Cultura - Música

Pixies, el último grito en el Sant Jordi Club

El grupo de Boston firmó un vibrante repaso a su carrera en su regreso a Barcelona

Joey Santiago y FrankBlack, anoche en Barcelona
Joey Santiago y FrankBlack, anoche en Barcelona - ORIOL CAMPUZANO

Siguen cantando torcido el estribillo de «Vamos», arreando zarpazos de distorsión abollada en cuanto uno se despista y birlándole a Neil Young su «Winterlong» para devolvérsela chamuscada, humeante y hecha un auténtico guiñapo. Siguen, en fin, a lo suyo, celebrando el último grito como si fuera el primero y retorciendo unas canciones gloriosamente disfuncionales y abolladas que envejecen de maravilla. «¡Vamos a jugar por la playa!», brama Frank Black en pleno éxtasis de agudos mientras el público, obediente, se entrega al arrebato recreativo de una banda que, doce años después de reaparecer en escena para reivindicar su peso capital en casi todas las familias del pop y el rock independiente, anda apurando su segunda o tercera juventud gracias al impulso rejuvenecedor del reciente «Head Carrier».

A veces, es cierto, les puede el piloto automático y el saberse en la carretera para cobrarse en diferido todo ese respeto que en su época, eclipsados por unos focos que sólo tenían ojos y oídos para el grunge, apenas se tradujo en dinero contante y sonante, pero con un repertorio tan brillante y la presencia de Paz Lenchantin cubriendo con solvencia la baja de Kim Deal es difícil, muy difícil, que las cosas salgan mal.

Máxime cuando la noche se presenta tan propicia como la de ayer en el Sant Jordi Club de Barcelona: entradas agotadas, primera actuación de los de Boston en la ciudad en un recinto de aforo medio tras su resurrección de 2004 y mucha gente con ganas de pisotearle el juanete al vecino al ritmo febril de «Here Comes Your Man». Viejas costumbres convertidas en nostálgica tradición por un público que, en su mayoría, andaba saludando o despidiéndose de los cuarenta. El relevo generacional, en este caso, debía andar la mar de ocupado montando guardia a pocos metros a la espera del concierto de mañana de Justin Bieber.

El caso es que los Pixies, poco dados a la teatralización y con un elegante y sobrio diseño de luces como único añadido, empezaron un tanto deslavazados, picoteando de aquí y de allá y brincando del surf con pedigrí de los Surftones de «Cecilia Ann» a la calma chicha de «Wave Of Mutilation» y del reggae contrahecho de «Mr. Grieves» a las pesadillas acústicas de «Nimrod Song». Sin embargo, en cuanto recuperaron la brújula y la electricidad empezó a chisporrotear, la noche vino rodada.

Incluso canciones recientes como «Talent», «Tenement Song» y «All I Think About Now» encajaron sin demasiados problemas en un concierto de corte antológico que dio protagonismo a sus cuatro discos clásicos y exprimió a conciencia esa obra de arte que es «Doolittle». Sólo les faltó acordarse de «Monkey Gone To Heaven» –y, ya puestos, de su abigarrada versión del I Can’t Forget» de Leonard Cohen– para que la noche fuese completamente redonda. A cambios, los de Boston firmaron un tramo final de auténtico infarto encadenando «I’ve Been Tired», «Isladencanta», «Caribou», «Gouge Away», «Tame», «Bone Machine», «Debaser» y «Hey». Una final de matrícula en el que Black se dejó la garganta antes de despedirse entre las brumas de «Into de White». El último grito, una vez más, como el primero.

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