Cultura - Teatros

«Todo el tiempo del mundo», una curiosa realidad

Pablo Messiez ha escrito y dirige esta obra, que se estrena en las Naves del Español, en Matadero

María Morales, en una escena de «Todo el tiempo del mundo»
María Morales, en una escena de «Todo el tiempo del mundo» - Vanessa Rabade

«Todo el tiempo del mundo» cuenta «historias de mi familia; sobre todo está centrado en el personaje de mi abuelo, que tenía una zapatería; él era hijo de madre soltera, se crió con una tía, que pensaba que era su madre. Hasta que fue mayor no supo la verdad», cuenta su autor y director, Pablo Messiez. Con este material, «muy dramático», el dramaturgo argentino escribió un texto «sobre el tiempo y los recuerdos, y como el modo en que nos contamos las cosas termina por darle realidad; sobre el poder de la palabra y lo bien que nos viene recordar eso». Y es que la palabra es la gran armazón de esta función.

El resultado es la obra que se acaba de estrenar en Las Naves del Español, interpretada por Carlota Gaviño, Rebeca Hernando, Javier Lara, María Morales, José Juan Rodríguez, Íñigo Rodríguez Claro y Mekele Urroz. Se terminó de crear con las historias que la madre de Messiez le contó. «Mezclé unos recuerdos con otros -dice-. Empezó siendo una historia sobre mi abuelo y terminó siendo también una historia sobre mi madre; está su ropa en la obra, también están los zapatos de mi abuela, los que hacía mi abuelo... Ha terminado habiendo una presencia física de mi familia en la obra».

El pudor que le da entrar en la intimidad de su familia, confiesa, le hace bien. «Me gusta trabajar sobre todo en las cosas que no fueron sencillas de escribir; cuando aparece una implicación personal en la escritura, hay algo muy potente. No hay exhibicionismo, está todo trabajado, el teatro testimonial no me interesa ni me estimula», dice Messiez. Cuenta «Todo el tiempo del mundo» la historia del señor Flores, que cuando va a cerrar la zapatería «recibe unas visitas que le empiezan a hablar de su pasado, de su futuro... Visitas curiosas que él no puede terminar de entender, y quiere que su compañera se quede con él para que compruebe que no está loco y que suceden esas cosas por las noches».

Hay mucho de irrealidad en la función; la literatura permite estos viajes a la fantasía. Pero, insiste Messiez, la realidad es muy curiosa. «Por ejemplo, el modo en que mi abuelo se enteró de que su madre no era su madre fue porque una pariente, en una discusión de tintes políticos, le dijo: “¿Qué sabrá usted, que no supo nunca quién era su madre?” Parecería de novela, pero es lo que ocurrió. La realidad está llena de contradicciones, no siempre es causa y efecto».

El tiempo es el eje principal de la función: «el tiempo como relato, la nostalgia, pero también se pone un poco en cuestión la idea del tiempo cronológico; en la función, pasado, presente y futuro se mezclan -por eso se llama “Todo el tiempo del mundo”-. Silvina Ocampo, una autora que amo, decía que “los recuerdos no entienden de cronología”».

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