Cultura

Pablo D'Ors: «El silencio es el Dios en el que resuena todo»

El sacerdote autor de «Biografía del silencio» diserta en el Aula de Cultura de ABC sobre «El arte de la meditación. La aventura del silencio interior»

Pablo D'Ors
Pablo D'Ors - ANGEL NAVARRETE
JAVIER RUBIO Sevilla - Actualizado: Guardado en:

Su libro «Biografía del silencio» se ha convertido en un auténtico fenómeno editorial. Con su propuesta de travesía por el desierto espiritual interior se ha ganado el aplauso de millares de lectores y centenares de seguidores como «Amigos del desierto», que ponen en práctica cada semana la meditación contemplativa. Este martes explica las claves en el Aula de Cultura de ABC -con patrocinio de la Fundación Cajasol y la Real Maestranza de Caballería- a partir de las 20 horas en la sala Antonio Machado de Cajasol con entrada por la calle Chicarreros.

- Su obra lleva veinte ediciones y 90.000 ejemplares vendidos. ¿Cómo se contempla un triunfo así? Quiero decir, ¿cómo se reconcilia uno mismo con el éxito?

- El éxito es comercial, ciertamente, pero sobre todo existencial. Son muchas los que han comprado el libro y, entre ellos, centenares los que lo tienen como libro de cabecera. Pero el éxito no es, por cierto, el camino más llano para encontrarse con uno mismo. En cualquier caso, sé que yo sólo soy un mediador, algo así como un intermediario para que determinadas cosas que había que decir en la sociedad de hoy se dijeran.

- No sé si estará de acuerdo conmigo: más que autoayuda, su volumen entra de lleno en la categoría de autoconocimiento, de introspección…

- Autoayuda es una palabra que está desprestigiada con fundamento, pues hay muchos libros encuadrados en esta categoría que no tienen calidad literaria ni consistencia terapéutica. No me molesta que pongan mi «Biografía del silencio» en ese anaquel, puesto que son muchos los lectores que gracias a esto se acercan a mi texto. Mi libro pretende moverse en la estela de los ensayos clásicos, salvando las distancias, claro. Estoy pensando en Stevenson o Montaigne, por ejemplo, autores que reflexionan sobre el sentido de la vida. En el mundo de las letras yo soy un narrador, y eso se percibe en mi «Biografía del silencio», cuyo tono es testimonial.universal.

- ¿De qué estamos más necesitados: de callarnos nosotros o de escuchar a los otros?

- Están unidas ambas ideas. El silencio se abre a la palabra y la palabra, en fin, abre al silencio. Pero yo no hablo ni escribo sobre el vacío zen -del que algo he aprendido en los años en que fui discípulo en una sangha-, sino del de nuestra tradición judeocristiana. Y ese es un silencio abierto al misterio y orientado a la escucha de la Palabra. La meditación es el arte de escucharse a uno mismo. Y sólo si nos escuchamos podremos escuchar a los demás.

- En este sentido, ¿se considera de alguna manera artífice de una síntesis entre la contemplación monástica y eremita, de tan larga tradición en la Iglesia, y el budismo zen?

- La palabra meditación significa permanecer en el centro; la palabra contemplación, querida a los creyentes, hace referencia a peregrinar hacia nuestro templo interior. La práctica del silenciamiento es idéntica se sea creyente o no; otra cosa es que cada cual verbalizará luego su experiencia según su cosmovisión. A lo largo de la historia del cristianismo ha habido muchas experiencias de silenciamiento, pero no han sido las corrientes mayoritarias. El silencio del que estoy hablando está ya en los padres y las madres del desierto, por ejemplo, o en teólogos de la categoría del Pseudodionisio Areopagita o de Gregorio de Nisa. O, por supuesto, en nuestros místicos San Juan de la Cruz y Santa Teresa. Mi propuesta podría plantearse como una síntesis entre las tradiciones meditativas de Oriente y de Occidente, pero quizá no haya que ir tan lejos. Parte de la buena acogida de mi libro se debe no sólo al hambre de silencio que existe en una sociedad tan ruidosa como la nuestra, sino también al hambre de reconciliación, quizá aún no explicitada o confesa, con nuestra patria espiritual, que es la tradición cristiana.

