Francisco Apaolaza

Fandiño y la sombra de la derrota Francisco Apaolaza

Lo recuerdo en el último rincón del túnel de cuadrillas de Las Ventas, solo en compañía de muchos, clavado el mentón en el pecho

Iván Fandiño.
Iván Fandiño. - Afp
Francisco Apaolaza - Actualizado: Guardado en: Cultura Toros

Lo recuerdo en el último rincón del túnel de cuadrillas de Las Ventas, solo en compañía de muchos, clavado el mentón en el pecho. Iván Fandiño sabía sonreír, pero le acompañaba una suerte de escalofrío. Llevaba prendido en los ojos un barrunto de tormenta, como si para él siempre fuera el instante oscuro, tenso y eléctrico que precede al estallido de un rayo cercano. Siempre una batalla pendiente, siempre un desafío y allí, en medio, sus dos ojos como dos faros de penumbra. Muchas veces me pregunté por esa tiniebla y de pronto, los mensajes, los ‘No puede ser’ y, mientras Madrid se incendiaba en un atardecer de fuego rosado, la noticia, un pitido en los oídos y una certeza revelada: la sombra de Fandiño era la sombra de la derrota. En su mirada estaba marcada la cicatriz previa del último pitonazo.

Dicen que los toreros vienen al mundo a enseñarnos a morir y yo creo que nos enseñan a vivir. Iván Fandiño perdió el sábado la última batalla de muchas, porque existía, quizás sin saberlo, para pelear y que no salieran las cosas del todo. Nos deja ahora una lección terrible: es mentira eso de que los sueños se cumplen. No se lo crean. Las cosas no siempre salen bien. Fandiño había venido al mundo a abrir una reflexión sobre cómo tratamos al que lo intenta y por la razón que sea -por el toro, por el viento, por la suerte, por las putadas en los despachos, por las puñaladas, por toda la mugre humana que nos rodea y que calculo nos debe de estar llegando más o menos a la barbilla en este momento-, por cualquiera de esos factores, digo, o porque sí, al final no salen las cosas. Iván Fandiño vino a luchar y se ha ido para ponernos delante de nosotros todas las veces en las que damos más importancia al resultado que a la intención. Todas las veces en que decimos "Bah, ya sabía yo que se iba a equivocar". Iván Fandiño venía del lado oculto de la luna, que decía mi padre que era donde vivían los toreros que no terminaban de triunfar mereciéndolo como lo merecía este. Fandiño y su mirada de western habían venido al mundo a hacernos reflexionar sobre cómo tratamos al que pierde, sobre qué es más importante, si ganar guerras o pelearlas. Iván quería ser pelotari, pero en realidad nacía para perder todas las batallas por nosotros, como un enviado, como si expiara todos los éxitos, todas las conquistas que al final terminaban por llevar los nombres de los demás. Fandiño como el silencio que necesita la melodía. Fandiño perdiendo para que otros ganaran. Su regalo era la derrota hasta perderlo todo, hasta el pulso camino de un hospital de Mont-de-Marsan. Pagar el precio de otras glorias… qué injusto, pero qué tributo. Lo imagino al cierre de esta edición, zarandeado, perdiendo los alamares a las puertas de algún cielo en el que haya justicia. Mis honores, torero. Gracias.

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