Cultura - Teatros

Rubén Ochandiano es «Tartufo», un iluminado con doble moral

El actor protagoniza la obra de Molière, adaptada por Pedro Víllora y dirigida por José Gómez-Friha

Rubén Ochandianom durante uno de los ensayos de «Tartufo»
Rubén Ochandianom durante uno de los ensayos de «Tartufo» - Saúl F. Blanco

Rubén Ochandiano se mete en la piel de Tartufo, el personaje que da nombre a una de las obras maestras de Molière, y que es historia del teatro español gracias a la histórica producción que firmó Adolfo Marsillach a finales de los años sesenta. La que se presenta la semana que viene en el teatro Fernán Gómez lleva la firma de Pedro Víllora, que ha adaptado el texto para Venezia Teatro. Dirige la función José Gómez-Friha, y completan el reparto Vicente León, Marián Aguilera, Esther Isla, Null García e Ignacio Jiménez.

Confiesa Rubén Ochandiano que ni el texto ni el autor le habían llamado nunca la atención. El director, que le había seducido con su montaje anterior, «Los desvaríos del veraneo», tuvo que sentarse varias horas con el actor para convencerle. «Antes de comprometerme -dice éste- estuve un poco pesado queriendo saber qué quería hacer con la función, qué quería contar, cuál era la lectura del personaje».

Seducido

El actor quedó «seducido» y una de los factores que le convencieron fue, precisamente, la visión de Tartufo que tenía el director. «Aunque Pedro Víllora dice que ésta no deja de ser la historia de un desahucio, con una familia implicada en una trama de corrupción de la que se aprovecha este falso beato, yo personalmente creo que la contemporaneidad de la función está en el enfoque que se le da al personaje. «A los “tartufos” que uno se encuentra en la vida no se les ve el plumero de antemano, no van frotándose las manos ni tienen el colmillo afilado. No tienen un plan premeditado. Para mí era importante que Tartufo fuera un hombre que se siente venturoso, tocado por Dios, y al que lo que le pierde es que tiene una doble moral, muy acentuada, para medir sus actos y los de los demás. Hay en el texto y en la función una crítica a la corrupción, a los falsos beatos y a la Iglesia, pero no nos interesaba que se le viera demasiado el plumero a ese aspecto didáctico de la obra. El público puede idenficarse o dudar sobre los errores que comete cada uno de los personajes; me seduce -y eso es lo contemporáneo- hacer una lectura nada maniquea; no hay buenos y malos. Es una función que se mete en el seno de una familia y espía un ratito en ella».

Aunque la religión es uno de los caballos de batalla de «Tartufo», asegura Rubén Ochandiano que «es evidente que la religión se ha utilizado en muchos momentos -y en la crítica de la función está- como un instrumento para atemorizar; pero, a día de hoy, la obra se puede referir también a gurús, brujos, videntes, asesores espirituales, terapeutas, “coaches”, curanderos... Un Rappel, por citar a alguien que conocemos todos, los libros de autoayuda. Gente con quien se establece una dinámica de poder, a quien se le atribuye una sabiduría casi divina, sobrenatural incluso y en quien se deposita una confianza ciega para que guíe el camino. Se le otorga un poder excesivamente delicado, peligroso».

Para el actor, «Tartufo transita en muchos momentos de la historia por instantes cuasi místicos, en los que se siente guiado por una luz divina». Y desde que prepara el personaje, Rubén Ochandiano ve tarfufos por todas partes. «E identifico -dice- a los que me he encontrado a lo largo de mi vida. Hay algo en ese mecanismo de poder, en depositar la confianza ciega en ese otro, que es peligroso y que te puede destruir... José Gómez.Friha ha decidido conservar el final de la primera versión que escribió Molière -luego lo cambió para evitar las críticas de la Corte y puso un final más digerible y llevadero-, en el que Tartufo acaba saliéndose con la suya, Y eso me hace ver tartufos por doquier».

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