BIENAL DE FLAMENCO DE SEVILLA Granaíno y Rancapino, giraldillos del cante

Los dos cantaores forman un lío para el recuerdo en la madrugada de la Bienal. El de Granada sale del festival como uno de los nuevos gigantes

Rancapino hijo y Pedro el Granaíno, durante su mano a mano en la Bienal de Flamenco
Rancapino hijo y Pedro el Granaíno, durante su mano a mano en la Bienal de Flamenco - J. M. SERRANO
Alberto García Reyes Sevilla - Actualizado: Guardado en:

Habemus cantaor. Pedro el Granaíno le acaba de dar una vuelta al flamenco y ha puesto su bandera en todo lo alto. Cantando por derecho, sin inventos, pero saliéndose de todos los carriles por los que pasea su voz. Para empezar tiene un eco único, nuevo, rompedor, que oscila entre el rajo camaronero y la media voz de Tomás, que es su gran referente. Aleluya. Por fin un cantaor que intenta buscar nuevas formas a partir del genio de la casa de los Pavón. El de Graná, que hasta no hace mucho tiempo usaba su garganta para pregonar pijamas en los mercadillos, es tomasista hasta la médula. Canta ligado. Sin soltar el lance desde que lo engancha en la salida hasta que lo remata. Y lo hace sin correr. Por soleá de Alcalá puso el teatro bocabajo diciendo las letras despacio y meciéndolas sin respirar, sin parones, siempre de frente y con los ojos cerrados, hasta donde llegara el hálito, pero sin planicie, permanentemente retorciendo la melodía. Lanzando la queja con aires de la Fernanda y de Chocolate. Una mezcla letal. Sólo con ese cante panadero ya habría escrito yo que el Granaíno se ha convertido en un gigante. Pero es que siguió. No se conformó con esa obra mayúscula con la que limpió la cueva de Joaquín el de la Paula y la adornó a su forma para terminar, encima, sentado en el torno alfarero de Triana. Luego cantó por Levante para demostrar variedad. El taranto torrero, la cartagenera. Y luego la rondeña y la jabera, otro cante perdido del repertorio chocolatero. Y para volvernos locos ya del todo, los tientos de Morente. ¡De Morente! Tendría que pararme a pensar si yo he escuchado a alguien cantar alguna vez por Enrique como cantó este muchacho en la madrugada de la Bienal. O como hizo la Carmen del Paquiro por bulerías. O como se metió dentro de la botella que Antonio el Chocolate tiró al fondo del mar hasta que este hombre ha ido a bucear para encontrarla.

Aquello fue una locura. Una borrachera entre cabales. Porque en las butacas no había nadie callado. Volaban los oles. El mano a mano con Rancapino Chico fue una pelea de gallos que le puso a la gente la memoria en la boca. El hijo de Alonso el de Chiclana es un valiente que se jugó el tipo frente a un cantaor que tiene más camino andado que él. Y aunque el de Graná estuvo por encima, el gaditano dio otro golpe en la mesa con un recital que tuvo momentitos. Porque es otro cantaor para dormir tranquilos. Artistazo. Le falta vocalizar mejor las letras, que se le pierden por dentro de ese jipío característico de su casa. Pero en la debla le puso las cosas caras a su compañero. Y en los tangos parados se sacó unos bajos que son un ensueño en estos tiempos de voces poderosas. Tuvo empaque en las dos malagueñas del Mellizo que hizo con el piano. Y le aguantó la embestida al toma y daca por fandangos, donde se agarró al clavo ardiendo de Caracol y se ganó tres o cuatro oles de los que dan calambres. Porque ese chorrito de voz que ha heredado de su padre procede de un manantial viejo. No es un cañón frondoso que derrocha juventud. Es un hilo de agua que cae en el mismo sitio desde la prehistoria. Una mijita de corriente que le hace pasar las de Caín por seguiriyas, donde parece una veleta que va girando en la silla con los vientos de la tragedia. Y como en Sevilla no hay veleta más grande que el Giraldillo, eso es lo que yo le ofrezco a los dos: la cumbre de la Giralda. Allí durmieron anoche. Rancapino como esperanza clara. Pedro el Granaíno como figura total. Porque teniendo cositas de todos, no se parece ni a Camarón, ni a Chocolate, ni a Morente, ni a Tomás. Es un gitano de antigua estirpe que abre brechas con su grito. Se llama Pedro Heredia Reyes. Y canta como si el mundo se fuera a acabar. No sé si me explico, pero tampoco me importa demasiado. Yo estuve allí y horas después todavía voy cantando por las calles.

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