Fútbol internacional

Guardiola y el rechazo a las vacas sagradas

Al técnico catalán no le tiembla el pulso a la hora de prescindir de grandes estrellas acomodadas. Yayá Toure es el último ejemplo

Guardiola y el rechazo a las vacas sagradas

Pep Guardiola no es un técnico normal. Basta con echar un breve vistazo a su palmarés (seis ligas en siete temporadas, aderezadas con dos Champions League, cuatro copas nacionales o tres Supercopas de Europa), al inconfundible estilo que profusan sus equipos, o tan solo a cómo vive cada uno de sus partidos desde la zona de banquillos. Guardiola es un enfermo del fútbol, en el mejor sentido de la palabra. Por ello, vive y sueña con que sus jugadores sigan contra viento y marea la misma doctrina que él defiende con vehemencia. El de Sampedor quiere talibanes del entramado táctico en el que desarrolla ese característico juego de posición que articula cada una de sus obras, futbolistas que no duden de a qué deben agarrarse cuando las adversidades llegan en forma de resultado negativo. Solo así se entiende la metamorfosis que tantos deportistas que hacían gala de un marcado perfil antes de entrar en contacto con el hoy entrenador del Manchester City han sufrido en los últimos años.

En base a esto, cuando Guardiola aterriza en un nuevo equipo, analiza no solo las características de sus futbolistas, moldeables siempre y cuando haya voluntad, sino también los perfiles jerárquicos que imperan en la plantilla. Si el catalán se encuentra con jugadores excesivamente acomodados en su estatus de estrellas, que juegan prestando más atención a su dorsal que al interés del colectivo, no duda en trazar una línea roja que les sepera de lo que será su equipo. Así desterró a «vacas sagradas» como Ronaldinho y Deco en su primer año en el Barcelona, además de a Eto'o en el segundo, mostró la puerta de salida a un mermado Schweinsteiger en Múnich y acaba de hacer lo propio con Hart, Nasri y Yayá Touré en Manchester. Estrellas de sus clubes, iconos (Ronaldinho, Schweinsteiger, Hart) que permanecían en el equipo a pesar de haber bajado su rendimiento merced a méritos alcanzados en el pasado.

Una idea por encima de los nombres

En su primera temporada en «Can Barça», Guardiola prescindió de una bestia emergente como Yayá Toure, figura capital en presencia de Rijkaard, para dar los galones de la posición de «5» a un chaval del filial de nombre Sergio y apellido Busquets. La decisión fue tildada de temeraria, pero el tiempo acabó dando la razón al de Sampedor. Al término de su primer año, el de aquel imborrable «sextete», Guardiola había dejado clara su prioridad: no había futbolista por encima del grupo y el funcionamiento del mismo.

En Múnich, el camino que dejaba atrás el equipo, diametralmente opuesto durante la etapa de Heynckess a lo que vendría a instaurar su nuevo técnico, suponía una dificultad obvia. Xavi, Iniesta o Piqué no estarían en Baviera. En su lugar, Guardiola se encontraría un equipo en el que el doble pivote de ida y vuelta era la norma, con una tendencia volcada al juego directo con abundante carga de centro y remate. El reto era inmenso, pero los futbolistas se creyeron a pies juntillas el nuevo testamendo de su míster, y en pocos meses tenían ya el sello de Guardiola. Así se vio a Lahm, uno de los mejores laterales de la última década, ocupar la posición de mediocentro único con desparpajo, o a Alaba jugar como central, lateral, mediocentro e interior en un mismo partido sin bajar el nivel.

La entrega de los futbolistas al técnico fue tal que no había criba posible, más allá del irremediable bajón de nivel de Schweinsteiger. Ribery, que no logró tener continuidad durante el trienio del español en Alemania, se refirió a él como «charlatán», en la más clara muestra del sentimiento que impera en el futbolista que no se entrega en cuerpo y alma a las particularidades del técnico. Lo mismo que le ocurrió a Ibrahimovic durante su año en Barcelona. Guardiola no quiere jugadores al uso: necesita un séquito de fieles.

Es normal que ahora, en Manchester, prescinda de Yayá Toure. El marfileño llevaba dos años viviendo de su poderío en las inmediaciones del área rival, mientras mostraba una indolencia inadmisible jugando como mediocentro en un equipo que pretendía aspirar a cosas importantes en la Champions. Nasri, estrella en diferido que vive de los recuerdos que su talento guardó en forma de «highlights» de Youtube, volvió a la pretemporada pasado de peso y sin el hambre que la metodología de Guardiola requiere. Hart, portero que sin haber pegado un gran bajón en su rendimiento nunca llegó a ser el «crack» que apuntaba, carecía de un juego de pies pulido que permitiera a los «citiziens» articular una salida de pelota en la que el guardameta fuera uno más. Para ello llegó Bravo, que disparará la calidad de esta fase del juego del City, y la del desempeño global del mismo por consecuencia. Lo único que interesa a un Guardiola que no entiende de estatus, egos o privilegios obtenidos en base a méritos del pasado.

Toda la actualidad en portada
publicidad

comentarios