Cultura

Peñazo en Santa Clara

La noche dedicada a las peñas en la Bienal naufraga con un cartel con dos caras demasiado opuestas

Melchora Ortega, en una imagen de archivo
Melchora Ortega, en una imagen de archivo - R. RUZ
ALBERTO GARCÍA REYES Sevilla - Actualizado: Guardado en:

Un peñazo. Este es el resumen del espectáculo con el que las peñas se han querido reivindicar en la Bienal. «Son de peñas» fue, con excepciones, un intento fallido de reclamar el trabajo del peñismo como ojeador de la cantera flamenca. El objetivo de sacar nuevos artistas es encomiable, pero la Bienal no admite experimentos y en la noche de Santa Clara se hicieron algunos que no tienen justificación. El almonteño José María Cáceres es insultantemente joven y las peñas están para apoyar a chavales de esas edades, de acuerdo, pero siempre que cumplan los requisitos mínimos. El chiquillo no tiene todavía ningún recurso que invite a pensar que puede subirse al escenario del mejor festival del mundo. Es académico hasta el estrago. Un reproductor de melismas aprendidos por tientos. Una manivela por soleá de Triana, donde no supo salir del macho cuando le faltó el aliento. Y un aprendiz de la copla por bulerías. Le falta tiempo de cocción. Así que hay que esperar.

Lo mismo le pasa a Manuel Pajares, un joven cantaor extremeño que está algo más cuajado, pero que todavía anda en la escuela del cante. Por eso comete errores como utilizar una y otra vez el mismo estilo de soleá en una tanda. Y, encima, la del Chozas. Y por eso canta los tangos de su tierra con cierta superficialidad. Hay que esperar también para ver cómo evoluciona.

La noche solo empezó a tener sentido a partir del baile por taranto de Saray de los Reyes, que tiene oficio y fuerza, y que empieza ya a dejar ver su propia manera de desplantarse. Y le dieron sentido a la fiesta Samuel Serrano y Melchora Ortega, cantaores que habrían bastado en el programa para rescatar la noche. El chipionero tiene un eco agujetero que le sirve para sentarse en la silla con medio trabajo hecho. Le suena la voz a martillo. Y cada vez está más asentado. Se abrió las canales por seguiriya y dejó cositas por bulerías, donde osciló en las influencias de Rancapino, Camarón o Pansequito. Y la jerezana ya no tiene que convencer a nadie. Es cantaora firme, atávica, perfecta para la madrugada. En su grito estuvo gran parte de la salvación del espectáculo. Porque el comienzo había sido para irse. Un peñazo que las peñas, siempre al quite del flamenco en sus peores horas, no pueden permitirse en una oportunidad tan escogida.

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