Mundial de atletismo

Lo que Bolt ve desde su posición en los tacos de salida

Desde su plaza en el centro de las calles del hectómetro, el jamaicano apenas aprecia un enjambre de rayas blancas

Bolt, en su posición de salida
Bolt, en su posición de salida - AFP

Apenas cuatro pies de la talla 42 separan cada calle en la línea de salida de los 100 metros lisos en el tartán del estadio Olímpico de Londres. Una frontera estrecha que no se corresponde con la visión habitual desde el televisor, según la cual los velocistas parecen desperdigados en un oceáno de aire. Pero no. La distancia de unos a otros es muy escasa. Los tacos de salida ya estaban perfectamente clasificados el viernes, en el día de puertas abiertas para los medios acreditados en el Mundial de atletismo en Londres. Son, como la sonrisa de Usain Bolt, relucientes. Brilla el tono plata del metal que envuelve dos cápsulas amarillas patrocinadas por Seiko.

Es la oficina de Usain Bolt, la franjas 4 o 5, alguna de las centrales en las que hoy se ubicará para despedirse en la prueba que lo ha encumbrado como una leyenda. El caribeño cierra hoy su colosal trayectoria en esta distancia y ABC quiso comprobar qué se siente desde su trono. Ayer lo aclamó el estadio como si de un gladiador se tratase, aunque él no quedó tan conforme como otras veces. Una puesta en escena lenta y una sensación de menor poderío que en otras eliminarorias.

El suelo de la pista es una mezcla de cemento y alfombra, esponjoso material para mezclar con la suela de las zapatillas especiales que el jamaicano lucirá para la ocasión. En la derecha asoma la palabra «Forever» (por siempre) y el símbolo alfa que combina los colores púrpura y verde de la William Knibb High School, donde empezó. Y en la izquierda quedó grabado «Fastest» (el más rápido) con las tonalidades de Jamaica y el omega, el final.

Cuando se agacha para tomar impulso en la salida, Bolt solo puede vislumbrar un enjambre de líneas blancas, un voluminoso marcador a su izquierda y la ría de los 3.000 metros obstáculos si gira la cabeza. La meta del hectómetro, el destino final de su sudor, apenas se aprecia en el horizonte de rayas y piso rojizo que cubre habitualmente sus zancadas.

En la felina posición que adopta para empezar a correr, el torso agachado, las piernas flexionadas, la manos abiertos para sujetar el peso del cuerpo, Bolt y el resto de sus competidores casi huelen el tartán, tan baja es su gravedad. A la espalda dejan un enorme panel de TDK y más allá de su visión, un estadio imponente de asientos blancos, azules y rojos que alberga un público entusiasta. Gente que ha comprado banderines con los colores de Inglaterra o Jamaica, los únicos que se venden en los aledaños de la estación de metro de Stradfort.

Hay más elementos invisibles para Bolt desde su puesto en la oficina. Por ejemplo, la gran cantidad de invitados vip que se agolpan en la zona de acreditados especiales y que tienen visión directa del campo de entrenamiento donde los atletas calientan antes de su concurso. El campeón compareció con un gorro negro en el atardecer londinense, al abrigo de la temperatura siempre plomiza de Londres. Y no decepcionó. Ejecutó su ritual del espectáculo, el arquero siempre presente, la sonrisa en el rostro, el foco exclusivo de la noche.

Bronca a Gatlin

Desfilaron por esa pasarela las centellas del atletismo y el público reparó, por encima de todos, en dos. Se ensañó con el norteamericano Justin Gatlin, multireincidente en el dopaje (estuvo sancionado por ocho años y luego redujo su castigo) y ya amonestado severamente por la grada en Río de Janeiro. El gesto adusto de Gatlin contrastó dos minutos después con el rugido fenomenal para recibir a Usain Bolt.

La cámara, la gente, las marcas buscan su camadería y complicidad. Bolt, que lleva un año gris, corrió más pesado que otras veces, sin la frescura y el vértigo que lo han entronizado. Salió mal y tuvo que exprimirse más que otras veces en estas rondas preliminares para vencer a sus oponentes con una sensación de menor poderío.

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