Cultura

Bienal de Flamenco 2016: Jesús Méndez, figura del cante

El joven jerezano se presentó anoche en la Bienal con la intención de consagrarse. Y lo hizo con un recital de mucha enjundia con las guitarras excelsas de Manuel Valencia y Diego del Morao

El cantaor Jesús Méndez, ayer durante su actuación en el Teatro Central
El cantaor Jesús Méndez, ayer durante su actuación en el Teatro Central - PEPE ORTEGA
Alberto García Reyes Sevilla - Actualizado: Guardado en:

La toná fue la medida exacta de lo que el último eslabón de los Méndez, gitanos de San Miguel que venden el pescado más caro de Jerez, es capaz de llegar a ser. Jesús Méndez se presentó en la Bienal con la idea de salir del festival investido en figura. Y ocurrió. Echó tres siglos de cante por la boca en el martinete. Fuerza mairenista a raudales. Se acordó de los Puya y los Pelaos. Y en la grande se dejó la vida en memoria de Tomás Pavón. No hay más que hablar. Cuando se sale así a un escenario hay que matarse a oles. Trintrín, a la puerta llaman. Este chaval ya está aquí. Ha venido para quedarse. Para resucitar una escuela del cante que estaba perdida en los Alcores. La del grito recto, sin curvas, siempre por el camino más corto. Por eso quizás su cante menos tenso fue la granaína y la media de Chacón. Ahí faltó un poquito de repujado. Llegar arriba del todo. Se dio la vuelta antes de tiempo. Pero en el resto del repertorio fue un caballo desbocado. Un río anegando con la garganta todas las riberas del flamenco.

Quizás hay que reprocharle que a veces se excede con el volumen y linda el chillido. Tiene que pulir esas embestidas que le manan de su fuerza natural. Matizar como en las alegrías con esos trabalenguas que son tesoros del compás. En ese cante enseñó los graves, que son su zona sonora más importante, y me dejó muerto. Y luego se metió en el lío de la bambera para empezar su homenaje a la casa de los Pavón. Ole los que beben de las fuentes claras. Que un cantaor jerezano criado en el repertorio de su tierra se atreva a meterle mano a los columpios del cante es para hacer una fiesta. Si encima lo hace bien, cayendo a los tonos menores con el brío de un toro, entonces es para comérselo.

Ese riesgo se lo aplaudo también en los fandangos de Huelva, donde le faltó aire choquero, pero nunca perdió el norte. El Méndez tenía una cita dura con el médico y se la jugó con toda su verdad por delante. Dosificando en los tientos y tangos pastoreños, probablemente el cante más mecánico de la noche, el más trillado. Fue un pasaje preparatorio en el que se remangó Manuel Valencia, esperanza grande de la nueva bajañí. Fue una subida al monte Gurugú para llegar a los terrenos serios. Diego del Morao le dio una entrada por soleá que obligaba a cantar abriéndose la camisa. Le tocó al siete por arriba para evitar caer en el aire de la soleá por bulería si le hacía el seguimiento por medio. Y los dos se aguantaron como bestias en el ritmo lento de la Serneta, en las asaduras del Mellizo y en los cuatro puntalitos de Triana.

Jesús Méndez
Jesús Méndez- P. ORTEGA

Ya estaba la puerta grande abierta. Sólo faltaba saber si la iba a cruzar andando o a hombros. Y ese pañuelo siempre lo saca la seguiriya. Aquí me voy a poner serio. Es verdad que el recital tuvo vaivenes, que el grito necesita más control en ciertos cantes, que algunos tercios suenan más aprendidos que vividos y que todavía la candela de Jesús tiene que venirse abajo un poquito para que su cante sea un rescoldo bueno de sarmiento. Pero un tío que canta como cantó este chiquillo la cabal del Sernita, dejándose la ropa a jirones de la Porverita a Santiago, no tiene más remedio que ser un cantaor grande. Se abrió camino entre los ramajes de Manuel Torre y Tío José de Paula. Estaban allí sentados el último Méndez, linaje despavorido de la Paquera, y el último Morao, herencia sublime del toque abismal.

Es curioso: un heredero de doña Francisca, caracolera insigne, cogiendo los trastos de Mairena. Diego le dio la entrada. Y Jesús puso su bandera en todo lo alto. Se hizo mayor. Llegó a la Bienal siendo una promesa y salió por la puerta del teatro Central a las doce y media de la noche convertido en figura. Porque el cante vive. Qué tranquilidad más grande, Dios mío. No hay quien acabe con esto.

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