Muay Thai Jonathan Fabián, el «scarface» español

El luchador madrileño, ocho veces campeón de España y una de Europa, repasa con ABC su trayectoria y el futuro del muay thai en nuestro país

Jonathan Fabián golpea con una patada alta en un combate de muay thai
Jonathan Fabián golpea con una patada alta en un combate de muay thai - J. B.

La vida de Jonathan Fabián era la de cualquier niño nacido en una familia humilde, que se pasaba las tardes pateando el balón de fútbol en el barrio de la Ventilla de Madrid. El típico chaval de barrio que comenzaba a adentrarse en el mundo del gimnasio para mantener una disciplina. Hasta que un buen día decidió dejar aquellos «aburridos» levantamientos de pesas para probar en un deporte de combate: el muay thai. Su existencia cambió radicalmente. Ya solo tenía ojos para este duro deporte. Y para su familia, sin la cual no podría haber ganado a sus 33 años ocho campeonatos de España y uno de Europa.

El luchador madrileño descubrió su pasión relativamente tarde: a los 17 años. Consciente de que la mayoría de los muchachos empiezan a ensayar el repertorio de golpes años antes, recuperó enseguida el tiempo perdido, pues a los nueve meses de enfundarse por primera vez los guantes, ya estaba compitiendo sobre el cuadrilátero. La constancia, sin duda, es uno de sus puntos fuertes. «He entrenado sin faltar ni un día. Algo muy gordo me tenía que pasar para que yo no pudiera ir», recuerda el «scarface» (cara cortada) español, apodo que recibe por la cicatriz de un corte en el rostro. Quizá la clave sea esa. Querer algo y pelear por ello. «Me he hecho un buen peleador de la constancia, de la disciplina y de tomarme en serio esto de entrenar».

Jonathan Fabián
Jonathan Fabián- ABC

Comenzó a dar los primeros golpes con Miguel Mallón, que luego se trasladó al boxeo, donde fue un gran deportista. En ese momento, alternaba sus entrenamientos con Rafi Zouheir, con el que estuvo 12 años día tras día. «Con él me hice peleador», afirma. Pero en la vida nada es para siempre y sus caminos se distanciaron. «Estuve un año perdido, sin gimnasio ni entrenador». Hasta que encontró su nuevo hogar en el Dimcot, ubicado en la localidad madrileña de Torrejón. Fue aquí donde, tras un intento fallido, logró finalmente alzarse con el campeonato de Europa en la categoría de 63 kilos. «Entreno todos los días de lunes a sábado. Por la mañana más técnico y por la tarde más físico, pero suelo doblar siempre». El esfuerzo tiene su recompensa.

La cuna del muay thai es Tailandia y, por eso, la vía rápida para crearse un nombre en este deporte es medirse con un guerrero de esta nacionalidad. De hecho, la pelea que recuerda con más cariño el madrileño fue frente a un tailandés. «Perdí ese combate, pero me hizo subir mucho en cuanto al seguimiento del público». Había muchos luchadores que no querían subir al ring con él. «Tenía casi 200 peleas y yo solo 23 y le planté cara. Eso me subió mucho de nivel y de moral».

«Me han ofrecido una pelea a falta de una semana y la he aceptado. El no rechazar ningún combate me ha permitido viajar mucho y conocer gente»

Fabián es un peleador que no entiende un «no» por respuesta. Cree que nunca hay que ponerse límites. «Me han ofrecido una pelea para dentro de una semana y la he aceptado». El no rechazar ningún combate le ha permitido «viajar mucho» y «conocer muchísima gente», y también salir derrotado en alguna ocasión. Eso sí, los números negativos están muy lejos de las 72 victorias que lleva a lo largo de su carrera. De nueve campeonatos de España, en solo una ocasión ha caído derrotado por un corte en la ceja. El resto, son historia en color verde en su palmarés de batallas. Su elevado nivel y la seguridad en sí mismo, le llevó de viaje hasta Portugal para luchar por el campeonato del mundo. Cumplió, pero no a ojos de los jueces. «Bajo mi punto de vista gané todos los asaltos, pero peleando fuera de casa las cosas son así», cuenta sin excesivo lamento.

