Cultura

Vicente Amigo, el mesías de la guitarra

El genial guitarrista hace historia con un concierto memorable que marcará un antes y un después

Vicente Amigo en concierto, para la XIX Bienal de Flamenco, en el Teatro de la Maestranza
Vicente Amigo en concierto, para la XIX Bienal de Flamenco, en el Teatro de la Maestranza - JUAN FLORES
ALBERTO GARCÍA REYES Sevilla - Actualizado: Guardado en:

Érase una vez un guitarrista bajado del cielo. Un héroe con uñas de terciopelo nacido para acariciar el monumento del sonido andaluz. Se llamaba Vicente. Vicente Amigo. Y cuenta la leyenda que llegó a Sevilla después del reinado de Paco de Lucía y sin hablar con nadie, sin afinar siquiera, se sentó en la silla e hizo historia por soleá. Soleá extraída de la veta de una mina que sólo conocen los ángeles del paraíso.

Tocó primero por Levante las esencias del Niño Ricardo. Sonando megalítico y vanguardista. Y por arriba ligó mil falsetas de inabarcable profundidad. Sin excesos técnicos y sin deficiencias. Librando un duelo entre la perfección y la emoción. Picando como un torbellino que no tenía la intención de gustarnos, sino de dolernos.

Érase una vez un rey que no pretendía más reino que el del pozo de su bajañí. Un prohombre escogido para la sucesión. Una deidad que soñó con el baile de su primo Antonio por tangos. Inventando armonías nuevas para verdear olivos milenarios. Un capitán de un barco de papel que le bajó el pulso a la bulería para engrasarse las yemas de los dedos con un soniquete lento, de paseíllo, en la Maestranza. El timonel de unos tanguillos que obligan a tener halcones en los dedos, pero que no son jamás una exhibición de virtuosismo.

Érase una vez un guitarrista que tocaba por encima de nuestras posibilidades. Un superdotado técnico que nunca nos hizo pensar en su virtud, sino en su creatividad artística, en su don para conmover. Ese era su secreto. Que no era un esclavo de la guitarra, no era un siervo de sus exigencias, era un transmisor de emociones. Y el camino hacia el pecho tiene riesgos que no entienden de facultades en la ejecución. Porque la guitarra no tiene cuerdas, tiene barrotes. Y el preso número uno de la cárcel del toque nació en Guadalcanal. Érase un loco sencillo que le apretó las clavijas a la seguiriya, al cuatro por medio. Sin cejilla. Cambiándole el paso al flamenco sin levantarse nunca de la mesa camilla en la que se arropa la historia de este arte.

Érase una vez el heredero del trono del toque, en virreinato con Riqueni, sentado en una silla de oro y abrazado al palo santo del Sur, que es la cruz que cargan los mártires del toque cuando quieren gritar que esas seis cuerdas son el resumen exacto de todo lo que somos. Vicente a veces golpeaba con demasiado nervio la sonanta, pero estaba en Sevilla proclamando su monarquía. Y en el vaivén festero se paró en el callejón del Agua otra vez por soleá. En tono de taranta. Una excelsa barbaridad. Hay que ser muy puro para tocar en esa armonía y que no suene a minería. La clave de todo es esa. Inventar sin que se note.

Érase un creador sublime intentando pasar desapercibido. Lo siento, Amigo, pero el exceso de humildad solo vale detrás de la guitarra. Al otro lado lo vimos todo. Vimos al rey. Al que manda. Al guitarrista más importante de lo que llevamos de siglo XXI. En la Bienal. Rumbeando en fraseos celéricos y encajando la bulería eléctrica que le bailó el Choro en acentos que hay que buscar a doscientos metros bajo tierra, donde echa raíces la solea apolá camaronera que tiene eco de gloria en el cante escueto, pero máximo, de Rafael de Utrera.

Érase una vez un señor que llegó a Sevilla e inscribió su nombre en el registro de los únicos. Yo estuve allí. Si alguna vez se me olvida, insultadme. No habré merecido ser testigo de la elevación definitiva de Vicente Amigo al olimpo del flamenco. Y juro por mis entrañas que vi tocar con el firmamento en las manos al nuevo mesías. Al que va a dirigir esto hasta que se muera. A un cristo que busca con la mirada su sitio en cada latigazo. El cielo.

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