimos al Barcelona que suspenda el partido. En caso de no lo haga, lo haremos nosotros. Hoy no se juega. Es por esto que hacemos un llamamiento al barcelonismo que vaya al Camp Nou y salte al campo del estadio en el minuto 1», explicaron en un comunicado.

La incertidumbre fue la gran protagonista en los prolegómenos del partido. Como una cascada se fueron sucediendo las noticias y una serie de inesperados giros que recorrían el trayecto entre «el se jugará seguro» y «el encuentro se suspenderá» de forma constante. Con los aficionados congregados a unas puertas que nunca llegaron a abrirse, los equipos cumplían con sus rutinas a la espera de una resolución definitiva. Así, los porteros salieron a calentar, los aspersores se pusieron en marcha para regar el y el club anunciaba las alineaciones. Hasta que un comunicado a falta de un cuarto de hora confirmaba la disputa del partido. «El Barcelona condena las acciones producidas en muchas localidades de toda Cataluña para impedir el ejercicio del derecho democrático y la libre expresión de sus ciudadanos», tronó por megafonía antes de comunicar que se jugaría a puerta cerrada.

Y sonó el himno, y entraron los dos equipos y el arbitró pitó el inicio de un partido que estuvo a punto de no jugarse. Todo en un Camp Nou vacío, en una estampa sobrecogedora de un escenario en el que siempre se ha respirado un aire con mucha carga política y que ha sido un escensario de reivindicaciones del catalanismo a lo largo de toda su historia. Todo tan extraño como que en un partido a puerta cerrada salte un espontáneo...