Fernando Rojo

Árbitros bajo sospecha

Sabemos quiénes nombran a los colegiados, pero poco o nada conocemos sobre los criterios que se manejan para la elección

Fernando Rojo
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No cabe dudar de la integridad, ni tampoco de la preparación de los colegiados españoles, pero sí del sistema de promoción y de designación de los encargados de impartir justicia cada fin de semana en los terrenos de juego. Para empezar, sabemos quiénes nombran a los árbitros (el triunvirato formado por Sánchez Arminio, López Nieto y Puentes Leira), pero poco o nada conocemos sobre los criterios que se manejan. Y esa opacidad promueve la sospecha.

Resulta difícilmente comprensible, como apuntó el jugador del Alavés Laguardia, que al mismo colegiado que erró garrafalmente hace unas semanas no dando validez a un claro gol de Messi en Mestalla se le encomiende enseguida un partido en el Camp Nou. «El árbitro es humano y sale presionado», indica con acierto Laguardia. Una circunstancia que no valoraron los designantes. Su falta de prudencia puso sin necesidad al colegiado en el centro de la sospecha, como lo están los árbitros que desde hace dos años llevan sin pitarle un penalti en contra al Barcelona. ¿En qué situación queda el trencilla del Barça-Valencia si el jueves se produce una situación dudosa en el área azulgrana? Si pita, se dirá que lo hace para compensar los errores de Iglesias Villanueva el pasado domingo. Y si no lo pita, se volverá a hablar de «Villarato» (debería decirse «Arminiato»). Una situación injusta para ese árbitro y para el resto, de la cual los únicos responsables son los dirigentes del Comité Técnico Arbitral. Ellos han puesto a los colegiados bajo sospecha, y ellos deben sacarlos de ella dimitiendo en bloque.

Como el dinosaurio de Monterroso, Victoriano Sánchez Arminio ya estaba allí cuando se empezó a sospechar de los beneficios arbitrales al Barça. De hecho, lleva allí desde 1993. Ha habido cuatro presidentes del Gobierno y tres Papas distintos, pero él sigue allí. Ha caído hasta Villar. Y él sigue allí. El mayor enemigo de la imagen de los árbitros es el que los dirige.

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