Cultura

Bienal de Flamenco: No hay vencedor sino Paco de Lucía

La interpretación de la obra póstuma del genio de Algeciras, «Canción Andaluza», ha sido un homenaje digno, pero no emocionante

José María Gallardo, durante su homenaje a Paco de Lucía
José María Gallardo, durante su homenaje a Paco de Lucía - J.M. SERRANO
Alberto García Reyes Sevilla - Actualizado: Guardado en:

Lo de José María Gallardo en el Alcázar ha sido un verdadero romance de valentía. Sus formas clásicas le restan a la «Canción Andaluza» de Paco de Lucía, obra celestial del dios de la guitarra, ese tempo flamenco que el de Algeciras le metía incluso a su respiración. El sevillano no tiene ese juego del elástico rítmico ni de pulsación trepidante que tenía el genio de todos los genios. Pero se ha empapado las composiciones de su obra póstuma en apenas un mes. Y salió al escenario más puñetero del mundo a tocar por Quintero, León y Quiroga siguiendo el patrón paquero, pero proponiendo su propio latido, algo más rígido que en la anarquía jonda. El héroe de la noche estaba anunciado en la inscripción de la fachada del Palacio de Pedro I: «No hay vencedor sino Paco de Lucía». Y Gallardo ha tirado de esa pena, penita, pena de su ausencia para darle enjundia a las coplas que el hijo de la portuguesa había escuchado en su casa de la Bajadilla cuando era un chavea. Fue una interpretación seria, muy seria. Honradísima. Digna de un artista que merece mucho más reconocimiento del que tiene en su tierra. Todo sonó impoluto y siguiendo con exactitud las composiciones originales. Con arreglos más simples y claqueta. Pero con todas las notas. Sin excepción. Y con todos los cambios rítmicos en su sitio. La entrada de María de la O por bulerías. Sólo con piano y cajón. Algo metálico el sonido. El viraje a los tangos-rumbas de Ojos Verdes. Todo estaba rigurosamente encajado según había sido concebido por su autor. Aunque la realidad es que la pátina de flamencura tuvo que ponerla Jesús de Rosario con José del Tomate para la voz lunera de Lole Montoya. Me duele hasta la sangre de lo mucho que me gusta esa gitana, de la clase con la que canta, pero esta vez estaba enconsertada porque no se sabía la letra y en la afinación bordeó varias veces el precipicio mientras consultaba con el atril. Lole ya no es la que fue por tangos morunos, pero evoca una época que sólo puede traer felicidad a la memoria. Hasta rozada, que lo estaba y mucho, suena a un tiempo mejor. Aunque quizás tendría que dosificarse a partir de ahora. Pero yo la he de querer mientras viva. Como a Paco, el Mambrú, que vio pasar entre las manos del Rosario su versión de Chiquita Piconera...

Lo que había sobre el escenario era dignidad. Pero para acercarse al de Algeciras hay que emocionar. Él tenía toda la técnica del mundo y se la pasó por el arco del triunfo en busca del ole. No quería cosas imposibles. Quería música invencible. Por eso no morirá nunca. Porque incluso en las fatigas de los guitarristas que han tenido el valor y el buen gusto de homenajearlo aparece por detrás imponiendo su ley. Que es la ley. La única ley que tendrá ya para siempre la guitarra flamenca. La carta magna del toque. Gallardo lo buscó en alguna estrella de las que rondan la Giralda para recordar el Concierto de Aranjuez que montaron juntos. El sonido fallaba. El recuerdo no. Aquella forma de meterle mano a la obra de Rodrigo volvió locos a todos los clásicos. «Maestro, que Dios te bendiga», le dijo el sevillano. Dios bendiciendo a un dios. Y luego Parrita le cantó las zambras caracoleras poniendo la mano en el evangelio. Ese gitano tiene clavito y canela, incluso cuando los desconchones le impiden llegar a la cima del tono. Es tan personal por tangos que siempre merece la pena, hasta cuando se acuerda de otro monstruo como Pansequito y canta como un péndulo en el aire. Paco, que le tocó a los más grandes, lo adoraba. Algo tiene el agua cuando la bendicen. Y el flamenco, como decía Enrique Montoya, lleva casi un siglo con un nombre en la boca y nunca lo pronuncia delante de la gente. Anoche estuvo en Sevilla, su señorita y su pena infinita. Venciendo otra vez al tiempo hasta en la ausencia de pellizco. Francisco Sánchez Gómez. «No hay vencedor sino Paco de Lucía», escribieron los moros en el Alcázar hace 700 años.

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