Cultura

Bienal de Flamenco 2016: Y Jerez se puso al cante

Los jerezanos protagonizaron una noche de ecos rancios en el Hotel Triana

Antonio Agujetas, durante un momento de su actuación
Antonio Agujetas, durante un momento de su actuación - BIENAL DE FLAMENCO
LUIS YBARRA Sevilla - Actualizado: Guardado en:

Cuentan las leyendas que en Jerez las uvas caen a compás. Que empapan la tierra, la amontillan y riegan las voces de las viejas bodegas. Anoche fue un reguero de alta sangre. Un lamento poco pulido. Una carnicería ronca que no busca gustar sino doler. Y así comenzaron con una ronda de tonás en memoria de Manuel Agujetas, gitano salvaje y cabal.

Tomás Rubichi
Tomás Rubichi- BIENAL DE FLAMENCO

Antonio Agujetas, su hijo, no canta con las tripas, sino con lo que queda de ellas. Su simple presencia sobrecoge. Y es imposible analizar su cante como música. Pues su eco aparece como una fatiga salpicada en sangre. Entró con la malagueña del Mellizo y le metió mano a una letra por seguirilla corta y gemida, no cantada. Y con ella le dio paso a los fandangos. Pues no había más astillas entre los escombros. Tomás Rubichi, por su parte, es heredero de otra estirpe gitana. Tuvo espacio para recordar a sus ancentros en la bulería, donde olvidó la afinación para dar paso a la queja. En las alegrías y la soleá por bulería se revolvió con mayor enjundia. Tiene ortigas en las cuerdas. Y también es palo cortao de Jerez.

Juana la del Pipa
Juana la del Pipa- BIENAL DE FLAMENCO

Por otro lado, la tos cantaora de Juana la del Pipa caminó más seca que nunca. En su fandango no hay excusas. Porque su garganta solo viste llagas y cuchillas. Y canta desde una aridez que huele a cal de la Calle Nueva. Tientos caracoleros para abrir, tangos rociados de púas para ponerse en pie y bulerías para cerrar uno de los mejores momentos de la noche. Luego llegó El Capullo, otro de los protagonistas. Él es baluarte del compás en bulerías y tangos. Por eso metió por ahí hasta la cartagenera de Chacón. Sembró un ramillete de locura en su diálogo interno con la soléa por bulería. Y junto a la guitarra de Niño Jerolevantó al público festivalero del Hotel Triana.

El único pecado de los jerezanos fue no perderse por sus estilos más oscuros. El repertorio es el que es. Sin sorpresas. Pero su herida grita desde una flagelación que alcanza un grado mayor de expresión. Todo lo que se rezuma es sabiduría prestada. Por eso Jerez se puso al cante. Y con él llegó al tuétano.

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