Vuelta a España Froome, rabioso con el Sky por el descalabro en Formigal

El británico, que no vigiló a Quintana, culpa a su equipo por no respaldarle cuando Contador rompió la carrera

Chris Froome en la etapa de ayer
Chris Froome en la etapa de ayer - EFE
J. GÓMEZ PEÑA Peñíscola - Actualizado: Guardado en: Ciclismo

El equipo Sky, fiel la pragmática manera de ver el ciclismo de los anglosajones, no suele pararse a lamentar las derrotas. Aprende del error, pasa página y a otra cosa. Tras una carrera viene otra. Pero el fallo total del domingo cuando todo el conjunto salvo Froome y David López se quedaron cortados por el ataque inicial de Contador, convirtió la cena posterior en el hotel en un funeral. Froome estaba rabioso. En público sólo ha dicho que fue «un mal día» y que «sigue la Vuelta». Sobre la mesa y rodeado de sus compañeros y técnicos, expresó su decepción por el casi nulo respaldo que tuvo en el repecho inicial de la jornada de domingo.

El ganador de tres Tours ha sido dos veces segundo en la Vuelta. Ese puesto ocupa ahora. No le gusta. Quiere ganar la ronda española y siempre se le escapa. En 2011 su propio equipo, el Sky, le ordenó sacrificarse por Wiggins y luego tardó en apostar por él. Acabó segundo tras Cobo. En 2014 no pudo con Contador. Ahora, cuando tenía la carrera atada, se le ha ido por el desagüe en una etapa aparentemente inofensiva. Le escocía. El domingo por la noche mostró su hartazgo: en 2017 vendrá a la Vuelta con los gregarios que le ayudan en el Tour. En la cena del Sky todos comieron palos.

Hubo tormenta en el cielo, que eso significa «sky» en inglés. Con más de 30 millones de euros de presupuesto, la formación británica manda en el ciclismo mundial. Investiga, abre camino. La búsqueda eterna de la perfección. Son una máquina casi imbatible. Es su mérito. Pero el ciclismo tiene un componente salvaje imposible de calcular. Contador es el ejemplo. No se atrapa el viento con las manos.

En la salida de ayer en Alcañiz, mientras el calor ya se entretenía por encima de los 35 grados, el pelotón charlaba a la sombra sobre la hundimiento del Sky. «El primer fallo es de Froome. Sólo tenía que estar atento a Quintana y no lo estuvo», coinciden varios ciclistas en un corrillo. Hubo un segundo error. Táctico. «No pongas mi nombre en el artículo -pide otro corredor-, pero Froome tenía que haber parado a esperar a sus gregarios, organizarse y tirar entre todos a por la fuga. Se puso nervioso».

A Froome, la tensión se le transformó en enfado ya en el hotel. «Estaba cabreadísimo», cuentan en el Sky. «Pero no está resignado. Si en lo que falta de Vuelta vemos una oportunidad trataremos de aprovecharla», avisa Dario Cioni, director de la formación británica. Sobre Cioni cayeron muchas de la críticas. Corredor hasta hace poco del Sky y buen gregario, el año pasado se encargó de las relaciones con la prensa. En 2016 ha dado el salto. Ya dirige al equipo. El fracaso en la etapa Sabiñánigo-Formigal le coloca en la diana.

Antes de los Pirineos, Quintana pedía tres minutos para afrontar la contrarreloj del sábado en Calpe. Era la renta que, a su juicio, necesitaba para mantener a raya a Froome. Parecía un sueño visto el rendimiento del británico en Peña Cabarga, donde fue el mejor. Quintana entró en los Pirineos con 54 segundos de ventaja. Era un líder provisional. Froome, de hecho, ejercía de dueño de la carrera. Todo cambió el domingo camino de Formigal: Quintana se subió al tren loco de Contador y le sacó dos minutos y medio a Froome. Sentenciado. Con 3.37 de margen, la Vuelta es prácticamente del colombiano.

El arrojo de Contador, el fallo total del Sky y su propio acierto le han puesto en bandeja el triunfo final. Froome brama fuera de los focos. «Tras el Tour, la Vuelta es mi prioridad», repite. Pero nunca la ha preparado con mimo. Después del Tour se pierde entre critériums bien pagados. Y este verano, además, fue a Río de Janeiro a por las medallas olímpicas. En Brasil apenas pudo entrenarse. Quintana, en cambio, renunció a la cita olímpica para cargarse de oxígeno en la altitud de Colombia. Froome tendrá que esperar a 2017 para soltar toda la rabia acumulada en los 118 kilómetros del pasado domingo.

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