Cultura

El Pipa, un bailaor de museo

El jerezano brilla en el Lope de Vega en un espectáculo tradicionalista en el que ha tenido la gallardía de defender cánones en desuso

Antonio el Pipa
Antonio el Pipa - J.M. SERRANO
Alberto García Reyes Sevilla - Actualizado: Guardado en:

Es una bailaor pintado por Zuloaga. Un gitano salido de un cuadro costumbrista. Tesorero calé de ese baile juncal de talle alto y chaqueta corta que no busca efectos, sino estampas. Que no quiere contratiempos en el compás, sino poses en el aire. Que no vive del artificio, sino de salir clavado en la foto. Es un bailaor pinturero, de zajones y caireles. El fuego de una fragua en la que el martinete se baila entre ocho. Así empezó Antonio el Pipa, estirpe del baile por derecho, su gañafón al tiempo. Haciendo alcayatas con el martillo de la debla en la coreografía que le sirvió de telón para su aparición por cartageneras. El de Jerez es una espiga que bracea como un molino del Estrecho con el cante que le viene de Levante. Se desplantó mil veces con intenciones de imaginero. Tallándose en el espacio. Defendiendo una escuela que por tangos habita en la cintura y que no danza sobre la madera, sino para el cante. Sacó a las voces de una en una y le puso flecos de mantón antiguo a cada remate. Cerró los puños sentado en las eneas, buscando entre Mario Maya y Gades, entre los pololos de las viejas de Santiago y los remates de los bailaores de taberna. Habrá quien diga que ahí falta destreza con los pies, sobre todo en las escobillas de las alegrías de tabaco y azabache toreadas en terrenos cortos, pero el Pipa conserva cánones que son esenciales para el flamenco. La gestualidad. La gracia en la cara por cantiñas y el dolor en la soleá final. El hombro escondiéndose en la barbilla. La cabeza esculpida. Los andares. Ese patrimonio lo conserva ya muy poca gente. Por eso Antonio sigue siendo un ejemplo de gallardía. Porque baila más allá de las modas. Baila por encima de su tiempo. Metido en la bota de palo cortado en la que se cayó de niño, pócima de héroe de las Galias jondas con la que mantiene en pie los vestigios sobre los que se yergue actualmente el flamenco.

Esa manera de señalar a las cantaoras para escucharlas, de sacar los brazos por detrás de sus cuerpos, de desenredarse los mantones de su chaleco, de guardar en bote la madroñera, esa es la valentía de un artista que ni puede ni sabe salirse del carril. Por eso sobró el solo del guitarrista cantándose una canción, recurso escénico para el cambio tras el telón que sí resolvió con enjundia Felipa del Moreno por fandangos caracoleros antes de que Dorantes diera con la tecla ancestral del himno romaní, el Yelem Yelem de los zíngaros, que el Pipa bailó descalzo por las veredas de la memoria con toda su gitanería a cuestas, una caravana de mujeres arropando al harapiento. Esa vertiente dancística no es su fuerte, pero hay que valorarle el intento de crecer sin abandonar su lucha. De salirse del lienzo en el que está pintado por su sangre, sangre de ese Orobroy por fandangos del pianista lebrijano que es la banda sonora de la huida de su pueblo durante siglos, redondo remate de la noche. El Pipa es un gitano de museo, un bailaor al que hay que visitar al menos una vez en la vida si se quiere saber quiénes somos y de dónde venimos. Un superviviente que tiene la gallardía de bailar el futuro sin salir del pasado.

Toda la actualidad en portada
publicidad

comentarios