Cultura

El grito de la Pagés: «Sólo quiero ser yo»

La obra reivindica una «Carmen» sin los estereotipos de la sociedad

Momento del espectáculo «Yo, Carmen»
Momento del espectáculo «Yo, Carmen» - JUAN FLORES
Marta Carrasco Sevilla - Actualizado: Guardado en:

María Pagés ha vuelto a su tierra a presentarse sin miedo en la que quizás es la obra más intimista de la bailaora sevillana: «Yo, Carmen». Mucho ha tardado María Pagés en encontrarse con este icono de su tierra, la cigarrera que Merimée dibujara para el mundo, una mujer aparentemente libre pero que estaba condenada a la tragedia.

Para crear esta obra la bailaora ha hablado con muchísimas mujeres de distintos países para encontrar finalmente una coincidencia, una sola voz. Pero en esta Carmen la protagonista es la mujer, o mejor dicho, las mujeres. Aquí no hay un don José ni un Escamillo, ni tampoco una Carmen sensual o coqueta, hay una mujer real que se rebela ante el papel que le han asignado.

En el arranque del espectáculo con la Obertura de la ópera de Bizet, la propia Pagés y el cuerpo de baile de siete mujeres, juegan con unos abanicos en lo oscuro. A este cuadro le sigue uno hermosísimo denominado «La Palabra», donde voces femeninas recitan poemas de María Zambrano, Akiko Yosano, Yourcenar o la propia Pagés, mientras las bailaoras tienen en sus manos libros que muestran al aire y hacia el horizonte.

La obra, estructurada en diez cuadros, no deja nada al azar, ni siquiera en el vestuario. Desde el traje inicial de color de las hojas de tabaco, hasta el del final, de un color violeta icónico del feminismo. Todas las situaciones de la mujer están reflejadas con más o menos intensidad en la obra, desde la maternidad y el amor (en esta ocasión con textos del poeta El Arbi El Harti), hasta los útiles tradicionales de la casa, en un divertido cuadro tituladio «Alegrías de las amas de casa», donde las bailaoras juegan con paños, plumeros y escobas.

La soledad, los miedos, lo cotidiano, los mitos rotos y la esencia, todo está reflejado en el argumento de esta obra, en la que al final hay un rebelde grito, cuando la bailaora sale con un gran bolso en el que empieza por tanguillos a relatar lo que hay dentro..., pasando luego de forma coral a quejarse contra los estereotipos creados por la dictadura de la estética: las cremas, la cirugía, las mujeres perfectas..., todo a ritmo de Cádiz acabando por las «bombas de los fanfarrones».

María Pagés se pone ante un espejo, desde arriba le dan elementos, y ella se coloca una flor, collares, pulseras, un colín rojo y un hermoso traje rojo y dorado, coronando finalmente su cabeza con una peineta.... se mira al espejo, se acaba de convertir en Carmen..., pero no le basta y se despoja de todo.

En esencia, en el cuadro final se presenta la reivindicación, el orgullo de ser mujer y la firmeza. Con un intenso zapateado y la música de Levaniegos, las siete bailaoras y María Pagés se sitúan en la cúspide de la emoción.

Baila María por alegrías, por tanguillos, por soleá. Desgrana su cuerpo con la elegancia que le caracteriza y sus brazos infinitos, reta al aire para bailar los poemas y se sumerge en esa Carmen para decir finalmente, «sólo quiero que me dejen a ser yo».

Una obra rotunda en la carrera de María Pagés, en la que la bailaora se ha mostrado con enorme libertad, y en la que, como es habitual, la estética, la composición musical siempre de calidad, intercalando los palos flamencos con la composición de Bizet, crean un ambiente emocionante.

El público vibró ante esa otra «Carmen» que no quiere un don José al que retar, sino un don José para caminar juntos y amar al final del día. Ni menos ni más. Otra Carmen para Sevilla, o como dice la última letra: «Ni tu eres más que yo/ ni yo soy más que tu. Te quiero ver de igual a igual/ y amarnos siempre hasta el alba».

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