Cultura

Tomatito o cómo tocar lo de siempre como nunca

El guitarrista almeriense da uno de los conciertos más sólidos de su vida con la colaboración de Jorge Pardo, que ha homenajeado a Camarón con la flauta, y del Potito

Tomatito durante su actuación en la Bienal
Tomatito durante su actuación en la Bienal - J. M. SERRANO
Alberto García Reyes Sevilla - Actualizado: Guardado en:

Tomatito dijo una vez que a los que querían imitar a Paco de Lucía les salía tendinitis en la cabeza. Por eso él tiene las manos como gacelas. Se salió hace mucho tiempo de esa vereda para encontrar su parcela. Y en su cita con la Bienal en el Lope de Vega ha hecho una exhibición de salud tocaora. Sentarse en la silla eléctrica. Solo. A medirse por derecho. Y subir el Cerro de San Cristóbal con una rondeña que es su termómetro. No se puede tocar con más pulso. Demostrando que en los estilos libres también se puede estar sobrado de compás. Metiendo las yemas en los adentros de la bajañí y jugando con los volúmenes para intentar sonar más allá de la técnica, por encima del artificio. El de Almería nunca ha pretendido ser un prodigio del virtuosismo ni de la creatividad como compositor. Sólo busca escuchar el crujido de las cuerdas cuando les retuerce el pescuezo picando. Y esta vez ha venido a la Bienal a pegar un zapatazo. A exponerse. Se jugó el pecho por soleá con todo el diapasón abierto. Engarzando falsetas celéricas que nunca se obsesionaron con llegar pronto, sino con estar a tiempo. Ahí vi claro que el Tomate había señalado el día en el almanaque. Fue clásico en las armonías y revolucionario en los contratiempos. De la soleá por arriba se fue a sus alegrías de toda la vida, ese descubrimiento tonal que hizo en Re y sobre el que encontrado un sonido de olas que son del Cabo de Gata. Suyas. Todo el que toque por ahí está bebiendo de su fuente. Lo mismo que el que pegue cabezazos por bulerías rasgueando por medio. Esa forma de meter los dedos en el soniquete es tan genuina que no tiene precio en el mercado. Y exige tantísimo que a veces la nota hay que imaginarla en uno de los botones que salen volando de la camisa cuando se mete en los tonos mayores. «¡Qué contento tiene que estar Paco!», le gritó una señora de las butacas. Pedazo de piropo. Y justo. Porque Tomate sigue su escuela en el formato, el grupo al que se sumó Jorge Pardo, mítico miembro del sexteto, después de la balada. Pero no lo emula en el entramado del toque. Incluso huye de cualquier aroma algecireño porque ya es una leyenda del tiempo. Esa fue su forma de llorarle. Tocando la bambera de Camarón que le acompañó en el primer disco en el que ya no estaba el hijo de Lucía. Y la flauta era el grito de José. Y la sonanta era el gemido de un chiquillo que coincidió con el monstruo en una fiesta de Málaga y ya no lo dejó cantar nunca más solo. Era el arrope de la taranta que cantó Pardo con su soplido porque a ver qué garganta le mete ahora al Tomate las cabras en el corral. Y para tocar la cartagenera de los pícaros tartaneros ya sólo le sirve el viento. El aire del pozo de madera con el que viajó de la Tarara a los saltos mortales de la percusión del Piraña en una rueda de improvisación que es uno de los hitos de su repertorio.

La rabia tomatera es un bien que tendría que proteger la Unesco. Un estado de ánimo que le permite llevar la seguiriya al trote para que el Potito enseñe las muelas en esa afinación de bordón bajo que luego se transforma en tango de varetas, un malabarismo rítmico que en las manos de cualquiera sería una aberración y en las de José es una forma natural de vivir sobre la cuerda floja del flamenco, acompañando las canastas del cantaor sevillano como se respira. Para vivir. Para divertirse, que fue lo que hizo con su grupo cuando ya tenía todo el trabajo hecho a solas con su martirio, ese monumento de madera con el que el Tomate de Almería ha vuelto a tocar lo de siempre como nunca. Para provocarme una tendinitis en el alma.

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