Ryder Cup La deportividad como filosofía

Nicklaus y Jacklin, protagonistas del hoyo concedido de 1969, reclaman el valor de la caballerosidad en el golf

Nicklaus y Jacklin, en la histórica y ejemplar concesión de 1969
Nicklaus y Jacklin, en la histórica y ejemplar concesión de 1969
M. A. BARBERO Mineápolis - Actualizado: Guardado en:

Los deportes de tradición británica han perdurado en el tiempo con una clara herencia del «fair play» decimonónico. La caballerosidad y el concepto de deportividad llevó a esos pioneros a reglar las actividades de recreo y al barón de Coubertin a recuperar los valores atléticos de la antigua Grecia. El rugby, el tenis o el golf son algunos de los ejemplos vivos que quedan de esos momentos, aunque a veces chocan con las ideas súper competitivas y cainitas de la sociedad actual.

Toda la complejidad normativa que tiene el golf se allana tremendamente al explicar su filosofía, visible en estos días de Ryder Cup: jugar contra uno mismo y respetar al compañero competidor (no se le denomina rival). Por eso hay un apartado en las reglas que habla de la cortesía y de la buena educación (está penado incluso decir palabrotas). Pero lo más curioso de este deporte es que no necesita de árbitros para llevarse a cabo, pues se confía en la honradez de los jugadores para obrar correctamente y no hacer trampas conscientemente (para las dudas del reglamento sí que se requiere a los jueces, no para sancionar). Por eso no es raro que a veces los golfistas se autoculpen con golpes de penalidad si creen que han cometido alguna infracción.

La cosa va más allá en la competición por hoyos («match play») ya que el participante tiene la potestad de influir en su resultado y en el de su oponente. Al tratarse de dieciocho resultados parciales y no de la suma de golpes, cada agujero se trata de manera individual y puede caer de un lado u otro sin necesidad de que la bola entre en el hoyo.

El hecho de que un jugador le dé por terminado el hoyo a su contrario antes de tiempo se llama «concesión». Es una generosidad que se tiene hacia la otra persona pero que en ningún caso está sometida a unas directrices de dificultad o distancia del tiro a realizar. Desde 1909 se encuentra esta figura en las Reglas del Golf, pero no fue hasta 60 años después cuando un ejemplo práctico la llevó a su máximo esplendor: cuando se estaba jugando el último partido de la Ryder Cup de 1969 en Royal Birkdale, Jack Nicklaus le perdonó a Tony Jacklin un último «putt» de medio metro que le habría dado el triunfo en caso de haberlo fallado el inglés. Pero el «Oso Dorado», que debutaba en la competición, no se lo pensó dos veces. «No tenía ningún sentido ponerle en la tesitura de acabar mal ante su afición –reconoció–. Nosotros ya habíamos retenido el trofeo y no teníamos nada que perder;para él habria sido un error humillante que habría puesto en jaque su carrera». El empate a 16 fue el primero que se produjo en la Ryder y, sin duda, el de un significado más profundo.

Héroes de nuevo

Esta semana en Hazeltine, los dos protagonistas del sucesor fueron dos pilares fundamentales de la ceremonia inaugural, en la que quisieron recordar a los aficionados los valores del deporte. Y no fue casual que su intervención conjunta estuviera acompañada por multitud de imágenes de su querido amigo Arnold Palmer, a quien se le añora de veras porque era todo un paladín de la deportividad. «Hay que luchar por el juego sano y deportivo, que es lo que nos ha hecho un modelo a seguir durtante tantos años», comentaron emocionados. Sobre todo, porque así se olvidarán conductas poco edificantes como las riñas de Kiawa Island de 1991 (cuando Ballesteros acusó a Azinger de cambiar una bola incorrectamente) o la invasión de Brookline de 1999 que le costaron a Olazábal y a Europa el torneo.

Los distintos caracteres y culturas de los aficionados de ambos lados del Atlántico hacen que no siemrpe sean fáciles de controlar los sentimientos, sobre todo cuando a última hora ya se acumulan muchas cervezas. La Ryder es pasión, sí, pero con deportividad.

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