Vuelta a España Contador, el don de la rebeldía

Siempre contra corriente, el madrileño se retira tras una carrera llena de triunfos y de gestas basadas en su carácter inconformista

Alberto Contador agradece el aplauso del público en Madrid
Alberto Contador agradece el aplauso del público en Madrid - Reuters
JESÚS GÓMEZ PEÑA - Actualizado: Guardado en: Deportes Ciclismo

La mayoría de los campeones vienen de una historia improbable. Alberto Contador es un buen ejemplo. El ciclista madrileño se jubiló ayer con 34 años, dos victorias en el Tour, dos en el Giro, tres en la Vuelta, cuatro en la Vuelta al País Vasco y triunfos en la París-Niza, Tirreno-Adriático, Volta, Semana Catalana, Milán-Turín… Sólo Anquetil, Hinault, Gimondi, Merckx, Nibali y él han ganado las tres grandes vueltas. A ese currículo une una reluciente ristra de etapas legendarias, de montañas donde queda para siempre grabado su estilo agresivo, valiente, rebelde e «inconformista», la palabra con la que le gusta definirse. Sostenido por su carácter determinado, Contador ha sido el ciclista que soñaba ser, algo que parecía tan improbable en la plaza de Pinto donde un crío flaco y travieso se gastaba la paga de los domingos en trigo para las palomas. Si a un rebelde le dan un papel lleno de instrucciones, coge el bolígrafo, le da la vuelta a la hoja y escribe su propia historia por detrás.

La rampa final del Angliru, su última cuesta, basta para resumir a Contador. Todo en contra: el viento, la brutal inclinación de la carretera, la rueda trasera que patinaba, la quemazón de los músculos, el dolor absoluto y el aliento en la nuca de Poels y Froome, que se acercaban. A esa altura de la agonía el cuerpo no llega. Ahí solo pedalea la cabeza. La ambición, el orgullo, esa pizca de soberbia que distingue a los grandes. Las ganas de ganar por él y por su público, que le adora. Contador subió el Angliru con el mismo espíritu con el que corrió su primera carrera, allá en Barcarrota, el pueblo extremeño de sus padres. El paisaje de aquel verano con 13 años.

Eran las fiestas y había competición de bicis en el campo de fútbol, de tierra. Alberto, inquieto, niño silvestre, andaba por allí con la bicicleta de uno de sus tíos. Lo vio por casualidad. Vaya, carrera. «¿Puedo apuntarme?». Alguien asintió. Soltó el bocadillo y se tiró a la arena. Salió el último y llegó el primero. Fue su triunfo más fácil. A partir de ahí todo se le puso cuesta arriba. Estaba destinado a ser escalador.

El resto del año lo pasaba en Pinto, afueras de Madrid. En un piso pequeño. Padres y cuatro hijos, el pequeño, Raúl, con parálisis cerebral. Ni sabe que su hermano Alberto es ciclista. En casa había que pelear por todo. Por la litera de arriba, que se la quedaba siempre Fran, tres años mayor. Por el mando a distancia para ver otra vez «El hombre y la tierra», los documentales de Félix Rodríguez de la Fuente. El lobo. Vida indómita. Alberto quería ser veterinario. Y quiso tener un perro. Pero, ¿dónde? No había sitio en el menudo apartamento. Así que tuvo pájaros. «Al principio, canarios, pero son como gallinas. Son aves de jaula, mansitos. En cambio, los jilgueros son salvajes. Me gusta más su canto», contó. Crió jilgueros. Alas libres.

Rivalidad con Armstrong

Durante el Tour de 2009, el segundo que ganó, Lance Armstrong quiso enjaularle. El americano había vuelto de su jubilación y, en complicidad con el director belga Johan Bruyneel, se había adueñado del Astana, el equipo de Contador. «He tenido que disputar dos carreras, una en la carretera y otra en el hotel», denunció el madrileño. Armstrong trató de atarle, de intimidarle. En vano. «No me veo de gregario de Lance», avisó. En la subida a Verbier se arrancó el pinganillo de la oreja, desobedeció a Bruyneel y machacó a Armstrong. Nadie le había derrotado hasta entonces en el Tour. Contador enterró la era del tejano. Reclamó su tiempo. Lo conquistó a pulso. Empecinado. Como cuando años atrás no dejaba de pedir en casa una bicicleta. Quería salir a rodar con su hermano Fran, con los de la peña cicloturista de Pinto. Y nada. Tuvo que esperar a que Fran acabara el bachillerato y le compraran otra bici para heredar la vieja «Orbea» con los cables por fuera. Para Alberto fue el mejor regalo. La llave del futuro.

