El escritor sevillano Julio Manuel de la Rosa, fallecido esta semana
El escritor sevillano Julio Manuel de la Rosa, fallecido esta semana - ROCÍO RUZ
OBITUARIO

La voz a Julio debida

Cierro los ojos y los sonidos interiores me devuelven la voz de Julio como si fuera una más de las estampas que componen la Biblia del buen sevillano

SEVILLAActualizado:

De pronto, varias veces por clase, extendía un brazo sosteniendo en la punta un cigarrrillo a medio consumir y es que le había venido a la mente una idea refulgente. Entonces se podía fumar en estos ámbitos. Incluso, viendo cómo lo hacía Julio, se diría que el tabaco era imprescindible para mantener abiertos los ojos del intelectual. Aprendí a redactar escuchando a Julio Manuel de la Rosa. A mi lado estaban entonces —los veo y los oigo ahora— Tomás Balbontín, José María Aguilar, Ignacio Camacho, Eva Martín Consuegra, y, en fin, un puñado de plumas de primera fila que despertaban también cada día a rebato de la prosa improvisada o no de nuestro tutor. Algunos conocimos por él a otros Proust, Flaubert, Joyce, Gabriel y Galán, Faulkner, Vintila Horia, Alfonso Grosso, Luis Berenguer, Aquilino Duque, Virginia Wolf… Pero sobre todo a Luis Cernuda.

Descubrimos Ocnos, es decir, la mejor Sevilla, de su mano. Cierro los ojos y los sonidos interiores me devuelven la voz de Julio como si fuera una más de las estampas que componen la Biblia del buen sevillano. Y siento una gran gratitud.

Recuerdo que una mañana nos contó, dejándonos en suspenso, cómo el hambre golpeaba fuerte todavía cuando él era niño en la Sanlúcar aljarafeña de sus veraneos, hasta el extremo de que un camión accidentado que transportaba bidones de aceite de los olivos cercanos provocó la afluencia agitada de gentes que, armadas de bollos de pan, migaban en los adoquines.

Decir Julio de la Rosa es decir infinidad de artículos —era un primer espada en el género— guardados en la hemeroteca de esta Casa. Muchos sobre boxeo, una de sus principales pasiones. Me viene a la memoria cómo y dónde escribía. Lo segundo lo ha glosado bien recientemente en estas páginas Eva Díaz. Era un cuchitril atestado de torres de libros sobre el suelo. Entraba la luz potente de Virgen de Luján. Y me llamaron mucho la atención dos costumbres (tal vez manías) que me confió cuando ya terminábamos una larga entrevista sobre Sevilla. Escribía con lápiz, y después, por imposición del editor, lo transcribía a ordenador. Y lo hacía siempre de mañana, nunca de noche. En Nuevas Profesiones, un cigarrillo humeante que me sugiere un correlato de moscas machadianas; en el escritorio, un lápiz matinal. Y en medio, una vida.

Recibí por mi último cumpleaños, de manos de mi esposa, el regalo del libro en homenaje suyo. Le veía últimamente curando ausencias de mujer en el bar Emilio, en compañía de un pequeño haz de amigos y como esperando su hora, cálido, cordial, elegante, preocupado por el afán creativo de los otros. Así era Julio, y mucho más. Un trozo enorme de la mejor Sevilla literaria se nos ha ido dejándonos un puñado de libros que llevan su nombre. Una de las últimas veces que nos vimos —compartimos mesa junto al común amigo y narrador también Paco Núñez Roldán— me abroncó paternalmente porque no escribía novelas. Él tenía fe en sus discípulos, así transcurriesen décadas. Ahora estará probando la madalena proustiana que no se consume nunca, por encima del tiempo y del espacio que su lápiz manejó con el trazo firme de un gran artista. Adiós, Julio. Nos vemos en Etruria.