Fórmula 1 El ocaso de Bernie Ecclestone

El hombre que convirtió a la Fórmula 1 en un imperio puede ser relegado por los nuevos propietarios

Fórmula 1: 
El ocaso de Bernie Ecclestone

El radar de Bernie Ecclestone detecta los puñales cuando vuelan a su espalda. «El día que Flavio Briatore me clavó el cuchillo a traición desplegó todos sus encantos y me dijo: te irá bien sangrar un poco. Cuando Ron Dennis te apuñala, quiere que sepas que te acaba de asesinar y que él manda». El ser supremo de la Fórmula 1, 85 años y cuatro décadas al mando de este deporte-negocio, percibe que se acerca el estilete definitivo, una daga que lo puede apartar del imperio que él convirtió en la gallina de los huevos de oro. Los nuevos propietarios de la Fórmula 1 (Liberty Media) parecen decididos a relegar a Bernard Charles Ecclestone, hijo de un pescador y una ama de casa en un pueblo costero del este de Inglaterra y cuya fortuna personal asciende hoy a más de 4.000 millones de euros.

«No me gustan los contratos. Quiero estrechar la mano y saber que se hará»

Ese manantial de dinero es una consecuencia del instinto negociador de Ecclestone, cuyo talento para obtener beneficio de las transacciones surgió muy pronto. A los catorce años vendía periódicos e invertía los dividendos en panecillos que revendía entre sus compañeros del instituto. De naturaleza austera y origen humilde en tiempos de posguerra, aprendió a no malgastar. Dejó la escuela a los 16 años y fundó su primer negocio, Compton&Ecclestone, una casa de compra-venta de repuestos de motos que prosperó hasta transformarlo en su modo de vida. El joven Bernie se decantó por el motor y sus tentáculos.

Intrépido e impulsivo, Ecclestone viró hacia el automovilismo. Se estrenó conduciendo un prototipo de Fórmula 3 con 21 años, en 1951, una temporada después de la puesta en marcha del primer Mundial de Fórmula 1. Un piloto del montón que acabó varias veces en el hospital. Cambió el volante por la trastienda y los despachos. «No quise arriesgarme a estar el resto de mi vida en una cama mirando el techo», declaró en una de sus frases lapidarias.

«Soy muy buen amigo y el peor enemigo. Si me la haces, tarde o temprano, la pagas»

El Londres posterior a la Segunda Guerra Mundial fue un filón para Ecclestone. Trasladó su negocio de recambios de motos a la capital, progresó en el ámbito de la construcción y la compra-venta de terrenos, pero seguía encaprichado con los coches. Regresó en 1957 como manager del piloto británico de F1, Stuart Lewis-Evans, y el destino trágico lo visitó de nuevo. Evans murió en el Gran Premio de Marruecos. Siempre entre válvulas, ruedas y gasolina, volvió a la gestión como representante del piloto austriaco Jochen Rindt. Compró el equipo en el que corría, el Lotus de F2. Rindt también murió asociado a Ecclestone, en el Gran Premio de Monza de 1970. Y seguramente escamado por tanta desgracia a su vera, dio un paso adelante. Adquirió la escudería Brabham de Fórmula 1 e inauguró su periplo como directivo. Al frente de la asociación de constructores desde 1978, Ecclestone impuso su gobierno y sus maneras en la Fórmula 1.

«La democracia no ha sido beneficiosa para muchos países, véase Gran Bretaña». Así ha presentado sus ideas en más de una ocasión. Política al margen, Ecclestone destaca por su visión de juego para los negocios. El español Alejandro Agag, que ha trabajado cerca de él y ahora dirige la versión eléctrica de la F1, la Fórmula E, cree que el viejo Bernie «siempre ve una idea diferente a los demás, el ángulo oculto de cualquier situación».

«No llevo mis negocios por las opiniones de otros. Suelo despedir al que insiste en darme su opinión»

Su imán para la rentabilidad descoloca. En 2010 unos ladrones lo atracaron cerca de su mansión en el barrio londinense de Chelsea. A sus 79 años recibió una paliza de escándalo y el resultado fue un ojo morado como una berenjena. Ecclestone apareció poco después, el globo ocular hecho papilla, como reclamo de un anuncio de publicidad para una marca de relojes. «Lo que hace la gente por un Hublot». Más libras para su bolsillo.

Antonio Mesquida, empresario español de frecuente trato comercial con Ecclestone, lo define así. «Te llama a casa si estás enfermo, como un padre, pero es implacable en la negociación». Le acusaron de sobornar a un banquero alemán con 34 millones y salió indemne del litigio judicial. Factura 1.800 millones con la F1 y reparte el 49 por ciento a los equipos. Así nadie protesta. «Jamás ofrece su producto, van a buscarlo a él. No tiene una tarifa de precios, sino que te dice: hazme tú una oferta. La F1 no hace publicidad de sí misma. Solo por ir a verle, el precio ya es el doble», cuenta Mesquida a ABC. Ese hombre, amigo de Mick Jagger o Jennifer López, se enfrenta hoy al ocaso por un cambio de propiedad.

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