Salvi se queja al árbitro tras una jugada.
Salvi se queja al árbitro tras una jugada.
Cádiz CF

Tarde nublada

Si Ortuño marca al comienzo del choque, tal vez podríamos estar hablando de una nueva victoria cadista
Por  8:00 h.

Volvía a comparecer el Cádiz CF en Carranza y de nuevo coincidía con una jornada plúmbea, gris y desapacible, dominada por las hostilidad del frío, por las incomodidades que provocan el viento y la lluvia.

Adversas circunstancias que repercutieron, de alguna manera, en el desarrollo del juego, pero que incidieron, sobre todo, en el espontáneo desenvolvimiento de una afición que quedaba obligada a abandonar su habitual colorido y trocarlo por un uniforme tono oscuro, entre marengo y azabache. Grada vestida de invierno, en cuyo fondo sombrío quedó difuminado el pretendido conato de protesta contra recientes decisiones arbitrales. Pues, al cabo, la unánime agitación de pañuelos negros pasó inadvertida, resultó casi imperceptible, ante tal profusión de ocres, apagadas indumentarias. Dado el panorama, más conveniente hubiera sido recurrir a la tradicional pañolada blanca que, con su flamear de alburas, con su níveo latir, hubiera dejado la intención de la protesta más que patente, del todo visible y absolutamente explícita.

Planificado y casi fallido lamento de una hinchada, que sirvió de sonoro preámbulo para un encuentro que el Cádiz CF mereciería ganar pero en el que hubo de resignarse con la menguada recompensa del único punto que concede el empate. Aunque el fútbol, imprevisible, sea antagónico a la seguridad de vaticinio alguno, se podría afirmar que si Ortuño hubiera acertado con la ocasión que inauguraba el partido, tal vez ahora hablaríamos de una victoria plácida de los amarillos.

El Reus, equipo muy ordenado y que a base de precisas combinaciones consiguió anestesiar durante muchos minutos del primer período el empuje inicial de los locales, sólo se acercó una vez con peligro al marco de Cifuentes. El resto del choque consistió en un dominio continuado del equipo local, que no fue capaz de convertir en gol las cinco o seis oportunidades claras que generó. La tarde lluviosa parece que mojara la, otrora, temible pólvora de Ortuño, mientras que un voluntarioso Salvi sigue sin encontrar ni portería ni finura en los centros, a pesar de que lo intente con reiteración y denuedo. Pero, seguro que nos aguardan otras tardes de sol, de goles y de victorias.