Cultura

José Mercé, antología del metal

El maestro jerezano clausura la Bienal con el recital más flamenco y extenso que se le recuerda

José Mercé ha puesto el broche final a la Bienal
José Mercé ha puesto el broche final a la Bienal - RAÚL DOBLADO
ALBERTO GARCÍA REYES Sevilla - Actualizado: Guardado en:

El niño de la escolanía del barrio de Santiago tiene las campanas de la Mercé en el cielo de su boca. Suena de bronce. Y nada más que con esos metales tiene de sobra para llevar la bandera del cante. Solo le faltaba sentarse en Sevilla por derecho, sin inventos, y enseñar el túnel de su voz que conduce a la gloria flamenca. A su historia. Por eso se refregó las yemas de los dedos por toná y debla en una arrancada de maestro y dejó la huella plantada en el suelo. Cantar bien no consiste solo en tener facultades, sino sobre todo en tener dificultades. En cogerle las vueltas a Mairena por los olivaritos y luego ser capaz de ir a las minas por cartageneras.

Para mí fue de los mejores cantes del repertorio. Él taranto del Torre y el fandango minero. Con Tomatito dándole el pase con extraordinario señorío. Porque luego en la bulería por soleá se embrolló un poco buscando a la Moreno y a Isabelita de Jerez. Le faltó sosiego. Todo el que le sobró en la malagueña, el terreno más cómodo de toda la noche porque hizo las mismas letras de siempre. El Torre y el Mellizo. Del jardín de Venus a la rosa de la granaína. Pepe Habichuela le dio sentido a un estilo que en los vericuetos de José tiene muy pocas bocacalles. Pero luego lo dejó vacío en la soleá, uno de los momentos más hondos de la noche. Por ahí canta el gigante jerezano para volverse loco. Rastreó todos los estilos de Alcalá como si estuviera quemándose en un fuego. El grito era de verdad. Pero le faltó bajañí. Pepe fue el primero que se dio cuenta y organización eso se conjuró para la seguiriya, himno nacional de los majaretas de Jerez. José puso todo lo que tenía en esa mano de la partida.

Y en las revueltas del Marrurro, cabizbajo, le sacó una ovación insólita al público. Consiguió lo que no había buscado porque estaba cantando curándose una vieja herida. Estaba tumbado en una camilla, no en un escenario. Todo lo que vino después ya daba igual. Los fandangos del Gloria y de Manuel Torre, dos joyas por las que se pasea como si estuviera jugando a la rayuela. Los tientos y tangos de Pastora. Qué más da. Con una letra de seguiriya, media verónica del cante grande, se había redimido. Después pisó los terrenos en los que ha vivido toda la vida. Cantó acomodado en su repertorio típico. De cabeza al pilón de las alegrías con Tomate.

Su mijita de mirabrás y a morir por bulerías con la sinfónica de palmeros de los jereles. Su hábitat natural. Su infancia. Su vida. Para Mercé cantar por fiesta es como andar. Está en su naturaleza. Y esta vez lo hizo con los tirantes más apretados de lo habitual. Porque estaba dejando constancia de que lo suyo es la siderurgia. Nadie tiene un metal mejor para fundir seguiriyas. Su bronce es de antología, pero en esta Bienal le han puesto el reinado difícil y se ha podido comprobar que con él sólo se termina el festival. No el flamenco.

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