Una escena de la ópera «Gloriana», de Benjamin Britten, estrenada en el Teatro Real
Una escena de la ópera «Gloriana», de Benjamin Britten, estrenada en el Teatro Real - ABC

«Gloriana», el escaparate de la intimidad

Benjamin Britten se convierte en referencia del Teatro Real con esta nueva producción, dirigida por Ivor Bolton

MadridActualizado:

Se acumulan estos días las noticias alrededor del Teatro Real coincidiendo con la publicación de la temporada 2018-2019, según la propia institución y a falta de un análisis menos interesado, la mejor de su historia. La ópera internacional se reúne allí este fin de semana con motivo del World Opera Forum, dispuesta a descubrir el devenir del género en el siglo XXI. Incluso se fijan en el Real quienes se congregan ante su fachada en protesta por la inminente absorción del Teatro de la Zarzuela y en tono festivo caricaturizan a su presidente y recuerdan cantando el repertorio español que apenas se representa o lo hace por la puerta de atrás.

Y aún hay más, pues está reciente la entrega del International Opera Award a la mejor nueva producción gracias a la escenificación de «Billy Budd», ópera de Benjamin Britten diseñada por la directora Deborah Warner. El compositor británico, como pudo serlo hace unos años Janácek, se convierte así en referencia de un teatro que continúa el ciclo con la nueva producción de «Gloriana», realizada en colaboración con la Vlaamse Opera de Amberes y la English National Opera y estrenada antes de ayer.

Fue precisamente la ENO la que, tras varias y aisladas interpretaciones de «Gloriana», rescató la obra en 1975. Había sido olvidada tras su estreno dos décadas antes a consecuencia de las críticas que afearon lo descarnado de un retrato que ahonda en el carácter enamoradizo y neurótico de la Reina Virgen. En 1994 se fijó en ella la compañía Opera North, con sede en la ciudad de Leeds, y de su mano llegó al Liceo en 2001. El recuerdo de una representación con voces discretas y una propuesta teatral de carácter funcional significa que la actual escenificación en el Real viene a ponderar definitivamente la importancia del título.

Personaje complejo

En un primer reparto, Anna Caterina Antonacci defiende el papel protagonista dejando la impronta de un personaje de enorme complejidad al que sujeta y reconduce. La madurez de la emisión, la corrección en la línea, el volumen comedido, son particularidades que llevan a la cantante hacia la introspección antes que a la efusión, al arrebato o a la expansión de la angustia. Prima la inteligencia y también la solvencia frente a otras voces más penetrantes. Por ejemplo, la de Sophie Bevan cuya Penelope es muy consistente, o la del maestro de ceremonias Gerardo López.

Todas ellas polarizando un reparto vocal muy sólido donde Leonardo Capalbo construye un conde de Essex en el que interesa el crecimiento del personaje, y en el que Paula Murrihy y Duncan Rock, Frances y Lord Mountjoy, dan un estupendo contrapunto a los protagonistas. Son momentos especialmente brillantes el cuarteto, el dúo inicial y el final de la reina y Essex, la mascarada… porque esta «Gloriana» se sostiene gracias al pulso constante e insistente del director Ivor Bolton, quien sabe moderar la presencia de la orquesta, pondera los planos, acompaña con comodidad, nunca perturba la ejecución vocal. Estupendas las voces femeninas del coro titular.

«Gloriana» se escucha con agrado y se ve con comodidad, pues tanto Bolton como el director teatral David McVicar apenas proponen interrogantes. El trabajo es minucioso, útil, respetuoso con la voluntad decididamente arcaizante de la obra. En ello incide el importante vestuario de Brigitte Reiffenstuel, de esencia isabelina e inspirado en pinturas de la National Gallery de Londres, y el ingenio escenográfico de Robert Jones reconstrucción de un espacio evocador, cargado de símbolos. Lo quiere así McVicar quien entiende la obra bajo el palio de varios arcos de una esfera armilar sobre la que se sugiere el movimiento aparente de las estrellas alrededor de la Tierra. En este caso de la Reina Isabel I quien, cubierta por esta segunda y geométrica piel, soporta el paso del tiempo. Algo que fue difícil de asumir en el eufórico 1953.