Cultura

Bienal de Flamenco 2016: Juan Carlos Romero, desde el intimismo

El guitarrista onubense vuelve a desvelar el misticismo y la sensibilidad de su creación

Juan Carlos Romero, durante su actuación en el Espacio Santa Clara
Juan Carlos Romero, durante su actuación en el Espacio Santa Clara - ÓSCAR ROMERO
LUIS YBARRA - abcdesevilla Sevilla - Actualizado: Guardado en:

La sonanta de Juan Carlos Romero habla un lenguaje propio. Es tímida y delicada. Pero a medida que se le acaricia va tomando un mayor cuerpo. Anoche llegó abierta y sin cejilla para hablarnos de su universo, donde jamás se busca la confidencialidad con el público. Tampoco el efectismo. Pues huye de todo para centrarse en la creación. Este espectáculo lleva el título de «Qué más da». Y es porque no le importa el nombre de las cosas. Solo atiende al contenido. A la belleza.

El onubense viene de hablar con la muerte en su último trabajo en los estudios: «Paseo de los cipreses», que tuvo cabida en Santa Clara con alguna composición, como la rumba que abre el disco. Todo es una mirada hacia los maestros más influyentes en su trayectoria. Nunca los pierde de vista. Tiene una creatividad sutil e inteligente. Ahí no existe el aporreo. Y le da a cada palo lo que requiere. Eso es crear. Porque no se pierde en el laberinto de seis cuerdas. Susurró con los dedos una taranta algo frágil. Pero no dejó de sonar a lo que tenía que sonar. Y lo mismo sucede en la sugerencia de su seguirilla o la soleá. Roza el diapasón y, a medida que el concierto avanza, coloca una gota de miel en cada labio. Su fandango es una bandera. Un estandarte de pinares que se eleva y llega al cielo. Así compartió un sueño junto al violín de Alexis Lefebre.

Puesta en escena del espectáculo «Qué más da»
Puesta en escena del espectáculo «Qué más da»- ÓSCAR ROMERO

También interpretó bulerías y tangos. Y todo con la misma filosofía: la creación como santo y seña. El intimismo de aquel que habla con su instrumento y a través de él. Sin alzar la voz ni gritar a nadie. Todo es una melodía contada desde la mayor sensibilidad, tal vez como herencia de Manolo Sanlúcar, a quien dedicó unos tanguillos armoniosos. Su guitarra tiene vida del pecho a la cabeza. La música trota blanquecina entre sus manos. Y su virtud reside en el misticismo y el detalle.

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