Ignacio Ruiz Quintano

La Guerra Híbrida

En metáfora de Hughes, el Real Madrid es un teléfono sonando en una oficina vacía

Ignacio Ruiz Quintano
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La Guerra Híbrida es la continuación de la Guerra Fría por otros medios: los Medios Progres. Guerra Fría sonaba a anticomunismo, y… ¡hasta ahí podíamos llegar! La Guerra Híbrida es «antiputinismo», el enemigo schmittiano que se necesita para hacer funcionar el negocio. Clinton y Bush dieron por clausurada la Guerra Fría, pero Obama dio por inaugurada la Guerra Híbrida, que mueve aún más dinero que la Guerra Fría y que no tendría nada que ver con el fútbol, salvo el detalle de que el Mundial que viene se juega en la Rusia de Putin.

-¡Menos doping y más homosexualidad! -pide, editorialmente, el «As» a Putin, a quien, de paso, acusa de enredar en Crimea y Ucrania, donde, al parecer, los nazis del Maidán no eran hackers de frau Merkel, sino de Putin.

Crimea fue un regalo a su pueblo de Nikita Kruschev, «cometido» unos seis años antes de golpear con su zapato Segarra en el estrado de la ONU: no queremos pensar qué cosas diría el «As» si Franco hubiera regalado Ibiza a la Xunta de Galicia para celebrar un Día de Santiago.

Para la Guerra Híbrida del 18 en Rusia, en el sorteo de Moscú los hackers putineros (bola caliente, bola fría) bendijeron a España con Portugal (hablad de castellanos y de portugueses, porque, al decir de Camoens, españoles somos todos), Persia (la pareja de sultanes, al decir de Lorca, en el entierro del Camborio) y Marruecos (una mezcla, al decir de Patton, de Hollywood y la Biblia).

La figura de esta nueva «Blaue Division» («¡Rusia es culpable!») es, en collera con Piqué, Sergio Ramos, que el sábado pasó por la Guerra Híbrida de San Mamés con la máscara de Jim Carrey: para rematar corners se la quitaba, mas para soltar brazos se la ponía, pero a Mateu, que es como el inspector Clouseau de nuestro arbitraje cañí, no se la pegó, y lo mandó a duchar, batiendo así el Cortihero el récord de expulsiones de Pablo Alfaro, aquel doctor de Zaragoza, Barcelona y Sevilla.

Mal, muy mal, el Madrid en Bilbao, donde tenía la Liga a tiro. La ocasión la pintaban calva, y Zidane, que reaccionó a falta de diez minutos (el hijo de Darwin presumía de un padre capaz de saber diferenciar entre «un cuarto de hora» y «diez minutos»), la dejó escapar.

Vale que dejen escapar la Liga. Pero ¿cómo dejaron escapar a Pepe? La hipótesis más repetida por el piperío para explicar la crisis madridista es que falta Pepe, quien triunfa en una galera turquesca. Ramos echa de menos a Pepe y no le llena el hueco Vallejo, un chico libresco, como Pardeza. Para cubrir el vacío de Pepe lanzan el confeti de David Luiz, que es como el Actor Secundario Bob del fútbol. Una broma de muchísimo dinero.

Cuando la guerra de San Mamés era caliente, «libraba» Gento, para que no le cortaran a tarascadas la ilusión de la velocidad, y jugaba Manolín Bueno. Ahora que la guerra es híbrida (los comentaristas insistían en la «cortina de agua» como para que viéramos un «telón de acero»), y a pesar de Raúl García, no libra ni Benzema, con su zoco de jugadas inútiles imposible de hackear incluso por los omnímodos hackers de Putin. Y Mariano (¡que viene Mariano!), en Lyon, de Pichichi español de las grandes ligas.

En metáfora de Hughes, el Madrid es un teléfono sonando en una oficina vacía. (¡El vacío de Pepe!) A ratos, «La Oficina Siniestra» de Pablo San José en «La Codorniz»

.Bajo la lluvia vascongada sólo lució (palmito) Arrizabalaga.

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