Cultura

Marina Heredia, La Cantaora

La granadina logra momentos históricos en un recital con cinco guitarristas monumentales liderados por Paco del Gastor

Marina Heredia
Marina Heredia - RAÚL DOBLADO
ALBERTO GARCÍA REYES Sevilla - Actualizado: Guardado en:

Hay dos maneras de cantar en Sevilla: para estar o para ser. Ponerse en los medios por bulerías con Paco del Gastor, genio de la lámpara del toque a cuerda pelá de Morón, y seguirle ese aire rabioso con la voz es una jugada definitiva. Es ponerse contra las cuerdas adrede para exprimirse el zumo de los ojos. Marina Heredia es. Es cantaora. Lo es porque tiene un misil en la garganta y siempre lo usa para reventar el alma. Sabe estar, que es también muy importante, pero sobre todo es artista. Al del Gastor, que llevaba años en el infame olvido del flamenco, lo ha rescatado para darle el sitio que se merece. No se puede tocar la guitarra con más personalidad y sabor. Por eso le dio a Paco su tiempo. Una niña respetando a un maestro. Un cante de ella, una falseta de él. Rebuscando en los agujeros de la Fernanda por soleá, que es donde está el peligro. Y con uno a la vera que se hartó de tocarle a la gitana negra de Utrera. Todavía se estaba situando la de Granada después de esa salida pavorosa y de repente, con el aire fresco gastoreño de Dani de Morón, ya estaba rompiendo el grito por cantiñas. Y secándose la garganta subiendo al cielito lindo de Pastora y a los rincones imposibles de Bambino en la bulería menor, donde se arrojó tanto que perdió la brújula un segundo. Justo lo que le hacía falta para entrar en cólera y venirse arriba después de un trance de frialdad que se la estaba comiendo por dentro. Ahí cambió el rumbo. Se sentó a morirse. Qué recital más bien medido. A Manolo Franco, otro monstruo del toque, le sacó almíbar por Levante y le puso kilo y medio de gusto por tientos. Muy despacio. Flamenquísima. Y sin espejos. Marina y nadie más. Su forma con todas las consecuencias. Saliendo al cruce de los tangos pastoreños para hacerse el paladar a la seguiriya con Manuel Valencia, otro tocaor de los de pulgar ancho, con la que por fin acortó la distancia que la estaba separando del público. Desparramando clavito y canela. Acelerando el pulso en el cambio de Juanichi el Manijero para jadear en los silencios de un alarido que no es fácil de comprender, pero que ningún aficionado puede dejar pasar de largo. Sobre todo porque esa manera de estirar la voz es escogida. La alarga hasta lo alto del Veleta sin romperse ningún músculo. Siempre como si estuviera en el columpio de la bambera.

Y entonces salió Dorantes sin piano. De las butacas. Al atraco. Le prestaron una guitarra y juntos se pusieron al remo de las galeras del Lebrijano. Lo siento. Esto no lo puedo contar bien porque la verdad pura no tiene quien le escriba. Yo vi como Juan le dijo una vez, cuando ella le pidió perdón por cantar sus cosas, que lo grande y lo chico van juntos. Solo lo mediocre va solo. Hay que ser muy grande para encogerse en los ayeos de la persecución gitana como lo hizo esa sultana en el Lope de Vega, sola consigo misma, y con la guitarra de Dorantes flotando en el océano inmenso del dolor. Ese momento imperial será ya para siempre un lingote de oro en la memoria de Sevilla. Y no quedaba más remedio que aliviarse por malagueñas entre los fraseos del Bola antes de meterse otra vez en los berenjenales. Cogió pulso en los abandolaos albaicineros. Sin salirse del plan, que era cantar para los que saben. Sin buscar un solo ole en toda la noche. Y se crujió por tangos de Graná en el sollozo de la pitas que escuchaba por la ventana de su cuarto mientras dormía de pequeña. Toma mi pañuelo, límpiame la herida, mora de la morería. Que así tuvo que ser como lloró Boabdil cuando se murió Juana la del Revuelo y la amortajaron en una canasta. Ole las que saben acordarse de las que saben. Ole las que son capaces de brillar en una constelación de guitarristas monumentales. Ole las que se bailan por bulerías y forman un lío sin artificios recordando a Adela la del Chaqueta. Hay dos maneras de cantar: para estar o para ser. Marina Heredia no está pasando por un momento dulce. No. Marina Heredia es cantaora. La cantaora. La del pañuelo de Pastora. Y sanseacabó.

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