Un deporte espiritual, pero poco aceptado

Ser luchador de muay thai en España no es fácil. Es un deporte que está poco profesionalizado y donde las bolsas no dan para más que cubrir los gastos. Fabián se queja de que los promotores y las televisiones no apuestan por este deporte. «Cuando se organizan veladas la gente llena las gradas, pero parece que la sociedad no quiere aceptar que hay mucha gente que le gusta y quiere el muay thai», se resigna el madrileño.

Jonathan Fabián
Jonathan Fabián- ABC

Lo cierto es que los horarios televisivos son poco permisivos con este tipo de deportes y las emisiones deben ser fuera del horario de máxima audiencia, por lo que los empresarios no suelen apostar por ello. Además, el muay thai es un deporte que está estigmatizado por la violencia y es rechazado en ciertos sectores de la sociedad. «Estamos evolucionando bastante, pero siempre ha tenido un estigma de deporte de matones», reconoce. Pero Fabián, un tipo tranquilo y que gana muchos puntos en las distancias cortas, rompe con estos estereotipos. Invita a todo el mundo a acudir al gimnasio a observar desde otro punto de vista las actividades que en él se desarrollan. «No es solo aprender a pelear, sino aprender a respetar a la gente, a los rivales, a ser competitivo y los valores del sacrificio, la disciplina y la amistad».

Este madrileño enamorado del muay thai, un deporte con una marcada espiritualidad, opina que hay que probar esta disciplina antes de criticarla. Incluso cree que hay cabida para los más pequeños. «Que los padres llevan a sus críos y vean todo. Que observen como no hay ningún tipo de mal ambiente ni malos rollos. Es un deporte muy sano», explica Fabián, que también ejerce como profesor en los gimnasios, y en sus tiempos libres acude a los conciertos de Extremoduro, escucha rap, comparte las horas con su novia y colecciona zapatillas (otra de sus mayores aficiones).

El futuro se gana a golpe de trabajo

Fabián estudió la E.S.O. y una formación profesional en artes gráficas, pero pronto lo abandonó para traer dinero a su casa y poder compaginarlo con los combates profesionales. Ha trabajado en una tienda de trajes, en un kiosko, en una fábrica de pan o de camarero en un bar, siempre que ello no impidiese continuar con su carrera deportiva. Ahora, echa horas como controlador de accesos con la vista puesta en seguir labrándose un futuro profesional en el muay thai. Quizá al otro lado de las cuerdas. «Siempre voy a querer estar vinculado al muay thai que es lo que más me gusta, ya sea dando clases o si puedo en un futuro montando mi propio gimnasio», reflexiona con ilusión.

Superar etapas: «El muay thai es como ir a la universidad»

Mientras tanto, su trayectoria sobre los rings no tiene fecha de caducidad a corto plazo. La preparación no cesa y este matrimonio no parece que vaya a claudicar pronto. «Le he dado mucho al muay thai, pero el muay thai también me ha dado mucho a mí. He reído, he llorado... Yo no puedo estar sin entrenar y sin prepararme para pelear». La evolución y el continuo ascenso de peldaños es el motor de su vida deportiva. «Esto es como ir a la universidad», asegura al comparar el hecho de ir superando etapas. Lo que sí lamenta es que tantas horas de trabajo no tengan su recompensa económica, porque también hay que vivir. «No está bien remunerado nunca. Ni a mí ni a otros tantos peleadores nos han dado lo que nos merecemos por tanto sacrificio y tantas horas de entrenamiento». Puede que resulte una quimera, pero seguirá forjándose su camino. Pisando fuerte. Dejando huella.

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