Ajedrez

Paranoia contra las trampas en Bakú

Un jugador japonés ha sido castigado en la Olimpiada, que se juega con extremas medidas de seguridad

Una imagen del torneo
Una imagen del torneo - Eteri Kublashvili
FEDERICO MARÍN - Actualizado: Guardado en:

El ajedrez es un deporte de caballeros, pero también lo practican rufianes. Hoy, un tonto con un móvil puede derrotar al campeón del mundo. Demasiada tentación para algunos. En la tercera ronda de la Olimpiada de ajedrez que se celebra en Bakú (Azerbaiyán), los jueces dieron por perdida la partida al japonés Tang Tang -el nombre es real- por llevar un móvil en el bolsillo. Carlos Ilardo cuenta en «La Nación» que los árbitros no pudieron demostrar que lo usara para derrotar a Handszar Odeev, gran maestro de Turkmenistán, pero el mero hecho de que portara el aparato ya violaba las estrictas medidas de seguridad. Ayer, el supuesto fullero volvió a jugar. Perdió sin ofrecer resistencia contra un ajedrecista de Luxemburgo que tampoco era Magnus Carlsen, precisamente.

La tecnología, principal aliada de los jugadores en sus horas de estudio, puede ser también el mayor peligro de este juego milenario. La proliferación de tramposos, por lo general de poca monta, ha llevado a la FIDE a tomarse tan en serio el problema que decenas de jugadores y entrenadores han firmado una nota de protesta. Mientras los controles antidoping son un brindis al COI para lograr que el ajedrez entre alguna vez en el programa olímpico, los arcos electrónicos y los escáneres de mano son elementos imprescindibles. De momento, el ajedrez tiene sus propias olimpiadas, que se celebran cada dos años con una participación masiva: más de 2.500 jugadores y 180 países en Bakú, además de 200 árbitros. Muchos acuden por el mero orgullo de participar. Hay incluso una niña de 9 años, que representa a Mónaco. Un pequeño prodigio que habla cinco idiomas.

Luis Blasco, árbitro español que ha trabajado en tres olimpiadas, declaraba ayer a ABC que «controles ha habido siempre, aunque ahora hay obsesión». «Estamos muy atentos a los dispositivos electrónicos, pero la trampa más fácil es decir las jugadas de palabra». Lo del baño tampoco es nuevo, explica. «Yo siempre he aplicado esa norma. ¿Para qué vale tener que avisar? Para controlar el tiempo y saber adónde va cada uno. Más de una vez te dicen que van al servicio y luego no es verdad». Blasco también alerta del peligro de los torneos más pequeños, sin medios ni detectores. Algunos jugadores lo utilizan para subir su puntuación Elo o lograr el título de maestro. Eso se traduce en clases, invitaciones a torneos...

El caso de Francia en 2010

Hasta la llegada de los móviles inteligentes, los torneos más conflictivos eran los retransmitidos en directo por internet. Un ayudante del exterior puede dictar las mejores jugadas, según el ordenador. Para transmitírselas al jugador surgieron pinganillos, dispositivos en los zapatos, códigos morse... En la Olimpiada de 2010, en Khanty-Mansiysk, medio equipo francés se vio implicado en un fraude sistemático. Estaba implicado hasta el entrenador, que fue castigado a perpetuidad. Mensajes en clave y decenas de SMS fueron el método escogido, digno de una película de espías. La gran promesa Sebastien Feller fue sancionado por dos años. «Por desgracia, a los que hacen trampas no se les castiga como es debido», apunta Blasco. «Algunos implicados en escándalos siguen jugando con total impunidad».

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