Hamilton-Rosberg Hermanos rotos por la Fórmula 1

La amistad entre Hamilton y Rosberg, que se jugarán el título en Abu Dabi, no sobrevivió a la rivalidad extrema en la pista

Hamilton-Rosberg: 
Hermanos rotos por la Fórmula 1

Cuando compartían pizza vulcano, diavola o margarita en alguna trattoría de Parma, cuando clausuraban la velada con un cremoso helado de vainilla en alguna de sus plazas porticadas mientras esperaban la carrera de karts del día siguiente, Nico Rosberg (31) y Lewis Hamilton (31) soñaban y hablaban con matices diferentes. El alemán residente en Mónaco decía «cuando esté en la F1», seguro de que su destino sería ese. El inglés criado en un suburbio de Londres imaginaba su El Dorado en condicional, «si algún día estoy en la F1». Lo cuenta Robert Kubica, otro coetáneo del 84, que corría contra ellos y devoraba pizzas con ardor adolescente. Rosberg y Hamilton crecieron, rieron y fantasearon juntos hasta que la Fórmula 1 rompió su alianza de sangre. De aquella amistad no queda nada, ya que este deporte cruel y único ha impuesto su ley: el primer enemigo es siempre el compañero de equipo. Después del doblete de Mercedes en Brasil, ambos se jugarán el título en la última carrera en Abu Dabi, con clara ventaja para el germano.

Nico Rosberg adaptó una nacionalidad, la alemana, por su madre, pero en realidad es el prototipo de ciudadano del mundo. Vive en el reducto fiscal y social del Principado de Mónaco y su padre es el finlandés campeón del mundo de F1 Keke Rosberg. El pequeño Nico hablaba cinco idiomas a los veinte años, se había educado en los mejores colegios privados de Mónaco y la visión desde la ventana de su casa eran los yates del puerto más famoso del mundo.

Hijo de ferroviario

Hamilton sacaba buenas notas en el colegio público de Stevenage, una localidad alejada a cuarenta kilómetros de Londres en la que se asentó su padre desde la isla caribeña de Granada. Anthony Hamilton completó un extenso catálogo de ocupaciones destinadas a emigrantes hasta que encontró estabilidad como trabajador en el metro de la capital inglesa. El pequeño Lewis practicaba el kárate y era responsable con los estudios hasta que su progenitor alquiló un kart en unas vacaciones en Ibiza. Hamilton demostró tal destreza que su padre también tuvo visiones futuristas. Lo inscribió en los campeonatos locales de Gran Bretaña.

Rosberg nunca tuvo problemas para financiar su carrera deportiva en el karting. Hamilton le echó valor y en una carrera se presentó delante de Ron Dennis, el patrón de McLaren, para decirle, la mirada fija en los ojos: «Algún día correré en tu equipo». En 1995 Keke Rosberg, expiloto de McLaren, le sugirió a Dennis crear una escuela de pilotos, pensando en su hijo. Y Dennis no se había olvidado del otro chaval negro. A finales de los 90 surgió el MBM (Mercedes Benz McLaren), un equipo de karts que dirigió un especialista, el italiano Dino Chiesa, y cuyos pilotos eran Hamilton y Rosberg. «Lewis alcanzaba el límite, frenaba más tarde, tenía más velocidad en las curvas, adelantaba mejor. Simplemente tenía más talento. Nico fue inteligente al entender la situación y aprender de Lewis», dijo Chiesa a la BBC.

Impulsivo Hamilton, calculador y metódico Rosberg, se separaron en 2000, cada uno por su lado en busca del sueño. El alemán llegó a la F1 en 2006. Sin ruido. Hamilton aterrizó en 2007, aquel duelo total con Alonso en McLaren. Siempre amigos, compartieron de nuevo pizzas y un podio en 2008, juntos en Australia.

Hamilton fichó por Mercedes, el equipo de Rosberg, en 2013. Experimento sociológico en la F1: amigos de verdad en el mismo garaje. Admitieron la dificultad, pero proclamaron su amistad verdadera por encima de todo. Tres años después, no han sobrevivido a la rivalidad, Spa, Austria, Barcelona... Choques, malas caras, reproches. Ya ni se dan la mano en el podio cuando suben cada fin de semana. Hasta el asalto final en Abu Dabi.

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