Vuelta a España Chad Haga regresa al lugar del accidente

Es uno de los ciclistas del Giant arrollados en enero cerca de Calpe por un coche que se les echó encima

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Chad Haga regresa al lugar del accidente
J. GÓMEZ PEÑA - Actualizado: Guardado en: Ciclismo

«Se me hace extraño correr aquí», dice el estadounidense Chad Haga, decimoctavo en la contrarreloj de Calpe. Cerca de aquí, en una carretera secundaria de Benigembla, Haga dejó el 23 de enero un mal recuerdo en el suelo. Quedó allí tirado, como el resto de sus compañeros del equipo Giant, arrollados durante un entrenamiento por un todoterreno conducido por una ciudadana inglesa. El vehículo invadió el carril de los ciclistas. Tuvo el efecto de una bomba. El alemán Johh Degenkolb se encontró de repente en el suelo. Le pitaban los oídos y, horror, le colgaba el dedo índice de su mano zurda. De inmediato se mareó. «Caí en un agujero negro». Desperdigados como tras la detonación de una granada estaban otros cinco corredores del Giant. Chad Haga era uno de ellos pero no lo recuerda. Cuando rebobina apenas le quedan parpadeos de aquella terrible secuencia.

Habían terminado la parte dura del entrenamiento. Las carreteras de Calpe en enero son un paraíso ciclista. Allí pasa el sol el invierno. Volvían hacia el hotel por un ruta mil veces transitada. Un coche se le echó encima. De frente. «No me acuerdo del momento del impacto», dice. Sólo guarda retazos: desde el suelo alargó su mano hacia su compañero Ramón Sinkeldam, que estaba inconsciente. Tiene la imagen de Sinkeldam con los ojos perdidos. Ahí se le apagaron a él. Despertó a medias en el helicóptero que le trasladaba al hospital de Alicante. El dolor de unas manos que le sostenían con fuerza el cuello. Para que todo eso no se le olvide, en el quirófano le suturaron con 97 puntos la herida que le iba de la boca al esternón. En el hospital preguntó por Degenkolb, Barguill, Walscheid, Sinkeldam y Ludvigsson, las otras víctimas de la conductora británica, que tiene 73 años y está acusada de un delito de lesiones por imprudencia grave.

A Degenkolb, el doctor Cavadas, especialista en amputaciones, le devolvió el dedo a su sitio. Aun así, durante tres meses no pudo apretar el manillar. Se quedó sin sus clásicas, pero volvió al Tour y, con una prótesis protegiendo el dedo dañado, se metió en los sprints. No ganó ninguno. Chad Haga también es conocido por sus manos. Es pianista. Tocaba los domingos en la la iglesia de su ciudad tejana y daba recitales en el instituto. «Para haber sido concertista tendría que haberme dedicado horas y horas cada día al piano, y mi vida no es esa sino el ciclismo», apunta. Le gustó desde siempre. Primero, las habilidades sobre las pequeñas BMX y luego encima del barro del mountain bike. A la ruta llegó con el equipo Optum. Uno de sus directores era amigo de los técnicos del Argos Shimano, el antecesor del Giant. Eso le abrió las puertas de Europa. Del gran ciclismo. En enero, Haga y el resto del Giant casi se quedan sin su deporte.

La familia rodeó a Haga en el hospital. Tienen experiencia. su padre lucha desde hace cinco años contra un cáncer de pulmón. Lo que Haga era mucho menos: un golpe, tremendo, eso sí. Regresó a la competición en el Criterium Internacional (finales de marzo). Tenía un miedo: el efecto psicológico de un accidente así. ¿Frenaría más? Poco a poco se adaptó a la velocidad. Regresó al momento previo al impacto con el todoterreno. Y el Giant le convocó para el pasado Giro de Italia. Al acabar la etapa prólogo -fue decimosegundo a 16 segundos de su compañero Dumoulin- se apoyó en el manillar y echó a llorar. A lágrima viva. Ese día sintió que ya volvía a ser ciclista. Ayer, en Calpe, rozó la carretera que casi no recuerda. Con 28 años aún le quedan muchos conciertos que dar con sus pedales. Hasta le pone humor a lo sucedido: «Ahora cruzo la calles sin mirar. Un accidente así es como la varicela, te hace inmune, ja, ja».

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