- El silencio es de un orden moral superior al parloteo, a la charla, puede que a la conversación, ¿también a la oración?

- A la charla, por supuesto… El silencio es Dios. El Dios en el que resuenan todas las cosas. Esto es de San Juan de la Cruz. Para acceder a la verdad hay, desde luego, muchas formas: la conversación, el viaje, la lectura… Ahora bien, el silencio es la más directa, la más radical, podríamos decir incluso la más salvaje. Y ello porque no requiere de mediación. En ese sentido, el silencio sí tendría cierta preeminencia para mí sobre todas las demás vías. Pero se trata de una oposición o de una dialéctica poco fecunda. Silencio y palabra, como soledad y comunión, son las dos caras de la misma moneda. Los cristianos diríamos que son el Padre y el Hijo: el Padre sería el silencio y el Hijo, evidentemente, el logos, la palabra. No hay uno sin otro.

- Cuándo y quién nos convenció de que nuestra vida debe tener banda sonora musical, ¿fue el cine, la radio?

- [Risas] El cine,probablemente, y la difusión de la música desde que se graba. La música es para mí el punto intermedio entre el silencio y la palabra. Ésta tiene un peso mayoritariamente intelectual, por así decir, mientras que la música es eminentemente sentimental. El silencio sería la purificación de ambos; primero se purifican las ideas, la mente, y luego, en fin, y eso nos cuesta todavía más, los sentimientos o el corazón.

- Hablando de purificación, y en un territorio inhóspito libre de distracciones, ¿está la experiencia del desierto al alcance de cualquiera?

- En realidad, todos estamos llamados a la interioridad. La vocación contemplativa es universal. Ha sido un error en la tradición de la Iglesia identificar la vida contemplativa con la vida monástica, como si sólo aquellas personas que se han apartado del mundo tuvieran posibilidad de una intimidad consigo mismos o con Dios. Ahora bien, esta vocación contemplativa universal requiere de un proceso de aprendizaje.

- «Es en la nada donde el ser brilla en todo su esplendor». Ahí resuenan ecos de la oración de San Francisco: es dando como se recibe, olvidándose de sí es como uno se encuentra…

- Meditar es hacer vacío interior, un vacío que se busca para generar receptividad o capacidad de acogida, para acercarse a lo que en el cristianismo llamamos pobreza espiritual. Meditar es decir no a todo, también a lo bueno. Es, claramente, la vía de la pobreza de espíritu. Sólo desde aquí puede entenderse en profundidad la bienaventuranza de los pobres.

- En su obra hay una pulsión permanente de kénosis, de vaciamiento, de anonadarse. ¿Hasta qué punto considera necesaria esta experiencia en quien se adentra en la meditación?

- La meta no es purificarse, sino vivir. Para hacerlo con dignidad, es preciso la conciencia, que no es sino el modo de estar en el presente, que es lo que los creyentes llamamos estar en la presencia de Dios. Cualquier afirmación de Dios que no parta de la vida es ideológica. La meditación es un ejercicio de purificación, por supuesto; y el modelo por excelencia de meditación, es decir, de guardar las cosas en el corazón, es para un cristiano la Virgen Madre. Virginidad significa capacidad de acogida. Maternidad significa dar a luz aquello que se ha recibido. Pero la meta no es la virginidad en sí, sino la fecundidad. En la meditación, no es la virginidad espiritual lo que en último término buscamos, sino el alumbramiento.

- Su búsqueda de la esencia personal desemboca en un yo sin atributos que cuando lo leía me trasladaba al Sinaí, al «Yo soy el que soy». ¿No hay riesgo de creerse dios de uno mismo?

- Sí. Ese riesgo siempre ha existido y existe todavía hoy. Solemos definirnos por lo accidental: circunstancias que pueden cambiar como la apariencia física, el estado civil, la profesión… Pero la identidad radical es otra cosa: es la experiencia de la unidad, de la comunión. Es el descubrimiento de que todos somos un mismo cuerpo, como decía San Pablo. La iluminación es el descubrimiento de la radical interdependencia de todos con todos y con todo. Esto puede conducir, pero no necesariamente, al panteísmo, sí; casi todos los místicos han sido más o menos acusados de panteísmo a lo largo de la historia.

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