Una escena de «Mystery Magnet»
Una escena de «Mystery Magnet» - Jose Caldeira
CRÍTICA DE TEATRO

«Mystery Magnet»: pintura viva

Las Naves del Matadero han acogido el espectáculo de Miet Warlop

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Este texto aparece bajo la cartela de Crítica de teatro, aunque el término teatro resulta estrecho para la catarata de estímulos y disciplinas que utiliza la artista belga Miet Warlop (Torhout, 1978) en «Mystery Magnet»: creación visual, artes plásticas, “performance” y, sí, teatro. No hay fronteras terminológicas que permitan acotar con precisión tal explosión de libertad creativa, imaginación juguetona, humor literalmente de todos los colores y despliegue surreal.

En el programa de mano se dice que las obras de Warlop son «lienzos vivos con brochazos de un humor silencioso», y sí, cabría hablar de pintura viva y en tres dimensiones para referirse al trabajo que ha expuesto en las Naves del Matadero dentro de la programación de la «Temporada Flandes en Madrid». Viva pero no silenciosa, porque esta formidable ensalada artística también incluye en la receta sonidos, aunque no palabras.

Un orondo vigilante de museo recibe a los espectadores tumbado en el suelo, aparentemente dormido o muerto, ante un amplio rectángulo blanco compuesto por cinco paneles: una suerte de lienzo impoluto que parece ofrecer su inmaculada superficie para que sea vulnerada, como así será en el curso de la representación. Sentado en un taburete mínimo, el vigilante resucitado construye un perrito con un globo y luego, tras subirse en un cochecito con motor que deja una huella blanca a su paso, asiste, y no pasivamente, a un desfile de personajes sin rostro coronados por gigantescas mopas de colores, seres que son altos pantalones negros que caminan, un tiburón hinchable que nada, o vuela, sobre el público, coloridos surtidores de pintura, las ancas humanas de medio caballo calzado con zapatos de tacón alto que se funden con el cuerpo de la amazona que lo monta en una especie de centauro bípedo que danza sensualmente, una lluvia de dardos, maniquíes demediados que respiran al unísono…

El lienzo va sufriendo los embates de estos seres en lo que comienza siendo un amago de «action painting» y continúa con laceraciones, roturas y demás atentados a su integridad, en un ameno, estrafalario y divertido ritual de destrucción que desde lo escénico parodia, o tal vez homenajea, los abruptos derroteros del arte. Un libérrimo desparrame tan atractivo en lo visual como corrosivo en lo conceptual que su creadora define como un caos coreografiado. Hay en él una suerte de crueldad naif o ternura feroz, como prefieran, y cierto aire de familia que nos trae ecos de las veladas dadaístas del Café Voltaire en Zúrich, las desinhibidas propuestas del movimiento Fluxus y los desafíos del «live art», por citar algunas referencias traviesas del agitado mar de las vanguardias.