Josep Maria Flotats (Voltaire) y Pere Ponce (Rousseau) en una escena de la obra
Josep Maria Flotats (Voltaire) y Pere Ponce (Rousseau) en una escena de la obra - MarcosGPunto
CRÍTICA DE TEATRO

«Voltaire / Rousseau. La disputa»: esta noche, gran velada

Se presenta en el teatro María Guerrero este montaje de Josep Maria Flotats, que comparte escenario con Pere Ponce

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Ala izquierda, el fino estilista François-Marie Arouet «Voltaire», príncipe de la razón, y a la derecha, el duro fajador Jean-Jacques Rousseau, paladín del instinto natural. Como dos púgiles, los dos filósofos se estudian, se miran, y hasta puede decirse que se admiran, en el ring del debate que ha dispuesto para ellos Jean-François Prévand (La Tronche, Isère, 1944), actor, autor y director francés que se declara volteriano, aunque al representar su texto ha encarnado sobre las tablas al pensador ginebrino y está convencido de que el enfrentamiento termina en tablas o, más apropiadamente según la terminología boxística, el resultado es un combate nulo.

Prévand sitúa la batalla dialéctica entre Voltaire y Rousseau en 1765, imaginando una visita del segundo al castillo de Fresnay, propiedad del primero cercana a Ginebra, en los límites fronterizos con Francia. Rousseau, admirador de Voltaire a quien llama maestro, sigue la pista a un panfleto anónimo que le pone a caldo y le acusa de haber dejado en un hospicio a sus cinco hijos. En la intimidad de un lujoso salón, estos dos pensadores, ambos presentes en la conformación de la mentalidad moderna, no solo esgrimen sus ideas sobre la religión, el teatro, la educación o la estructura social, plantean también dos formas de ser y estar. Voltaire, de 71 años, aristocrático, rico, instalado en una culta diletancia distante, exhibe un paternalismo cáustico a la hora de tratar a ese visitante a quien desprecia y defender la primacía de la razón frente a la religión, y las normas de la civilización frente a la creencia en la bondad natural de los seres humanos que enarbola Rousseau, un plebeyo de 53 años, impulsivo, con pocos recursos económicos y precursor del individualismo romántico como valedor de los sentimientos frente a la razón.

La conversación es vivísima y apasionante, no una mera exposición de etiquetas ideológicas, y el Flotats director la sirve de manera brillante a partir de la armoniosa traducción de Mauro Armiño. El sobrio espacio escénico, en el que un tapiz y una alfombra bastan para evocar la suntuosidad del retiro de Voltaire, y el precioso vestuario del especialista en la indumentaria de los siglos XVII y XVIII Renato Bianchi -estupendo el traje de armenio de Rousseau, inspirado en una pintura atribuida a Gérard- son característicos del exquisito toque Flotats, y en el terreno interpretativo, si su educadísimo y burlón Voltaire es toda una creación, no lo es menos el bronco Rousseau arañado por cierta sensación de inferioridad que compone Pere Ponce.