EFE

Vuelta a EspañaLas montañas del pistolero

El Angliru es la última subida de Contador, que ha dejado su mejor huella cuesta arriba

GijónActualizado:

Alberto Contador sube hoy su última cuesta como ciclista profesional. Ha elegido el Angliru. A su altura. Hay una cuantas montañas más que le han trazado el camino que concluye mañana en el Paseo de la Castellana: entre ellas, Frascuelo, Gorla, Willunga, Plateau de Beille, Verbier, Etna, Galibier y Fuente Dé.

«Papá, dile a Alberto que no puede venir con nosotros, que con ese trasto de bici no va a poder seguirnos», protestó Fran Contador. Alberto, el hermano pequeño, iba a ser un lastre. Un crío en chándal frente a ciclistas bien equipados. Fran, tres años mayor, apretó en el repecho de Frascuelo. Sólo le aguantó un colega... y, vaya, Alberto. Antes de coronar la cima el chaval los dejó plantados. Destello. Cuatro años después, con 19, Alberto estaba en Bergara, salida de la subida a Gorla. Ya le llamaban «Pantani». Era la carrera que sellaba el pasaporte profesional, la que habían ganado Alberto Fernández, Gorospe, Cuesta, Sastre y «Purito» Rodríguez. En 2001 fue de Contador. «Me recreé en aquella subida», contó. Hizo lo que quiso. Atacó, ganó y batió el récord.

El 12 de mayo de 2004 todo se apagó. Perdió el sentido mientras disputaba la Vuelta a Asturias y se desplomó entre convulsiones. Los cirujanos le abrieron el cráneo por culpa de un cavernoma, un nudo de capilares sanguíneos. Le dijeron que olvidara la bici, que tendría suerte si volvía a caminar. Contador cambió el diagnóstico. Cinco meses después, la misma tarde que le dieron el alta médica, se subió a la bicicleta. Casi se cae. No podía. Quería. Y tres meses más tarde le puso fecha al milagro. Se fue lejos, a Australia, al Tour Down Under 2005. Se sacó fotos cuando se colocó el dorsal. Grabó un vídeo. Estar allí ya era una victoria. Y fue mejor: ganó la última etapa con meta en la cima de Willunga. «Mi triunfo más importante», repite.

Contador anunció el futuro en la etapa de Plateau de Beille del Tour de 2007. El madrileño corría con el maillot del Discovery, el equipo de Armstrong, que entonces estaba jubilado. El tejano vio aquella subida desde su casa y brincó. No dejó de llamar por teléfono a Bruyneel, el director de la escuadra. Emocionado por los ataques de aquel chaval sin miedo. Contador encarnó a Armstrong. Se dejó caer a una esquina del grupo. A mirar. Sin miramientos. Acosó a Rasmussen, el líder. A cada ráfaga, caía un rival: el penúltimo fue Evans. Se quedó solo con Rasmussen. Hubo pacto: para el danés sería el Tour y para Contador, la etapa. Rasmussen dijo que sí y luego decidió no cumplir. Quiso la cima. Contador lo ejecutó allí mismo. Aunque el liderato le llegó cuando el danés fue expulsado por saltarse varios controles antidopaje. Era el primer Tour de Contador.

También ganó el de 2009, que resultó una guerra civil en el Astana. Contador llevaba dos semanas amarrado al ritmo de Armstrong, su compañero de equipo, su enemigo. Contador corría preso, hasta que llegó una curva a 5,5 kilómetros de la cumbre de Verbier. No quiso escuchar las órdenes del Astana: el pinganillo colgaba inútil, servía sólo de adorno al ágil vaivén de su pecho. No estaba dispuesto a seguir esperarando a Armstrong. De eso, nada. No se puede detener ni a la historia ni al tiempo. Arrancó. Andy Schleck salió a por él. Y no pudo. Armstrong ni eso. Ojos redondos de calavera. El americano, que había vuelto de su jubilación, se encontró en su propio equipo con el único ciclista que ha podido derrotarle. Contador. Su enterrador. El madrileño enseñó su camino. La rebeldía. Armstrong perdió minuto y medio. La enorme distancia entre dos eras.

A Contador casi le desesperó su caso positivo en el tercer Tour que ganó, el de 2010. Le tacharon ese triunfo. Fue su invierno más negro. Metido en la pelea judicial para defenderse acudió al Giro de 2011. El Etna, volcán siciliano, era la meta de la primera etapa de montaña. No demasiado dura. Los vulcanólogos habían dado el visto bueno al desarrollo de la jornada. El Etna no estaba enfadado. El que rugió fue Contador. Desgarró la carretera del Giro a 8 kilómetros de la meta. «Tenía buenas piernas y he visto malas caras alrededor», contó. Fue un rugido profundo, de volcán. Nibali, Kreuziger, Antón, Arroyo y los demás lo vieron agachados, encajonados en sus bicicletas. Inclinados ante el Etna y ante Contador. «Ha sido salvaje». Así describió Antón la arrancada del madrileño. Scarponi, a rueda, quiso seguirle. Ni así. Contador le pudo a él, al viento en contra y al volcán.

Su caráter quedó reflejado entre una derrota, la del Tour 2011, y una victoria, la de la Vuelta 2012. En Francia, con todo ya perdido, reventó desde la salida por el Galibier la etapa que terminaba en Alpe d’Huez. No la ganó. La emocionó. Eligió su manera de caer. Y en la Vuelta dejó un sello imborrable. En un puerto menor, la collada de la Hoz, a más de 50 kilómetros de Fuente Dé, lo apostó todo a una arrancada suicida. A cara o cruz. Como siempre. Y, en un día para la historia, le quitó la carrera a «Purito» Rodríguez. De todas las definiciones posibles, le gusta una: «Inconformista». Con ese carácter, intacto, «el pistolero» subirá hoy el Angliru, la cuesta al final de su camino.