Julio Bravo

Fernández, un género teatral en sí mismo

Arturo Fernández es un género teatral en sí mismo. Sus obras de teatro son comedias «artúricas»; es decir, pasadas por el tamiz de este actor que tiene algo de extraterrestre

Julio Bravo
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Arturo Fernández es un género teatral en sí mismo. Sus obras de teatro son comedias «artúricas»; es decir, pasadas por el tamiz de este actor que tiene algo de extraterrestre (sólo él puede seguir interpretando a galanes con 89 años). El secreto de su longevidad sobre las tablas lo explicaba él mismo en ABC: «Soy asturiano, sin dobleces, con sentido del humor...» Habrá que creerle.

Hace cuatro años, Albert Boadella sacó momentánemente a Arturo Fernández del «arturismo» y creó para él una función, «Ensayando Don Juan», en la que actor y dramaturgo se confabulaban para «reírse» de esa intelectualidad sobreactuada que ha teñido (y todavía tiñe) parte del teatro español. En esta función, Arturo Fernández interpretaba a un veterano actor que había de enfrentarse a las retorcidas ideas que planteaba una joven directora a la hora de montar el celebérrimo Tenorio de Zorrilla. Uno de los jóvenes actores que acompañaba a Arturo Fernández en el reparto me confesaba que había acudido al primer día de ensayos con unos cuantos prejuicios en el bolsillo. Tras unos días, reconocía, todos esos prejuicios se habían disuelto; y no solo eso, sino que la actitud del actor asturiano era todo un ejemplo para sus compañeros. Carmen del Valle, su pareja sobre el escenario en «Alta seducción» (en la imagen), se expresaba hace unos meses en términos similares: «Arturo forma parte de una generación única e irrepetible. Yo tuve la suerte de trabajar con Amparo Rivelles, con Alberto Closas, he trabajado con Nuria Espert... Se dejan el alma. El teatro para ellos no es una profesión, es una forma de vida. Vamos al pueblo más perdido y está como si fuera el estreno más importante de su vida. No es de extrañar que lleve cincuenta y siete años con su propia compañía y el público responda como lo hace. Eso no lo hace su cara bonita ni las revistas del corazón... Lo hace una trayectoria impecable como la suya. Y su entrega al público. Y para mí es un lujo poder vivir esto con él, se te quitan muchas tonterías de la cabeza».

Arturo Fernández es un actor de derechas, un pecado inadmisible para la «intelligentsia» teatral. No ha pedido en su vida una subvención, todo lo que hace lo hace pensando en el público, y le ofrece, desde hace más de medio siglo, lo que éste quiere: comedias entretenidas -con mayor enjundia algunas, aligeradas otras-, con un vestuario y unos decorados impecables, sin pliegues, costuras ni dobleces. Su teatro -en el que él cree, y mucha otra gente también, a juzgar por la fidelidad de los espectadores que acuden una y otra vez a verle- es honrado, tremendamente honrado. Su lema: todo por el público, y su pretensión: que cada función sea un poco mejor que la anterior.

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