Cultura - Teatros

Francisco Nieva, la transgresora unión de lo culto y lo popular

La suya era una voz original, culta y transgresora, en cuya riqueza de tonos lo cosmopolita estaba irrigado por la frescura de lo popular

El dramatrugo Francisco Nieva
El dramatrugo Francisco Nieva - EFE

Francisco Nieva estaba a punto de rebasar la frontera de los 92 años cuando falleció en las últimas horas del pasado jueves mientras dormía en su domicilio de Madrid. Nacido en Valdepeñas (Ciudad Real) el 29 de diciembre de 1924, era el dramaturgo vivo más importante del último siglo, un creador plural que cultivó las artes plásticas, la narrativa y, singularmente, la escritura escénica. La suya era una voz original, culta y transgresora, en cuya riqueza de tonos lo cosmopolita estaba irrigado por la frescura de lo popular. Su teatro es un ejemplo de esa tensión dramática entre lo ilustrado y la huella genuina de los géneros populares.

Tal vez por eso, por su impronta estética y su capacidad de aunar lo aparentemente diverso, Nieva me ha parecido siempre un heredero contemporáneo y teatral de Goya. Un ilustrado que disfrutaba tanto con la ópera como con él género chico, al que, el 29 de abril de 1990, dedicó precisamente su discurso de ingreso en la Real Academia Española –«Esencia y paradigma del género chico»– donde ocupó la silla J. En Francisco Nieva, que era un dandy en el sentido elegante, elevado y un punto frívolo del término, vibran, combinados, asumidos y bullentes, el racionalismo del siglo XVIII, el relámpago individualista y apasionado del Romanticismo y el descaro desprejuiciado de las vanguardias.

Nació en una familia manchega acomodada que le procuró una buena formación. Desde temprana edad le interesaron las artes, al igual que a su hermano cuatro años menor, el luego compositor Ignacio Morales Nieva. Siendo aún un niño, ya escribía cuentos y obritas de teatro, unas inquietudes que lo llevaron pronto a volar fuera de su ciudad natal. Viajó a Madrid para estudiar pintura en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y allí entró en contacto y se hizo amigo, en torno a 1945, del poeta Carlos Edmundo de Ory y el pintor y escritor Eduardo Chicharro, padres del postismo, ese movimiento «ísmico» que pretendía sintetizar los desafíos de todas las vanguardias. Nieva fue postista, como lo fueron en su momento Fernando Arrabal, Ángel Crespo, Gloria Fuertes y Antonio Fernández Molina, por citar algunos.

Aires abiertos

En 1948 se trasladó a París a respirar aires más abiertos y trabajar como pintor y dibujante. En aquella entonces capital del mundo artístico pudo disfrutar de una beca del Instituto Francés y asistir a eventos como el estreno de «Esperando a Godot», de Samuel Beckett, amén de frecuentar a Antonin Artaud, quien influyó sin duda en la impronta insurgente su teatro. En París, donde permaneció hasta 1963, se casó con Geneviève Escande y, al parecer, descubrió sus inclinaciones bisexuales. Pasó luego un año en Venecia antes de regresar a Madrid y aquí, salvo diversos periodos de mayor o menor consideración en Roma y Berlín, ha vivido hasta el final, entregado a su trabajo, primero como escenógrafo y luego como autor dramático y director de escena.

Fue el gran José Luis Alonso, probablemente el mejor director teatral español del último siglo, quien le encargó las escenografías de «El zapato de raso» de Paul Claudel y «El rey se muere» de Ionesco, y Adolfo Marsillach las de «Después de la caída» de Arthur Miller y su legendario «Marat-Sade» de Peter Weiss, donde el trabajo de Nieva fue tan impresionante como el resto de aquel espectáculo que hizo temblar las costuras de nuestra escena allá por 1968.

Escritor compulsivo

Mientras, Nieva escribía teatro de manera compulsiva. Fue un autor casi secreto hasta 1971, cuando logró publicar «Es bueno no tener cabeza». En 1976 irrumpió como un trueno con un montaje doble que, dirigido por Alonso con escenografía del autor, naturalmente, unía dos piezas escritas en 1972, «La carroza de plomo candente» y «El combate de Opalos y Tasia». Recuerdo mi fascinación en el Fígaro –yo era un estudiantillo casi imberbe– ante aquel teatro raro y deslumbrante, y recuerdo también los encantos posteriores de Rosa Valenty, turgente Venus Calipigia de aquella apuesta cargada de futuro y que tanto bebía del pasado.