Los niños saben adaptarse a la economía de subsistencia. Agarró una mallas y las convirtió en su culotte. Le cortó la punta a un par de calcetines y así se hizo unos manguitos. A Paqui, la madre, le pidió que le cosiera unas hombreras en el pantalón, a modo de badana. Vaya pinta. Fran no quería que su hermano saliera con él a pedalear. Hasta que un día el mocoso le dejó atrás, a él y a sus amigos, todos impecablemente equipados. Al chaval enseguida le llamaron «Pantani». Levitaba en las cuestas. Jilguero.

Buscó su propio cielo abierto. Ave migratoria. Le habían dicho que para ser ciclista tenía que ir al norte, como su amigo Jesús Hérnandez, que corría en el Iberdrola guipuzcoano, filial del equipo Once de Manolo Saiz. «Nunca hay que rendirse», repite Contador. Se ofreció por teléfono al director del Iberdrola. Pidió una oportunidad. Deslumbró. Y cada fin de semana se subía a un coche en la estación de Atocha con otros tres aspirantes a ciclista para subir a Euskadi. Bajaban las cuestas en punto muerto para ahorrar gasolina. Con 18 años, Alberto lo apostó todo en aquel sueño tan improbable. Tan convencido él.

Tras batir en 2010 a Andy Schleck en el tercer Tour que ganó -el que no figura en su palmáres- un control antidopaje detectó la presencia de clembuterol en su organismo, un dopante. De repente, era un maldito, otra más empantanando en la ciénaga del ciclismo fraudulento. Reaccionó como siempre: no lo admitió, se rebeló. Le quemó por dentro la rabia. La vergüenza por una trampa que juró no haber cometido. Se desesperó. Pasó semanas viendo la tele hasta la madrugada para evitar quedarse a solas en la cama con su depresión. Hasta perdió pelo. Cumplió la sanción. Se levantó y recuperó su talla. «Para mí era una cuestión de honor», dijo entonces. «Mi hijo no nació con una cuchara de plata en la boca», recordó una vez su madre. Nunca fue fácil. Más que ciclista, Contador ha sido saltador de vallas. Fuera y dentro de la carretera.

Un cavernoma

«Alberto era un niño nervioso e imaginativo», contó Paqui durante un Tour. De los que metían los dedos en los enchufes, de los que se fabricaban sus propios juguetes. «Tenía mucha fuerza de voluntad». Por eso, aunque era por genética escalador se hizo contrarrelojista. De hecho, su primer triunfo es la «crono» de la Vuelta a Polonia de 2003. Y por eso salió pedaleando del apagón en la Vuelta a Asturias de 2004. Se desmayó en plena carrera. Un cavernoma del tamaño de una frambuesa le había bloqueado el cerebro. Pasó por el quirófano, recayó. Le cosieron la cabeza con 70 grapas y le salvaron la vida. Eso sí, los médicos le recetaron tranquilidad, nada de ciclismo. Su voluntad volteó ese pronóstico. Unos meses después ya pedaleaba y en la primera carrera de la siguiente temporada, el Tour Down Under, ganó la etapa reina.

Ese carácter que le levantó de la camilla en 2004 le sirvió para cambiar el diagnóstico de la Vuelta a España 2012, cuando en una cuesta anónima, la collada de la Hoz, sorprendió a «Purito» Rodríguez y le propuso una etapa suicida camino de Fuente Dé. «Purito», líder entonces, se arrugó. Contador se atrevió y le quitó esa Vuelta. «Más que por mis triunfos, sé que los aficionados me recordarán por etapas como la de Fuente Dé», agradece. O la del Galibier, o la de Formigal o la del Angliru el pasado sábado. Rebeldía es sinónimo de creatividad. Él engrandeció esas montañas.

Contador es una marca, garantía de ciclismo espectacular. Heredero de maravillosos locos como Bahamontes, «Julio» Jiménez, Fuente y Ocaña. No es fácil compararle con Induráin, vencedor de cinco ediciones del Tour y con un palmarés más extenso. El navarro fue casi perfecto, una máquina exacta sin apenas altibajos. La mayoría de sus triunfos fueron quirúrgicos, construidos en la soledad de la contrarreloj. Contador ha tenido que inventar distintos caminos hacia la victoria. En él hay instinto, inspiración, aventura, pasión y ese punto de inconsciencia necesario para las gestas. «Siempre me ha gustado saltarme el guion de las carreras», dijo en una ocasión. Sólo así se entiende que aquel niño de Pinto que le echaba trigo a las palomas y criaba jilgueros haya saltado sobre tantos obstáculos para ser parte de la historia más emocionante del ciclismo.

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