Desde esa fecha hasta finales de los años 90 fue estrenando sus creaciones dramáticas, cocinadas con ingredientes del teatro clásico universal, elementos de la tradición española –Cervantes, Quevedo, Valle-Inclán– y la salsa picante de los revoltosos Jarry, Ionesco, Beckett, Genet y el mencionado Artaud. Un estilo propio que tenía muy en cuenta los claroscuros plásticos de Goya y Solana –sus dibujos y bocetos de escenografías y personajes son de una calidad deliciosa– y una sensibilidad especial para sublimar lo grotesco. En sus obras abundan los contrapuntos cómicos, y trágicos desde luego, entre la España ancestral y la contemporaneidad, con la religión y el sexo eternamente en conflicto.

«Sombra y quimera de Larra» (1976), «Delirio del amor hostil» (1978), «El rayo colgado» (1980), «Malditas sean Coronada y sus hijas» (1980), «La señora Tártara» (1980), «Coronada y el toro» (1982), «No es verdad» (1988), «Te quiero, zorra» (1988), «Corazón de arpía» (1989), «El baile de los ardientes» (1990), «Los españoles bajo tierra» (1992), «Nosferatu» (1993), «Los viajes forman a la juventud» (1996)… Son algunos de los títulos –ordenados por fecha de estreno, pero casi todos escritos años antes– de una producción copiosa, buena parte de la cual llevó el mismo Nieva a escena con escenografías propias.

Entre sus últimos estrenos, destacan «Pelo de tormenta», función dirigida por Juan Carlos Pérez de la Fuente en 1997, aunque la obra fue escrita en 1972; «Tórtolas, crepúsculo… y telón», que data también de 1972 y se estrenó, montada por el propio Nieva, en 2011, y «Salvator Rosa», que Guillermo Heras puso en escena en 2015.

En la última edición de sus «Obras completas», que lleva pie de imprenta de 2007, divide definitivamente su producción dramática en seis apartados: Centón de teatro, Teatro Furioso, Teatro de Farsa y Calamidad, Teatro de crónica y estampa, Tres versiones libres y Varia teatral.

Creador del lenguaje

No quiero que se me olvide resaltar las dimensiones del gran autor fallecido como formidable creador de lenguaje, tanto en lo conceptual como en lo formal. Un estilo esmaltado de hallazgos sorprendentes y metáforas que se despliegan como cohetes coloridos y bulliciosos; en su adjetivación y su prosodia se enlazan los ecos del barroco y el modernismo con singular fortuna; de nuevo hay que aludir a esa combinación de lo culto y lo popular en la que Nieva consigue que Valle y Arniches caminen de la mano.

Guardo en los desvanes admirativos de la memoria la forma en que uno de sus personajes vitupera a otro llamándolo «montón de poquita cosa». La cita procede de «Las aventuras de Tirante el Blanco», la adaptación que realizó en 1987 de la novela, de Joanot Martorell, que me sirve, de paso, para visitar esa categoría de las adaptaciones que Nieva llevó siempre a su propio territorio creativo. «La paz» de Aristófanes (1977), «Los baños de Argel» (1980) de Cervantes, «Casandra» (1983) y «Electra» (2010) de Pérez Galdós, y «Manuscrito encontrado en Zaragoza» (1991) de Jan Potocky son buenos ejemplos de ello. En 1997 firmó el libreto de la ópera de Antón García Abril «Divinas palabras», basada en la obra homónima de Valle Inclán.

Faceta narrativa

Y de ahí a su faceta narrativa integrada por las novelas «Viaje a Pantaélica» (1994), «Granada de las mil noches» (1994), «La llama vestida de negro» (1995), «Oceánida» (1996) y «La mutación del primo mentiroso o el estilo que mata» (2004); los libros de relatos «Carne de murciélago» (1998), «Los rabudos y otros cuentos» (2000) y «Argumentario clásico» (2001), y su libro de memorias «Las cosas como fueron» (2002).

Entre los premios relevantes que fue acumulando en las estanterías a lo largo de su vida figura por partida doble el Nacional de Teatro (1980 y 1992), Mayte (1976), Crítica (1982), Mariano de Cavia (1991), Príncipe de Asturias de las Letras (1992), Max de Honor (2004), Corral de Comedias de Almagro (2010) y Valle-Inclán (2011).

Siempre me ha gustado y he admirado el teatro de Francisco Nieva, creo que se nota por el tono de estas líneas emocionadas. El Teatro María Guerrero, escenario de varios de sus más grandes éxitos, acogió ayer la capilla ardiente del dramaturgo. Descanse en paz.

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